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La rebelión de los hambrientos

La ONU ha dado la voz de alarma acerca de la extensión del hambre en los países pobres, una situación que puede adquirir la dimensión de catástrofe alimentaria. Para evitarla, ha pedido la aportación de 2.500 millones de dólares con la sola finalidad, según dice, de dar de comer...

el 15 sep 2009 / 04:10 h.

La ONU ha dado la voz de alarma acerca de la extensión del hambre en los países pobres, una situación que puede adquirir la dimensión de catástrofe alimentaria. Para evitarla, ha pedido la aportación de 2.500 millones de dólares con la sola finalidad, según dice, de dar de comer a aquellos que tienen hambre, sin ningún otro objetivo que tienda a mejorar en el futuro las condiciones de vida de esta parte de la población mundial. Solo se trata de que coman, y nada más. La causa que ha provocado esta situación es de sobra conocida, la subida de los precios de los cereales, que los han hecho inasequibles para los que tienen como único alimento el arroz, el maíz o el trigo. Las razones que han propiciado el alza de su coste también han sido señaladas: las catástrofes naturales que han reducido la extensión de terreno dedicada a la siembra; el aumento de su demanda como consecuencia del mayor nivel de vida de países como China o la India; la fabricación del etanol como alternativa a otros carburantes como el petróleo; y, finalmente, la especulación financiera que ha puesto sus ojos y, sobre todo, su dinero, en este rubro de la economía.

La atención que los organismos internacionales están mostrando hacia esta crisis alimentaria responde a la preocupación por las consecuencias que dicha crisis pueda tener en el equilibrio de intereses sobre el que se asienta el orden internacional; más en concreto, preocupan los movimientos sociales y las reivindicaciones de los que nada tienen que perder, y que ya han protagonizado los hambrientos de Haití, Egipto, África subsahariana, hasta completar un total de 20 países que han sufrido este tipo de revueltas y a los que se pueden unir un número considerable de personas, dado la iniquidad que preside el reparto de la riqueza en el mundo actual. Lo mismo cabe decir de los dirigentes que se han aprestado a tomar medidas con las que paliar la situación, con el propósito nada confesable de no ser arrastrado por la marea humana de los que carecen de todo, tal como ha ocurrido en Haití.

Sin embargo, se desconoce, o se quiere desconocer, que de lo que estamos hablando es de un hambre endémica; de un hambre que no es de ayer ni de antes de ayer; de un hambre que ya tiene un largo recorrido, tanto al menos como la globalización. De un hambre que ha sido y es la primera causa de muerte en el mundo, y que tiene más víctimas a la espalda que las guerras, el terrorismo o las catástrofes naturales; de un hambre, en fin, que se ha pretendido que fuera invisible.

Porque no nos equivoquemos, más allá de las razones que se han esgrimido para explicar la situación actual, su fundamento último está en la desigualdad estructural del modelo económico diseñado según la receta neoliberal, que ha llevado al predominio de unos pocos y a la dependencia de la gran mayoría. Un modelo que ha fracasado, incluso para sus defensores, en la medida que ha sido incapaz de garantizar los intereses de los poderosos, que ven amenazada ahora su posición si se extienden, como se teme, los levantamientos sociales y las demandas de los que padecen directamente las consecuencias de su avaricia. Y ya no caben más soluciones neoliberales, pues el problema estriba en que los afectados están fuera del sistema hasta el punto de que no se beneficiarían de las medidas liberalizadoras que el mismo sistema pueda adoptar.

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