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Cultura

La plaza secreta

Es la única de Sevilla a la que se entra por una puerta. Está al final de un callejón escondido del barrio de Santa Cruz. Y no es la de Santa Marta.

el 15 jun 2014 / 20:50 h.

webplaza La deliciosa Plaza de la Escuela de Cristo se encuentra a espaldas de la Iglesia de Santa Cruz, en un callejón al que se accede desde Ximénez de Enciso. / fotos: José Luis Montero Si a cualquier paisano se le pregunta por una placita recoleta y empedrada del barrio de Santa Cruz, custodiada por naranjos y gorriones al fondo de un callejón sin salida, la respuesta será automática: la de Santa Marta, junto a Virgen de los Reyes. Pero no es la única opción. Es lógico que la mente del sevillano, bordada con el hilo dorado de la tradición y la memoria, salga disparada hasta ese rincón a espaldas de la estatua del papa Juan Pablo II: allí fue de pequeño con sus padres a ver el mercado de sellos y monedas; por ella correteaba siendo niño en las largas mañanas del Corpus o de la Asunción; por sus vericuetos jugaba a la pelota con una naranja o deshojaba los primeros azahares de la primavera, y todas esas cosas. Pero si el indígena hispalense emplease en descubrirse a sí mismo la mitad de las fuerzas y los pensamientos que dedica a loar sus remembranzas, puede que muchos de los interpelados hubiesen ofrecido una contestación diferente a la pregunta anterior: la Plaza de la Escuela de Cristo. Quien no haya ido nunca sospechará que es mentira; que no hay nada al fondo de ese callejón que termina en la entrada a un hotel y el portón trasero de la Iglesia de Santa Cruz. Incluso cuando, venciendo todo reparo, se haya adentrado en él y le falte metro y medio para alcanzar su extremo, seguirá manteniendo que todo es una broma, que la calle expira ahí... hasta que al fin, justo al ir a dar el último paso posible, una puerta abierta a la izquierda –singular atributo, el de la puerta– le franqueará el acceso a un espacioso rincón hasta entonces secreto. Uno de esos pequeños grandes descubrimientos que hacen felices a los enamorados de esta ciudad, y que invita a repetir visita. Sobre todo, con ese nombre aparentemente tan extraño: Plaza de la Escuela de Cristo. ¿Qué escuela es esa? ¿Por qué el lugar no aparece en las guías turísticas? Y más aún: ¿qué se puede hacer ahí? Pues, por ejemplo, escuchar la misa en latín, los domingos por la mañana. No es lo único. Lo de las misas por el rito romano es ya casi una tradición en la ciudad. Las organiza la asociación Una Voce; algunos las recordarán en las Mercedarias, o en la parroquia de San Bernardo, y ahora se celebran aquí, en el templo que preside el lugar y que ahora, precisamente, es objeto de una formidable exposición en los salones del Círculo Mercantil de la calle Sierpes: el Oratorio de la Escuela de Cristo. Dicho lo cual, conviene ir aclarando la terminología, antes de que la gente se piense que allí era adonde iba Jesús de Nazaret a que le enseñaran la cartilla y las cuatro reglas. Todo comienza en el siglo XVI con San Felipe Neri y su idea de crear unas organizaciones de curas y laicos encaminadas a meter en vereda religiosa a la infancia y la juventud. Aquello se llamaba la Congregación del Oratorio, y enseguida se fue extendiendo y versionando en los países católicos. Se ve que el fenómeno fue exitoso, porque en cuestión de doscientos años el modelo se había exportado a Hispanoamérica y había cientos de fraternidades de esta especie, bajo la denominación de Escuelas de Cristo. Como explica Ramón de la Campa, «es un instituto de perfección cristiana en la vida secular de espiritualidad intimista y recogida que pretende, mediante la oración y la ascesis, a través fundamentalmente de un ejercicio comunitario semanal, promover la perfección cristiana de sus miembros», encuadrándola en el género de las asociaciones privadas de fieles. webspinola El solideo de Marcelo Spínola, junto a su fotografía, se exhibe en la exposición. Repasando las normas de esta organización que empezó como algo exclusivo de hombres para acabar siendo mixta, el presbítero Manuel Oller señala que la primera condición de sus miembros era la de seguir los pasos de Cristo y sus enseñanzas, así que tenían que ser «varones apartados de los vicios, engaños y vanidades del siglo, que traten de oración y recogimiento espiritual: devotos, piadosos, caritativos, modestos, sufridos y ejemplares». La finalidad, según sus normas o constituciones, era «el aprovechamiento espiritual y aspirar en todo al cumplimiento de la voluntad de Dios, de sus preceptos y consejos, caminando a la perfección cada uno, según su estado, y las obligaciones de él, con enmienda de la vida, penitencia y contrición de los pecados, mortificación de los sentidos, pureza de conciencia, oración, frecuencia de los sacramentos, obras de caridad y otros ejercicios santos que en ella se enseñan y practican, con aprecio grande de lo eterno y desestimación de lo temporal». Que no era poca cosa. Tenían, además, una peculiaridad estos institutos privados: no les gustaba nada pavonearse, ni lucirse, ni echar el día en cultos y procesiones. Es más: en lo posible, recomendaban a los participantes no hablar mucho de lo que hacían en las reuniones, con lo que arrojaron sobre sí mismos un manto de discreción. Razón por la cual muchos no tenían ni la menor idea de que estas cosas existían. Pues existen. Y aunque el hombre del siglo XXI guarde ya poca relación con el miembro ideal de la Escuela de Cristo, lo cierto es que sobreviven hoy día, si bien con menor pujanza que antaño. En Sevilla llegó a haber nada menos que tres, de las cuales solo sigue en funcionamiento esta: la llamada Escuela de Cristo de la Natividad, cuyo oratorio se asoma a la plazoleta escondida. La idea de dedicarle un capítulo de esta guía extravagante fue de Inmaculada Díez, la guía oficial de la serie desde sus inicios. «La plaza es uno de esos lugares mágicos de la ciudad. Me ha recordado bastante a la de Santa Marta, en el sentido de que es un lugar que invita a la tranquilidad, te aleja de los ruidos de la ciudad. Muy curioso el detalle de la puerta que da acceso. Increíble que, estando en uno de los sitios más turísticos como es el barrio de Santa Cruz, pase desapercibida. Aunque creo que ese es uno de sus encantos», decía Inma, tras la visita. No es para menos. Lo primero que recibe al paseante que hasta aquí llega es una hornacina con un santo metido dentro (una escultura, se entiende), al parecer San Cayetano, fundador de los Terceros, acompañado por unos azulejos con la siguiente inscripción en verso: Pues eres de Dios santo tan preferido ruega en mi favor y alcánzame del Señor en la presente aflicción el remedio apetecido. (Padrenuestro... Hágase la petición.) Es decir, que lo primero que se ofrece al recién llegado a dicha plaza es ayuda celestial, lo cual difiere grandemente de lo que cabe esperar del resto del viario hispalense en su conjunto, que viene a ser justamente lo contrario. Y de inmediato, tras este retablo, se abre el patio con su empedrado bañado de sol y de sombra, ribeteado de vieja losa como catedralicia, bajo las copas frondosas de cuatro naranjos. La paz es la primera sensación; incluso cuando la colman los murmullos de la escuela o los gorriones se persiguen a chillidos limpios, la blancura conventual de los muros y la serenidad inalterable de los macetones repletos de plantas –costillas de Adán, helechos, cintas...– impone su discurso y su ritmo vital. webvirgendelosreyes Réplica a menor escala de la Virgen de los Reyes, de Sebastián Santos Rojas. El Oratorio, como es lógico, abre a ciertas horas para sus distintos cultos y reuniones, pero durante estos días está prácticamente en los huesos: el grueso de su dotación artística y demás tesoros se encuentra en el Círculo Mercantil e Industrial, donde se exponen bajo el lema La Escuela de Cristo de la Natividad, un patrimonio espiritual y artístico para Sevilla. Una muestra interesantísima donde se puede ver desde el solideo del cardenal Marcelo Spínola –quien también pertenecía a la Escuela de Cristo– hasta un manifestador para el ejercicio del Corpus, pasando por una astilla de la cruz o lignum crucis y otras diversas reliquias de santos: San Felipe Neri, San Antonio María Claret, San Andrés Fournet y otros. weblastrucci Piezas de nacimiento atribuidas a Antonio Castillo Lastrucci. Los amantes de la escultura sevillana encontrarán unos cuantos motivos de fruición en estas salas del Mercantil, y en particular, cuatro referencias soberbias: un crucificado atribuido a Pedro Millán, unas figuras belenistas atribuidas a Antonio Castillo Lastrucci –cuatro pastores, una aguadora y un San José de barro cocido–, un nacimiento de la escuela de Pedro Roldán y una réplica a menor escala de la Virgen de los Reyes, obra de Sebastián Santos Rojas para el lado de la Epístola del Oratorio. Hay muchas otras obras interesantes. Y encima, se exhibe un vídeo contando las vicisitudes del instituto a lo largo del tiempo, por ejemplo que en él se dio culto al actual Cristo del Calvario y que fue la Escuela de Cristo la que dio un crucificado a San Bernardo al perder el suyo: el actual Cristo de la Salud. Hay que ir a la exposición pero, sobre todo, hay que ir a la plaza, a la que se accede por un callejón que sale de Ximénez de Enciso. Sentarse en la pileta a darse un baño de calma, tomarse uno su tiempo, sentirse extraordinariamente perdido, admirar los faroles, la cruz de forja del rincón sobre su columnita de mármol, reparar sin prisas en cada uno de los detalles de lo que fue el patio de unas viejas casas del Convento de los Menores. Respirar. Reconocer que en Sevilla, y parecía que no, todavía quedan secretos. Guiñarles un ojo y proseguir el camino.

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