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La plaza ha vuelto a nacer

Será la peatonalización, será que hay más tiempo libre o será sabe Dios qué, pero lo cierto es que las plazas de la vieja Sevilla han resucitado. El caso más espectacular es el de San Lorenzo.

el 16 sep 2009 / 00:54 h.

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"¿Gente?" El camarero se llena de aire los mofletes como si el número de vecinos congregados bien mereciese un toque de corneta. "Y hoy no hay nadie, para lo que se junta ahí fuera." Donde no hay nadie es en la enorme y otoñiza foto que, entre postales cofradieras y ristras de lotería, decora una de las paredes de El Sardinero, que suena a máquina de café y a platos cayendo en la pila. En esa imagen aparece la Plaza de San Lorenzo de hace apenas unos pocos años, con el suelo alfombrado de hojas pardas y anaranjadas y los viejos bancos vacíos. Nadie, ni siquiera la luz, se tomaba la molestia de asomarse a ella. Bajando la mirada desde la fotografía hasta la estampa que entra por el ventanal del bar, la instantánea es otra muy diferente. No es que sea Semana Santa, ni siquiera primavera. Es que la plaza estaba muerta y ha resucitado.

Ha sucedido en otras partes del casco antiguo sevillano, tal vez por la peatonalización o por lo que sea, pero en San Lorenzo el cambio ha sido espectacular. La primera fascinación que produce en el que sube hasta allí es la presencia de niños jugando, gritando, corriendo por entre los árboles y por la explanada como si aquello fuese el patio de una escuela a cielo abierto. Las risas de niños son la melodía que suena por encima de esa percusión natural que son los arrullos de las palomas. Sobre la estatua de Juan de Mesa hay una de ellas permanentemente. Es muy probable que tenga las patas pegadas, porque vaya cómo la han puesto de detritus entre unas y otras. Y el caso es que no hace feo, sino que contribuye a forjar la visión más estereotipadamente clásica que uno pueda tener de una plaza pública: en el centro, la estatua con la paloma encima; a su alrededor, formando una especie de saloncito con mesa de camilla, los primeros bancos repletos de viejos con sombrero y bastón; ampliando el radio empiezan a aparecer ya esos niños juguetones que lo llenan todo de vida y que parecen atraer la luz a cualquier hora; y tras ellos, las familias paseando o reunidas en los veladores de El Sardinero a la hora del cafelito o de la cerveza. Ayer había allí una familia entera pasándose unos a otros un álbum de fotos. No era la única.

Los vecinos se asoman a los balcones para catar un poquito de ese ambiente. Desde las rendijas de la parroquia les llegan los sones de marchas procesionales tocadas al órgano: es la banda sonora que acentúa el dramatismo de los pasos del Dulce Nombre, montados desde hace unos días y rodeados de niños que les sacan fotos y luego corren a besarle la mano a la Soledad.

Fuera, junto al Gran Poder, se han puesto a vender abanicos e incienso. No son ni mucho menos el único comercio de la plaza, caracterizado por tres puntos básicos, aparte de los bares: Loterías, farmacia e iglesias. O dicho con otras palabras: Fe, esperanza y caridad. Si eso tan teologal no es una plaza de Sevilla, es que en Sevilla ya no hay plazas.

"Antes sí estaba más muerto", confiesa el interlocutor, detrás de la barra. "Pero ahora..." Lo que están haciendo por Sevilla de un tiempo a esta parte los puntos suspensivos. Ahora suenan ya las cornetas sin que sea cosa de ese camarero. Pero en cuanto pasen los días, recuerde hacerse el transeúnte por este paraje. La Resurrección pasa cada día por allí.

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