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La normalización religiosa

Recientemente hemos asistido a más de un episodio en el que la Conferencia Episcopal ha acusado al anterior Gobierno de atentar contra los principios de la religión católica e, incluso, contra los derechos humanos, versión laica de una...

el 15 sep 2009 / 02:05 h.

Recientemente hemos asistido a más de un episodio en el que la Conferencia Episcopal ha acusado al anterior Gobierno de atentar contra los principios de la religión católica e, incluso, contra los derechos humanos, versión laica de una concepción de las relaciones sociales que tiene sin duda raíces religiosas y que han conformado buena parte de la historia de Europa. Frente a esta actitud un tanto beligerante, llama la atención la normalidad con la que se ha vivido en la calle la Semana Santa; una normalidad religiosa en la medida que se conmemora un hecho de excepcional trascendencia, cual es la muerte de Cristo. En torno a los que constituyen lo que podríamos denominar el núcleo duro de la esencia cofrade, los llamados capillitas, se han congregado todo tipo de personas que por uno o mil motivos han decidido estar de nuevo presente en esta edición de la Semana Santa. Y ahí estaban las familias, más o menos convencionales, que han interiorizado el hecho religioso sin ningún tipo de estridencias, sin descalificaciones y reivindicaciones. Se han formado también los grupos más diversos, en los que coinciden compañeros de trabajo, en los que se mezclan generaciones, y en los que las conversaciones se caracterizan por un exhaustivo conocimiento de todo lo que concierne a las hermandades y a los pasos, con una pureza de términos que demuestran un notable dominio de los secretos cofradieros, pues son muchos los que siguen estas fiestas con una gran exquisitez, seleccionando los sitios, identificando los momentos, a fin de acumular experiencias que les van a durar todo un año. Pero también hemos visto a los que volvían a recuperar el barrio de su niñez en busca de unos recuerdos que quizás sólo tangencialmente tengan que ver con la hermandad a la que acompañan, pues se trata también de regresar a los olores perdidos, a la esquina donde la o lo conoció ese Lunes Santo, y sobre la que ha caído irremisiblemente el tiempo y muchas más cosas. Los turistas, sean religiosos o laicos, que con respeto y curiosidad siguen las procesiones, sirven para darle una dimensión menos localista a esta conmemoración, y con su presencia dan testimonio de que esa normalización social ante el hecho religioso es más que evidente. Y ni que decir tiene de esos canis bien trajeados el Domingo de Ramos, que lo mismo cantan la salve que gritan a marchamartillo guapa, guapa y guapa. Y así podríamos seguir hasta dibujar un paisaje humano inigualable y extensísimo.

Pero también están los nazarenos y penitentes, que en apariencia expresan la ortodoxia de la Semana Santa. Sin embargo, averiguar las razones por las que cada uno sale en una procesión es tarea tan de adivino que ni me atrevo a apuntarlas, pero de seguro que no todos llevan del mismo modo la estación de penitencia a pesar de su aparente normalidad. Porque ésta es la palabra, la normalización de un hecho religioso que tiene también mucho de antropológico, de encuentro social, de celebración festiva, y que tiene poco que ver con esos fieles crispados a los que, dicen, el Estado les quiere arrebatar sus creencias. En la realidad de las cosas éstas son mucho más normales, y no estaría de más que en la legislatura que recién va a empezar, ésa fuera la tónica de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, en la que la mayoría de la población, sea católica profesante o culturalmente cristiana, tuviera ese protagonismo tranquilo que hemos visto en estos días, en convivencia con laicos o agnósticos que respeten el hecho diferencial religioso.

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