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La rebelión de las togas

Indudablemente existe una campaña contra la Carrera Judicial por parte de quienes, eso sí, no tienen ni la más pajolera idea de lo que se cuece en una sede judicial, mas sabiendo que su crítica ácida e ignorante es fruto de reconocimiento para los que alientan a dichos sicarios de la pluma.

el 15 sep 2009 / 21:40 h.

Indudablemente existe una campaña contra la Carrera Judicial por parte de quienes, eso sí, no tienen ni la más pajolera idea de lo que se cuece en una sede judicial, mas sabiendo que su crítica ácida e ignorante es fruto de reconocimiento para los que alientan a dichos sicarios de la pluma. Ahora resulta que los jueces somos Poder del Estado, cuando llevamos lustros siendo maltratados como funcionarios de tercera categoría, sufriendo la endémica y progresiva pérdida de prestigio de la Justicia por deficiencias que sólo se pueden imputar a nuestra patronal, que no es otra que el propio Ministerio de Justicia, del que dependemos como servidores públicos y trabajadores por cuenta ajena. Coincido en que la Constitución no pudo prever una huelga de jueces, de ahí que no les prohibiera el ejercicio de ese derecho, tampoco lo creía yo posible cuando ingresé en esta Carrera por vocación, entusiasmo, mérito y capacidad. Características que probablemente no reúne un diputado incluido en una lista cerrada y elegido a dedo por su sólo mérito de fidelidad al clientelismo político, mas claro él si goza de legitimidad democrática, no los jueces que sólo hemos superado unas duras pruebas de ingreso para formar parte de un degradado Poder, legitimado por la propia Constitución. Pero insisto, no lo creía porque estaba en el engaño de que los jueces éramos ese tercer Poder, mas crasa mentira, espejismo, ficción interesada que nos ha tenido silenciados en nuestro individualismo, aferrados a nuestra independencia como único salvavidas en medio de un naufragio, del que somos, en parte responsables, por tolerancia. Mas todo tiene un límite, no estando dispuestos a seguir recibiendo más bofetadas y ataques a nuestra dignidad, cuando la realidad es que los jueces tenemos que tragar, profesional y personalmente, con una impuesta organización obsoleta, asumiendo cada vez más responsabilidad y crítica, sin tener poder, autonomía ni capacidad para nada.

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