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La primavera oscura ha vuelto a la ciudad

Pasear por el Parque en otoño vale como manifestación de masas

el 05 oct 2012 / 08:26 h.

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Tres coches de caballos recorren en fila el costado del Parque de María Luisa más próximo a la avenida del mismo nombre, bajo un solazo y unas enramadas verdes que parecen negar que sea otoño.

Para los católicos, equivaldrá a una misa concelebrada en la Catedral con padre Ayarra, sochantre, rosetón y todos los perejiles; para los hastiados, a una modalidad individual de manifestación multitudinaria; para los tristes y crepusculares, a un poema que lo confiesa todo y hasta a un ser amado que sorpresivamente los espera en el andén. Y así sucesivamente, uno detrás de otro, pueden encontrar todos los paisanos, en estas fechas, un momentáneo acomodo a los requisitos de su felicidad en el acto de dar un paseo a solas por el Parque de María Luisa. Un pulmón de la melancolía que acaba de abrirse a esa oscura modalidad de primavera que empieza hacia octubre, a esa primavera mate que es el otoño en Sevilla. "Esto va a durar el tiempo de pintarlo", dice el señor que, pértiga con brocha en mano, blanquea los rematitos del pabellón de los guardas, junto al estanque. Pero aun así, sabiendo que es para nada, lo hace con el primor y con la actitud reverente de quien recibe el encargo de crear un mundo. La ternura también puede ser una forma de rebeldía, escribió García Montero, sin duda tras presenciar una escena parecida, si no la misma.

Los resbalones por la lluvia, las carretillas de desbrozar y las ruedas de las bicis han modelado venas a los caminos terrizos, revelando que son ellos, y no las losetas de Pescadería, la verdadera piel sensible de una ciudad famosa por sus cicatrices. Lo cual importa poco o nada a dos cisnes que ejecutan el número de subirse juntos a una losa, justo delante del gran surtidor del lago que mezcla la espuma del agua con sus plumones blancos, para entretener a las dos parejitas barcelonesas y a las dos japonesas con pamelas azules y gafotas. Qué profesionalidad la de los cisnes. Qué savoir faire el del pavo real albino. Qué elegancia la del Monte Gurugú dejándose tatuar observaciones barriobajeras sin rechistar allí donde antes se han posado las manos, repletas de tiempo y de promesas (otra eternidad efímera), de los enamorados. Campanitas rojas y petalitos azules avivan el estampado de este telón verde donde solo dos o tres hojitas muertas, enredadas en la fronda, revelan el nombre de una estación que el resto del paisaje niega. Han pasado las lluvias, se derriten las patillas, las moscas se comen al paseante a la sombra de ese gigantesco árbol de las viudas que es el eucalipto rojo, bufan los caballos de los carruajes por no poder rascarse las orejas, hasta que el reloj le pone la zancadilla a la tarde. Las misas, en el Parque, cada día son más cortas.

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