miércoles, 20 marzo 2019
14:00
, última actualización
Local

La receta de los Murillo

La farmacia del Altozano, con 101 años de vida, recibirá el día 21 el reconocimiento del barrio por su trato cercano al cliente.

el 09 jul 2014 / 12:00 h.

Sevilla 07 08 2014: Trianera de honorFOTO:J.M.PAISANONo hay muchas empresas en Triana que hayan cumplido 101 años. La farmacia de Santa Ana puede presumir de ello. Enrique Murillo la fundó en 1913 en la plaza del Altozano, consolidando una saga de boticarios con arte que ha sabido mantener su mejor fármaco: una atención personalizada a los clientes a los que siguen llamando por sus nombres. Esta apuesta por la cercanía les ha llevado a convertirse en toda una institución en el arrabal y a recibir en la presente Velá el galardón de Trianero de Honor. La nieta del fundador, María Luisa, nos recibe desde el mostrador. Lleva puesta la bata blanca y dispensa todo tipo de atenciones a sus clientes. «Pepe, ¿qué tal esa rodilla?», se interesa por el estado de uno de ellos, en su mayoría «gente del barrio de toda la vida» que conoce bien a «los Murillo». Y es que la aventura de estos farmacéuticos vocacionales se remonta incluso antes. Ya en 1886 se tiene constancia de que su bisabuelo, Francisco Murillo Hernández, «tenía una farmacia en el entorno del Altozano». Sin embargo, fue el abuelo Enrique –inmortalizado en el callejero a la altura de Pagés del Corro–, el responsable de su actual localización y de su singular decoración de cerámicas, también con historia. «Le llama mucho la atención al que entra por primera vez. La cerámica la pintó Vigil Escalera con dibujos mitológicos a base de cuerda seca [un tipo de relieve] que hizo el hermano de mi abuelo, también con calle en Triana y fundador del Laboratorio del Arte de Sevilla», detalla María Luisa, orgullosa del legado familiar. Es por ello que esta trianera hace extensible el premio de la Velá a los que le precedieron:«Ha sido una gran alegría, porque de alguna forma demuestra que se mantienen los Murillo en Triana». Un reconocimiento a más de un siglo de desvelos por la salud del barrio, con quien dice unirles una estrecha relación. Precisamente, fue esta forma de desempeñar la profesión la que despertó en María Luisa el gusanillo de estudiar Farmacia en su juventud:«Me gustaba atender al público y escucharles. Lo mío es claramente vocacional», confiesa mientras expone que el sector se ha ido llenando de «demasiadas tareas administrativas» y de un trato «más impersonal» que no le gustan tanto. La que es la cuarta generación de boticarios Murillo destaca la importancia de tener hoy en día un negocio centenario: «Antes era más habitual ver familias enteras pasándose el establecimiento de padres a hijos, pero actualmente quedan pocas familias de emprendedores en Triana. Es una pena». En su memoria, sin embargo, asoman nombres, como la confitería Filella, Los Corneados, Los Montalbán... responsables años atrás de la iniciativa empresarial que también se cultiva en esta orilla. Quizás, por ello, María Luisa bromea que, junto al arquitecto José María Jiménez Ramón, son los dos únicos premiados de la Velá que no son artistas. Entre fotos en blanco y negro de su abuelo, su padre y otros familiares y con una estatua –por supuesto en cerámica– de la Virgen del Rocío, esta hermana de la hermandad de la Estrella y del Rocío rememoras las velás de su infancia, en las que las celebraciones llegaban al interior del establecimiento. La farmacia llegó a ejercer de «improvisado camerino» para que se cambiaran las artistas del tablado que se montaba justo enfrente:«¡Me encantaba!», añora mientras se remonta a los años cincuenta en los que su padre, Aurelio Murillo, que fue alcalde de Triana, evitó que desapareciera una Velá que no pasaba por sus mejores momentos. Entonces, apunta, «no había dinero» y había que ir «comercio por comercio» para recoger donativos para sufragar la fiesta. Unas penalidades, sin embargo, que hacían que la fiesta fuera «más del barrio» y «menos politizada». En esta cruzada por mantener la Velá, Aurelio contó siempre con la complicidad de su esposa, Gregoria Taravillo, una mejicana que en 1997 fue nombrada Trianera Adoptiva. «Siempre se implicó en todos los proyectos para mantener viva las tradiciones de Triana», dice su hija mientras muestra el trofeo con la torre de la parroquia de Santa Ana que entregaron a su progenitora. Otro de los capítulos de esta saga de boticarios está unido al emblemático puente. El padre de María Luisa hizo todo lo posible para conservar su actual estructura: «Está ahí por culpa de mi padre. Se proyectó tirarlo, pero él logró movilizar a todo el mundo para que no se llevara a efecto», relata mientras recrea emocionada la imagen del entierro de su padre, en 1975, con «los trianeros llevándolo a hombros por encima de las obras de remozamiento del puente». Llegados los días de la Velá, María Luisa comenta que le gusta perderse en la catedral trianera, donde intenta «no perder ni un culto de Santa Ana». También saca tiempo para llevar a sus nietos a la cucaña. El objetivo, insiste, es que se empapen de «la alegría con la que se vive la Velá», un fecha señalaíta para los Murillo que en esta edición la vivirán «más en familia que nunca».

  • 1