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La nueva zona azul en Bami desplaza los gorrillas a Heliópolis y Tabladilla

Los afectados critican que el Consistorio está realizando «un tratamiento hipócrita» de un problema que atañe a la seguridad ciudadana y no a la movilidad. Trasladan su actuación a entornos vecinos y, una vez concluidas las horas de zona azul, regresan a Bami, donde prosiguen con «total impunidad»

el 10 ago 2014 / 11:21 h.

Estos aparcacoches ilegales toman Bami tras concluir el horario de zona azul. La foto es de ayer a las tres de la tarde. / J.M. Paisano Estos aparcacoches ilegales toman Bami tras concluir el horario de zona azul. La foto es de ayer a las tres de la tarde. / J.M. Paisano La zona azul en Bami ha modificado los hábitos del barrio en su primer mes y medio de funcionamiento. La medida municipal no sólo compete a los residentes y la población flotante que diariamente acude a la ciudad sanitaria del Virgen del Rocío –se calcula que unas 4.000 personas entre profesionales y usuarios–; sino también al grupo de aparcacoches ilegales o gorrillas. Lejos de ser erradicado como se pretendía con la zona azul, este «mal» que lastra el día a día del barrio desde hace años resiste a base de sortear las horas de estacionamiento regulado con pequeños movimientos migratorios a zonas próximas para volver horas después. Un recorrido por barrios vecinos permite comprobarlo. Así, mientras están en funcionamiento las marcas azules de calles, como Bami o las del entorno de la plaza Rafael Salgado –la mayoría de ellas vacías en protesta de los residentes por este sistema de estacionamiento–, los habituales aparcacoches ilegales se buscan la vida en la avenida de la Palmera o en las proximidades del campo del Betis, donde se mantienen avizor a cualquier aparcamiento de esta zona de Heliópolis. También trasladan su ámbito de actuación a las calles aledañas al apeadero de Renfe (parada del Cercanías C1, del Virgen del Rocío). Se trata de un lugar muy buscado por quienes tratan de evitar en Bami el pago de la zona azul. «Prefiero dejarlo aquí. Está más lejos de mi trabajo, pero no tengo que salir cada dos por tres a actualizar el ticket. Hay muchas formas de hacer las cosas y cómo se ha hecho la zona azul aquí, no es la mejor: ni para acabar con el problema de los gorrillas ni tampoco con la falta de aparcamiento», se queja Lourdes, empleada de Bami, que reconoce que se ve obligada a hacer uso del transporte privado debido al horario que tiene, «imposible» de adaptarlo al autobús o al tren. «Esto no es una fábrica, ni un parque empresarial, donde todos tenemos los mismos horarios de entrada y de salida. Aquí hay Urgencias, y también se trabajan sábado, domingo y festivos», dice insistentemente mientras trata de evitar el acecho de dos gorrillas que se disputan a voces el dinero que termina entregándoles. Uno de los gorrillas actuando esta semana en Heliópolis. / J.L. Montero Uno de los gorrillas actuando esta semana en Heliópolis. / J.L. Montero Heliópolis, las pocas calles de Bami libres de la pintura azul –el Ayuntamiento implantó el pasado 18 de junio un total de 1.767 plazas de aparcamiento regulado por pago– y también Pedro Salvador y Tabladilla completan el mapa de santuarios de gorrillas. A esta última desembarcan cada mañana un nutrido grupo del Distrito Sur. Los residentes de Tabladilla están sorprendidos con los «nuevos inquilinos» con los que, ahora en verano, conviven sólo por las mañanas. «También somos responsables de su existencia. Si no le diésemos el euro o lo que sea, no se pondrían así», resume María Auxiliadora, vecina de la calle Conde de Gálvez, perpendicular a la avenida Manuel Siurot que lleva al hospital Virgen del Rocío. El reloj marca la dos de la tarde. Finaliza la zona azul (el resto del año se prolonga hasta las ocho de la tarde). De nuevo asoman los gorrillas a Bami, «y hasta los Vovis». Los comerciantes son testigos de su llegada, y también de la «total impunidad» con la que actúan. «Los primeros días de la zona azul venían varios coches de Policía para disuadirlos y evitar que se pusieran aquí. Fueron dos o tres días. Ya no vinieron más», relata el responsable de una tienda de ultramarinos que no quiere dar su nombre para evitar problemas. «Es un mal que todos conocen y que genera miedo en todos nosotros», añade mientras reconoce que en más de una ocasión ha presenciado escenas violentas, «entre ellos mismos y también con los conductores que se niegan a darle algo de dinero». La plataforma contra la zona azul en Bami ha denunciado públicamente estas prácticas. Su portavoz, Yolanda Álvarez, explica que «se trata de un problema de seguridad ciudadana y no de movilidad, como sin suerte se está tratando de erradicar con la nueva zona azul». Otro de los integrantes de la plataforma, Vitoriano Suárez, insiste en que es un problema «de difícil solución» que ha sido objeto de «numerosas medidas» y de una ordenanza municipal. Sin embargo, critica el «tratamiento hipócrita» que está haciendo el Ayuntamiento con este asunto «ilegal» e «incomprensible»: «Esta ampliación de la zona azul es irritante. Las autoridades municipales deben plantearse otras actuaciones más concretas para los gorrillas que pueblan las zonas hospitalarias de Sevilla y otras de mucho trasiego», apela convencido. «Si nos quitan de aquí, nos iremos a otros barrios» Su jornada comienza a las dos de la tarde, cuando vuelven a Bami. Corren por las calles a la caza de algún conductor que se disponga a estacionar. Cada cual sabe su sitio, pero no faltan riñas por hacerse con los clientes o querer extender sus dominios a costa del despiste del compañero de acera. Es entonces cuando se viven los momentos más difíciles. Un euro o la calderilla que puedan recibir de las indicaciones se convierte en el botín para una escandalosa riña, a vista de todos, en plena calle. «Me quería quitar este coche. Yo lo vi primero. Ahora, como es verano, y hay menos con la zona azul, estamos todos que saltamos a la primera», explica uno de ellos, Juan, que media para solventar el conflicto. Juan reconoce que son «un problema para todos», pero que «no tienen ayudas». Dice que «nadie les pueden echar de la calle», porque la calle «es de todos». «Si nos quitan de aquí, nos iremos a otros barrios. Esto es así. No exigimos nada. Sólo lo que a bien nos quieran dar», confiesa ocultando el rostro bajo la gorra de color crema que, apunta, encontró «en un contenedor».

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