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La penitencia de la memoria

¿Pasear por la Sevilla cuaresmal en busca del pasado podría considerarse deporte de riesgo? ¿Hay alguna posibilidad de que hayamos aprendido lo más importante?

el 25 feb 2015 / 11:30 h.

AZULEJO –¿Y don Vicente? –preguntó mi padre aquella mañana rabiosa de luz y de olores– ¿No ha venido? –Don Vicente murió –repuso su sustituto con solemne expresión de pésame, como de mayordomo inglés anunciando que se han acabado los arenques. Eran dos las principales impaciencias a las que entonces sometíamos a mi padre: una, la de ir temprano al cine (Pathé, Apolo, Lloréns, Rialto, Villasís..., sus nombres componían nuestra mitología infantil, porque de ellos salían todos los dioses, monstruos, personajes maravillosos, criaturas y héroes que nos alumbraban). Otra, la de ir pronto a por las sillas. Las sillas había que ir a alquilarlas el primer día, no fuese a ser que nos las quitaran. Y allí, en la esquina donde me imaginaba a don Vicente aguardándonos todos los años con su mesita de tijera, su carpetilla llena de tarjetas de cartón y su maletín negro, fue donde aprendí uno de los nombres sagrados de la geografía semanasantera: García de Vinuesa. Ayer, como sucede para mí desde hace muchos años, en la esquina de García de Vinuesa no había nada digno de mención. Por supuesto, los silleros hace lustros que se esfumaron con toda su impedimenta de oficinistas trashumantes. Y la noticia de que don Vicente ha muerto me sigue asaltando cada Cuaresma cuando veo esas esquinas huérfanas de señores de negro en las que ya no pasa nada que me importe, salvo el hecho de que ya están los naranjos queriendo echar los dientes, y poco más. Allí en las sillas nunca veíamos las últimas: mis padres insistían en que estábamos dormidos. Siempre tuve la espinita clavada –dicho sea sin ironía– de no haber visto jamás pasar el Valle, porque a esas horas ya estábamos aguardando el 8 en la Puerta de Jerez, entre colas larguísimas, un pestazo delicioso a humeante hojalata chamuscada y esperas interminables que yo aprovechaba recogiendo del suelo los taquitos de papel blanco –las matrices de los billetes– que tiraban los cobradores del autobús desde su negociado de la parte de atrás de los coches (que no sé cómo no se les caían las dentaduras o se volvían borrosos, con lo que trepidaba aquello). Por eso ayer volví a pasarme por la iglesia de la Anunciación. Estos paseos mañaneros por Sevilla en las fechas que corren son como echar las redes al pasado, a ver qué se recoge de todo cuanto se perdió. En la Anunciación me senté dos filas detrás de un hombre que insistía reiteradamente, casi obsesivamente, en limpiarse el licuado moquerío con la mano derecha –ya saben, la de darse la paz–, así que me quedé mirando los bancos y reparé en lo gastadísimos que están: astillados por algunos lados, blanquecinos de tantos arañazos y garrapatos... Son como de tren militar. Me recordaron los viejos pupitres con tintero de mi antigua escuela, y recordé la de horas de clases, de musarañas pensadas, de rumor de lluvia y de mofletes apuntalados en las largas tardes de invierno que viví sentado en ellos mientras aprendía lo que quiera que fuese (ya no lo recuerdo), sin poder evitar sentir lo mismo en los avejentados bancos de la Anunciación: la de horas que se pierden estudiando idioteces en lugar de aprender lo importante. Ojalá nos hubieran enseñado a fabricar el ambientador del cine Apolo en vez de los afluentes del Duero, o a comprender que las cosas que se pierden se pierden para siempre. Ojalá eso se aprendiese a tiempo, en vez de los conjuntos disjuntos y sus muelas todas. Los bancos de la Anunciación son ideales para hacer cruces con las que echarse al hombro la penitencia de la memoria. De vuelta a casa, mi padre nos compraba un par de postales de Semana Santa (que siempre nos despachaban envueltas en su sobre sepia) y tirábamos por el Arenal para ver el Mercado de Entradores, el Pópulo, donde nos hablaba de las saetas desde detrás de las rejas y al que de vez en cuando acudía para algún papeleo del Ayuntamiento. Por lo que vi ayer, aquello sigue tan puerco como entonces. Pero hay que ir por Cuaresma porque por aquella esquina dobla la brisilla precofradiera, que es una especie de impaciencia como la de ir temprano al cine cuando uno es niño. Desconchones, postigos desportillados, manojos de cables hechos una trenza, zaguanes con mosca, manchurrones de orina y una pared tan repleta de negrucios aparatos de aire acondicionado que parece una boca podrida. Tan igual estaba todo en el Mercado de Entradores que me palpé iluso el bolsillo para cerciorarme de que llevaba los cartones con el abono de las sillas. Lo malo de los recuerdos es como los bancos de la Anunciación, que en plena metáfora va y se les sienta un culo encima. Menos mal que lo que aprendemos en ellos nunca se olvida.

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