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La religión en los autobuses

Siempre he pensado que la mayor perjudicada por la injerencia de confesiones religiosas en asuntos políticos es la religión misma. Me refiero a la religión en su dimensión más profunda, a la religión como un sistema de creencias que articula nuestra relación con el más allá y que asumimos en la medida en que conecta con nuestro sentido de la espiritualidad.

el 15 sep 2009 / 20:58 h.

Siempre he pensado que la mayor perjudicada por la injerencia de confesiones religiosas en asuntos políticos es la religión misma. Me refiero a la religión en su dimensión más profunda, a la religión como un sistema de creencias que articula nuestra relación con el más allá y que asumimos en la medida en que conecta con nuestro sentido de la espiritualidad. Ciertamente, nuestra relación con el más allá se articula a través de principios que rigen nuestra conducta en este mundo. Pero se trata de pautas de conducta dirigidas a las conciencias individuales, cuya incidencia en el terreno político sólo puede ser indirecta.

Erigiéndose en actores en el juego político las religiones distorsionan el funcionamiento de este juego, sembrándolo de credos indiscutibles que son ajenos a las reglas de la democracia. Y distorsionan también su propia esencia al introducirse en el terreno de las verdades relativas y terrenales, impregnándose del carácter coyuntural y de la banalidad espiritual de los discursos y de las batallas políticas.

El afán de la Iglesia Católica por consolidar cotas de poder social y político en nuestro país ha acabado por instalarla en una banalidad que con el nacimiento de los autobuses ateos y de sus contrincantes cristianos empieza a rozar lo esperpéntico. ¿Se ha planteado la Iglesia Católica que su tendencia darle a Dios lo que es del César compromete y degrada su mensaje evangélico, que éste convive mal con las pancartas, los curricula escolares, la bronca política y las vallas publicitarias, que haciendo de este mundo su Reino alimenta la crisis en valores religiosos que tanto denuncia? Que las batallas religiosas se libren mediante publicidad en autobuses debería ser para la Iglesia una señal de alarma de que en algún momento perdió el norte. Redundaría en el bien general que rectificara el rumbo.

Profesora de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Editorial de El Correo.

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