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La resurrección de cada día

el 04 may 2011 / 20:26 h.

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Dicen que la Feria es una Sinfonía de colores, también lo es de fotografías y de recuerdos que inmortalizar y con los que disfrutar el resto del año.

Después de una intensa noche del pescaíto -dicen que con menos gente que otros años debido a que hubo quien prefirió convertir la cena en enidad- y a contrarreloj, la operación farolillo, fue posible sólo desde ayer gracias a la mejora de los partes meteorológicos que auguran definitivamente un tiempo estable para lo que resta de semana.

La prohibición de fumar en las casetas las ha desbordado este año: todas tienen en sus puertas la misma bulla que una iglesia en Semana Santa, sólo que con catavinos y cervezas. A las 11 de la noche la fiesta ha alcanzado la plenitud que, como una tormenta, no es sino la acumulación de elementos físicos combinados con electricidad sentimental. A partir de ahí puede surgir la magia con la que se cierra el día.A las 11 de la mañana, sin embargo, la Feria estaba limpia y recién planchada; parecía una maqueta de sí misma con sus árboles verdes y sus postes blancos y azules por la contera, como cirios del penúltimo tramo de la Hiniesta, San Esteban o Los Negritos.

Nadie sabrá nunca cual fue el primer traje de flamenca que se vio en el Real, qué caballo fue el que puso la primera huella de su herradura en el albero, cómo era el carruaje que inició el traqueteo en el pavimento de adoquines. Pero, poco a poco, todo se fue llenando. Como siempre.La Feria de Abril tiene nombre y apellido únicos porque no es un evento con principio y final establecido; no es el cuadro de un ballet ni la coreografía de una zarzuela. Cada día es único e irrepetible, como los 100.000 trajes de flamencas que la llenan.

Esos cientos de miles de trajes que tampoco se repiten cada año son aquí consuetudinarios, se los ve como la cosa más normal del mundo pero, para el que viene de fuera, es un fenómeno incomprensible y maravilloso.Un fenómeno antiguo que puede que estuviera en el cambio, llevado a cabo en un abrir y cerrar de ojos, que tanto asombró a los viajeros del XIX, el paso de una sociedad en la que las mujeres vestían todas de negro al estallido de color. Rocío Plaza ha escrito un libro sobre la Historia de la moda en España y pone el acento en esa época en la que las mujeres se desprendieron de los artilugios de alambre colocados bajo las faldas para darles amplitud desmesurada y pusieron en su lugar las enaguas: enaguas de colores, llenas de encajes que era necesario enseñar con insinuaciones. Cuenta, por ejemplo, que una de las que inició la costumbre de levantarse un poco la falda para hacer ver las enaguas fue Eugenia de Montijo, duquesa de Teba y emperatriz de los franceses.Son distintos los trajes, los días pero también los años y las décadas.

Todo es siempre distinto en la Feria abrileña y de mayo este año. En el paseo de caballos predominan ahora las libreas y los sombreros ingleses, igual que si estuviéramos a punto de entrar en las carreras de Ascott; antes tuvieron su momento de gloria el sombrero rondeño y, antes aun, el calanés. Tal vez tenga la culpa de ello la deriva que han tomado las bodas, llenas de elementos románticos del siglo XIX: los coches de caballo de alquiler se han convertido en una nueva industria sin que se sepan por qué veredas trotan sus conexiones con Hacienda. Hoy la Feria es así, mañana quien sabe por qué derroteros tirará.

¿Quién se acuerda de todo eso en medio de este ir y venir continuo y, aparentemente, desordenado que sin embargo se atiene a las normas estrictas de un orden de reglas desconocidas pero eficaces? Porque la Feria no es ni vino, ni caballos, ni baile; es, sobre todo, relación. El espacio del Real y el tiempo de estos seis días es una conjunción diseñada sobre todo para producir encuentros y reencuentros. Un amigo vasco se asombraba ayer de ver juntos a gentes de muy diferentes posiciones políticas porque, según él, eso sería imposible en su tierra. Y otro le contestó que eso era así porque el que podría haber cambiado aquel panorama, José María Ybarra, se vino para Sevilla.

herencia en el real. Una caseta, que tiene algo que ver con sus herederos, lanza ahora hacia la calle más decibelios de los debidos y distorsiona el ambiente familiar del almuerzo, la hora en la que se buscan sillas para ir colocando alrededor de una mesita sevillana. Normalmente aquí solamente podrían estar dos o tres personas pero en Feria pueden caber quince o veinte: es el milagro de la multiplicación de las sillas que se produce en la comunión del mediodía, lo mismo que el de conseguir no escuchar el ruido de todas las músicas unido al de cientos de caballos y carruajes pasando continuamente.
Los amigos, y hasta los enemigos, beben y comen juntos mientras los niños se inician en bailes transmitidos de generación en generación en esas academias que son las casetas a las cinco de la tarde, cuando comienza a bajar un poco el tono el gentío y se organiza una pequeña corriente hacia la Maestranza.

En el trayecto desde el Real al Paseo de Colón hay otra Feria: la de mucha gente que ha venido a verla desde sabe Dios donde y que se acomoda a lo largo de la balaustrada que recorre Las Delicias: allí, bajo los plátanos y los castaños de Indias, ha puesto cada cual su comedor particular e, incluso, hay de vez en cuando atisbos de lo que eran antiguamente los corros de sevillanas en la Plaza de España. Allí esperan que baje un poco la temperatura para volver y, mientras tanto, observan el paso incesante de carruajes con punto final delante de la Puerta del Príncipe.

De la corrida se puede volver eufórico o cariacontecido pero siempre se vuelve y siempre hay gente que espera escuchar de quienes han ido a los toros una crónica sucinta en torno a media de manzanilla, antes de que el tono festero vuelva a subir y se forme el corro.La omnipresencia de la música enlatada ha ido dando paso en los últimos tiempos a la actuación de grupos que morigera el volumen sonoro, excepto en casetas de grandes colectivos formados mayoritariamente por gente foránea que actúan como si fueran espacios de conciertos multitudinarios: probablemente sea algo se siempre; los más viejos recordamos aun la "caseta de los americanos de Morón" en el Prado de San Sebastián.
Aun así, y aunque parezca mentira, existen lugares en los que los altavoces no se han instalado nunca.

Allí las sevillanas siguen siendo las que cantan quienes forman el corro con un tambor, una guitarra, sonajas y cañas. Se entonan seguidillas antiguas, con ritmo variable según quien baile y donde las mujeres y los hombres "roban", de vez en cuando la pareja en la tercera o la cuarta. Esas seguidillas -muchas de las cuales no estuvieron nunca en un disco o en microsurcos que ya se han borrado- pasan de padres a hijos, de unos amigos a otros, como si se tratara de una tradición venerable y, a la vez, natural. La fiesta se forma de manera espontánea, alcanza su clímax y termina apaciblemente... hasta la siguiente.

Es una Feria añeja, de amontillado, con la que se apaga también la noche para que el Real pueda ser lavado y planchado. Inaugurado como nuevo mañana.

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