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La orilla de los olvidados

El mercadillo de artistas que quería reproducir en Triana el ambiente del parisino Montmartre languidece de pena cada fin de semana junto al Guadalquivir.

el 12 ene 2014 / 21:21 h.

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15390523 “Ojalá pudiéramos vivir del arte. Pero estamos solos, y por aquí nada más que han pasado tres perros y dos bicicletas”, dice Maraver, con más resquemor que tristeza, mientras mira sus cuadros de tonos azules apoyados como por cansancio al pie del Castillo de San Jorge. “Mujer, es que es la crisis, está todo igual”, intenta consolarla sin éxito el fundador de la idea, Alberto de la Calle. Hace cinco años, él quiso reproducir en la orilla trianera de la O el espíritu artístico del barrio parisino de Montmarte, el de la bohemia y los pintores, con su ambiente entre canalla y festivo y sus tenderetes repletos de paisajes y desnudos. Hoy, con más de setenta asociados que se reúnen en las mañanas de los sábados y domingos, este Paseo del Arte vive sus horas más bajas. “Habría que hacer algo”, dice la pintora. Y Alberto le responde: “Pues a mí, cuando me ven entrar en el Ayuntamiento, tira cada uno para un lado y se quitan de en medio”. Lo cierto es que ayer no era el día adecuado para ejercer de optimista. Sevilla se repone mal de sus fiestas, y encima estaba gris y había llovido. De camino al Paseo del Arte, caminando, la mañana invitaba a la pereza. Los cables del tendido de los que hasta hace unos días pendían las luces navideñas ahora parecen telarañas de una ciudad despoblada; una ciudad brumosa solo sobresaltada por algún ladrido a lo lejos, por el acordeonista de Pagés del Corro (que, desganado, se abandona a la respiración dificultosa de su intrumento) y por los tullidos y menesterosos de la puerta de los Paúles, que ya ni siquiera hablan, sino que mueven los labios en una mueca del pedir. Un señor cruza la calzada con gorra, pan y periódico, la famosa tríada mediterránea hoy desaparecida. Y encima, al final de la calle, hay aparcado un 600 bermellón con matrícula de Barcelona, que es ya la confirmación definitiva del regreso al siglo pasado, del que nunca llegamos a salir. Daban ganas de ir al quiosco más cercano y pedir un tebeo de Hazañas bélicas... y resulta que lo tenían. Esa era Sevilla ayer por la mañana. Natural que los artistas estuviesen llorosos junto al río. Ayer solo podían estar felices los poetas, con su melancolía. Bricomagia, dice el letrero sobre el tapete negro del prestidigitador, que no es otro que el señor con barba que sale en la foto. Acaba de dejar patidifuso de la sorpresa a un ciudadano oriental (también el de la foto) con un truco sencillo pero impactante, y ambos se ríen. Se ríen en inglés. Algunos de los puestos son bastante originales; otros no son más que una lona en el suelo o un montón de cuadros colgados del muro de la antigua Inquisición. Apenas un tercio de los asociados a este Paseo del Arte se han presentado allí con sus bártulos. Hace frío, y esta ciudad se muere sin sol. A ver qué tiene el mago contra eso. “Yo llevo un año aquí”, dice Maraver, sentada en su hamaca plegable. “Y no he tirado la toalla, pero me falta el canto de un duro”. Se ha formado un corrillo de artistas y artesanos alrededor de la conversación, y todos opinan. A uno le acaban de comprar un cuadro. A otra van a ir a recogerle uno, y así van estirando el optimismo todo lo que pueden de una semana para otra. Todos hablan con cierto resentimiento de los domingos de la Plaza del Museo, llena hasta los topes de artistas, con lo bonito que sería que los que están esperando para conseguir un sitio se mudaran a esta orilla trianera del Guadalquivir a darle vidilla. La pintora es de esa misma opinión (“en el Museo están dándose tortas por un huequecito, con todo el espacio que hay aquí”), y cuenta que ha estado veinte años de monitora en los distritos, “y por circunstancias” ahora expone en el Paseo del Arte, pero no le parece en absoluto que haya acertado. “Y encima, nada más que sale el sol te mueres de pena porque se te queman los trabajos”. Bolsos de piel, pinzas para el pelo, colgantes, perros (ah, no, los perros no los venden), cestos de papel reciclado, espartos, acuarelas, paisajes naïf. “¿Qué apoyos tenemos? ¡Estamos solos!”, dice al fin, dulcemente, Alberto de la Calle. “Exigimos el apoyo del Ayuntamiento, que apoyen a los artistas de nuestra tierra”, dicen todos. Van para seis años los de este sueño parisino-trianero. Arriba, en la calle, empieza a haber cierto ruidillo. De Pureza vienen un matrimonio con los peques. El padre lleva al mayor (que estrena patines) medio arrastrando. El niño va cogido de su brazo con angustia como si debajo hubiese un foso lleno de cocodrilos. Y el padre le dice: Pero ya sabes: tienes que guardar siempre el equilibrio. Y el niño, allí colgado con una pierna para cada lado y sin poder tenerse en pie, responde con gran esfuerzo: Vale. De pronto aparece la gente. Lo mismo bajan y les alegran el día a los artistas. ¿Alguien adivina lo que ha pasado? Ha salido el sol.

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