La resurrección de las caleras de la Sierra Norte

Más de una veintena de personas participan en la reconstrucción de dos caleras en pleno corazón del parque natural de la Sierra Norte

el 26 oct 2014 / 12:05 h.

Por José Ángel Fontecha IMG_20141025_112906Hace un año que estuvieron allí, en ese mismo lugar. Este fin de semana han vuelto. Había que continuar con la labor. Poco ha cambiado. El paso del tiempo ha hecho crecer la hierba y varias piedras han caído al fondo. Hay que seguir cavando, eso sí, procurando no tocar el poyo. Las indicaciones son claras y concisas. La jornada para el voluntariado del Parque Sierra Norte empieza pronto. A las ocho de la mañana emprendían camino los residentes en Sevilla. Para los oriundos de la zona el horario era más ventajoso. Este fin de semana la labor es clara, hay que reconstruir una vieja calera en el Cerro del Hierro, una pedanía perteneciente a San Nicolás del Puerto, en pleno corazón de la Sierra Norte sevillana y de su parque natural. El entorno es paradisiaco. El viejo poblado minero, remozado por sus actuales inquilinos, está franqueado por una tierra rojiza y a la vez brillante. Sus minas, ahora cerradas, abastecieron al sur del país de su mejor hierro. Pasear por sus alrededores es un lujo para los sentidos. A pesar de encontrarnos en otoño, muy cerca del mes de noviembre, aún es posible oler a tomillo y jara. No muy lejos del poblado se encuentra el área de trabajo concerniente a este fin de semana. Un trabajo armonizado por Soledad Mellado, coordinadora del voluntariado del Parque Natural de la Sierra Norte, quien se ocupa de hacer una breve introducción a los asistentes. Al ser un grupo bastante numeroso se hace una división. Una parte del voluntariado proseguirá con el trabajo iniciado hace un año. La otra se dirigirá a otra calera cercana que necesita igualmente una reconstrucción. A cargo de la primera calera se encuentra Alberto Muñoz, presidente de la Asociación Andaluza para el Fomento y la Conservación de la Piedra Seca. Antes de iniciar el trabajo le habla a su grupo y le transmite la importancia de la sensibilidad con los temas etnográficos. De la misma manera advierte que la técnica de la piedra seca no se aprende en dos días, por eso lo importante es observar y asimilar unos conocimientos mínimos. «Hay que tener una serie de pasos claros», señala Muñoz, de lo contrario la tarea puede no resultar del todo satisfactoria. A pesar de que puede parecer una ciencia de lo más simple, la piedra seca requiere de una labor mental seria y precisa. Hay que evitar que las piedras tiendan hacia el exterior, siempre han de buscar ejercer su peso sobre el interior, explica Muñoz a su grupo. De la misma manera, hay que evitar siempre los picos salientes que puedan desestabilizar la siguiente base pétrea. El trabajo de piedra seca en la calera consiste en construir un muro de contención rodeando a la propia calera para darle cuerpo y estabilidad. No obstante, los trabajos con esta técnica no se agotan con esta actividad, sino que son muchos los proyectos que según Muñoz hay en el grupo. Uno de los próximos será la rehabilitación de una torruca en Alanis. Algo que, a parte del sentido técnico de la construcción, señala Muñoz, tiene su significado histórico. Igualmente, entre sus pretensiones se encuentra la de crear un inventariado patrimonial de piedra seca en la Sierra Norte, «una acción piloto en toda Andalucía», añade. No muy lejos de este primer grupo se encuentra la otra parte de la expedición de voluntarios. Su trabajo es precisamente el que se hizo hace un año en la otra calera, el adecentamiento de los alrededores de la calera, con la eliminación del hierbazal que la rodea y la retirada de piedras de su interior. A su cargo se encuentra Rafael Perez de Guzmán, técnico de uso público del Parque Natural de la Sierra Norte. Mientras extrae piedras del interior de la calera relata el funcionamiento de la misma. Según cuenta, todo el proceso se basaba en el fenómeno de la combustión. Lo que se buscaba, cerrando la calera con una cúpula de piedras y a base de un fuego de hasta 72 horas de duración era la deshidratación de la piedra para sí acabar convertida en cal. Se trataba de un oficio del que se encargaba, generalmente, los miembros de una misma familia, de forma que «en cada localidad había una familia denominada los caleros». Además del oficio, durante jornadas como esta, el voluntariado aprende y es capaz de relatar curiosidades y mitos en torno a la tarea en cuestión. En este caso, Rafael, uno de los voluntarios da una explicación de porqué las fachadas de las iglesias pasaron del ladrillo visto a la actual visión blanca de la actualidad, y es que la cal supone todo un potente desinfectante. Así durante los años de la peste era un remedio infalible para hacer frente a tan temida plaga. «El calero nunca muere de ningún mal porque la cal siempre lo tiene desinfectado», asegura Rafael a modo de dicho popular. Al terminar la jornada, una calera contará con sus muros de contención y su fondo se habrá visto despojado de la hierba. La otra, mientras tanto, habrá sufrido una agradable transformación tras años y años de deterioro. De todas formas, los voluntarios regresarán el año que viene a proseguir con su tarea. A pesar de que el oficio de calero se perdiera, la modernidad jamás se impondrá a la esencia del trabajo rudimentario y asombroso inserto de un paraje de inusitada belleza medioambiental.

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