Local

La plaza del Corte Inglés

Probablemente, la Plaza del Duque de Medina Sidonia, que primero no fue sino espacio ante la iglesia de San Miguel, comenzó a ser oscuro objeto de deseo cuando a Felipe II no le gustó que aquel tuviera un palacio que rivalizaba...

el 15 sep 2009 / 01:21 h.

Probablemente, la Plaza del Duque de Medina Sidonia, que primero no fue sino espacio ante la iglesia de San Miguel, comenzó a ser oscuro objeto de deseo cuando a Felipe II no le gustó que aquel tuviera un palacio que rivalizaba con el Alcázar y le servía de coso taurino. Pero todo cae: sus descendientes se fueron a Sanlúcar cuando se fue todo el mundo, al final del XVII.

No pasaría mucho hasta ser de nuevo apetecible: intentando dotar a la Ilustración de un espacio emblemático, Olavide no encontró mejor sitio que el vetusto caserón para un teatro de 5.000 localidades lo cual era una provocación a los frailes que enseñoreaban la ciudad. Así que empezó una guerra, ellos acabaron con él antes de que él acabara el coliseo y todo volvió a ser como antes.

Medio siglo después la plaza, adecentada por Arjona, tenía nuevo señor; llevaba el nombre del Duque de la Victoria -el general Espartero- que, según Carlos Marx en el New York Daily Tribune, ni sus amigos sabían de dónde le venía la fama. Y menos en Sevilla, a la que bombardeó y cortó el agua durante 20 días desde la Cruz del Campo.

Y hubo otro intento de apropiación: la empresaria Ana Sciomeri se empeñó en volver a meter cómicos en el escenario inconcluso. Pidió al Rey levantar la prohibición frailuno-municipal y, aunque lo consiguió, el Ayuntamiento no sólo no hizo caso sino que, según Madoz, aprovechó hasta noches y días festivos para tirar la obra. El tabla rasa causó un nuevo efecto. La parte que Olavide no había tocado la compró un indiano, el Marqués de Palomares (de Palomares del Duero), y en el solar del derribo los Sánchez-Dalp se levantaron una mansión de paredes, arcos, techos, escaleras y pasillos neomudéjares.

Enfrente se establecieron los Cavaleri y para colmo los partidarios de la farándula triunfaron en la revolución de 1868 -la que trajo la I República- y la iglesia mudéjar fue derribada para levantar en su lugar el Teatro del Duque. Protestaron las almas piadosas de que se hubiera edificado en un solar sacro pero las tablas, que siguieron por el momento, ayudaron a cambiar el enclave, que se llenó de locales de cante y baile. En el lado opuesto se instaló el Pasaje del Duque y muy cerca el Novedades, el del Burrero... Los últimos en irse fueron el Pinto y su mujer, Pastora, porque al teatro le llegó la piqueta tras la Guerra Civil para que los sindicatos verticales tuvieran un edificio en vertical.

El palacio del Marqués ya albergaba unos almacenes, los del Duque, que no podían rivalizar con La Ciudad de Londres, Izquierdo Benito o Almacenes San Sebastián y su programa radiofónico Conozca Vd. a sus vecinos.

Se veía venir y vino; llegó El Corte Inglés. Hizo el paripé de presentar unos bocetos aún más historicistas que la casa de los Dalp; Hernández Díaz (el alcalde) les contestó con otro que se parecía a la Maestranza por Adriano y al final levantaron el de verdad, ése del inmenso muro blanco. Como sucedió con los cafés cantantes, enfrente y en el lateral hicieron lo mismo Lubre y Simago para acabar siendo engullidos por el triángulo verdinegro. Entre los dos palacios había una gárgola en la que una figura sostenía una plomada demostrando que el otro (no recuerdo cuál) había invadido su terreno; cuando alguien preguntó si se ajustaba a la ley que la marquesina de El Corte Inglés sobrepasara la acera no hizo falta la plomada: se estrechó la calzada alargando el bordillo. La plaza había cambiado de nuevo de dueño.

  • 1