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La revolución llega con Japón, los pins y Fraga

el 22 jul 2012 / 16:38 h.

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El 16 de julio se cumplió el ecuador de la Exposición Universal de 1992 y ya se había logrado alcanzar los 15 millones de visitantes. Una cifra récord que daba muestra del éxito de la Expo. Los actos y días de cada país continuaban celebrándose sin dilación alguna, al igual que las pequeñas historias y anécdotas que día a día, enriquecían más tanto a la Expo como a sus visitantes.

A estas alturas de la Expo ya era más que evidente la aparición de un nuevo fenómeno, el coleccionismo de pins, del que la multinacional Coca-Cola y el pabellón de Comité Olímpico Internacional supieron sacar partido publicitario. Las dos instituciones habilitaron en la sede del COI un espacio para que todos los coleccionistas intercambiaran sus pines.
La historia de los pins, íntimamente ligada a los Juegos Olímpicos de la era moderna, ya comenzaron a emplearse en los JJOO de Atenas de 1896, aunque sólo se empleaban para identificar a los atletas y a los miembros de la organización.

No fue hasta los juegos de invierno de 1980 de Lake Placid cuando comenzaron a intercambiarse estas pequeñas piezas metálicas entre deportistas y aficionados, creando una nueva modalidad de coleccionismo que alcanzó su máximo esplendor en la Isla de la Cartuja.
Lógicamente, los precios de los pins también fueron subiendo durante la Exposición Universal. Al contrario, muchos establecimientos hosteleros tuvieron que ir reduciendo sus precios debido a que el personal ya había protestado demasiado por pagar 500 pesetas por un bocadillo o 1.500 por un menú. Incluso algunos empresarios ya advirtieron durante los meses de la muestra de la recesión económica que llegaría a partir del 12 de octubre, cuando la Expo 92 pusiera su punto y final.

Otro de los grandes debates de la semana fue el calor asfixiante que hacía en el recinto –algo habitual en Sevilla en pleno mes de julio– y qué ocurría con el famoso microclima de la Isla de la Cartuja, pues a todas luces parecía que no funcionaba correctamente. Esto provocó que el comisario general, Emilio Cassinello, tuviera que ofrecer una rueda de prensa a los medios en la que ofreció unas explicaciones ininteligibles (según recogen las crónicas del día) acerca de la teoría del calor y su fusión con la temperatura corporal. Al final, lo único que quedó claro fue que el famoso microclima sólo estaba habilitado en el 5% del recinto.

días nacionales. Los países que protagonizaron la semana fueron Australia y Japón. Para el primero de ellos, la Expo recibió la visita del ministro de Turismo australiano, Alan Griffiths, que defendió la idea de que Australia era “una nación joven y pujante en proceso de adaptación y de desarrollo dentro de la comunidad internacional”.

Japón, por su parte, inundó con su cultura y sus tradiciones el recinto expositivo durante varios días. Más de 350 artistas, entre los que destacaban estrellas mundiales como la cantante Ryohko Maoriyama y el compositor Ryuichi Sakamoto (famoso por su Oscar logrado por la banda sonora de El último emperador). El Gobierno nipón, que quería dejar buena muestra de su idiosincrasia en la capital andaluza, invirtió para el programa de actos 450 millones de pesetas y su pabellón, totalmente construido en madera se encontraba en el top five de los más visitados por las miles de personas que a diario llenaban la Exposición de 1992.

De hecho, el entonces alcalde de la ciudad sevillana, Alejandro Rojas Marcos, pidió personalmente al príncipe heredero de Japón, Naruhito, que la instalación no fuera demolida cuando terminara la Expo 92. A esta petición Japón no accedió arguyendo que los materiales del edificio estaban concebidos para un tiempo limitado y que no podría conservarse adecuadamente y daría una mala imagen del país asiático. El exotismo también llegó a través de Sri Lanka, que regaló a los visitantes la danza y la música tradicional del país. En su pabellón, se podía ver una escultura de Buda de 12 metros de altura y degustar uno de los mejores tés del mundo.

Tras este exotismo asiático, la revolución llegó a la Isla de la Cartuja con la visita del presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, que pasó como un auténtico ciclón por el recinto, se pegó un paseo en barco junto a Alfredo Pérez Rubalcaba, regaló un cruceiro al arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, y ofreció una multitudinaria rueda de prensa en el pabellón de Galicia en la que defendió a capa y espada la inminente visita de Fidel Castro a la comunidad gallego, lógicamente invitado por el mismo Fraga.

De la Expo, el veterano político destacó la actitud de los “gallegos andaluceiros” que habían celebrado su presencia, y destacó la fuerte inversión que había realizado el Estado español en el sur del país para soltar con ironía: “Espero que a todos nos toque nuestro turno”. Como anécdota, también queda para el recuerdo que el discurso que ofreció en el Palenque durante el día de Galicia, fue uno de los más largos que se pronunció durante toda la Exposición. No podía ser de otra forma.

accidente. Aunque parecía que todo iba sobre ruedas, unos días antes había ocurrido un accidente en el teatro de la Maestranza, durante un ensayo de la ópera Otelo que debía protagonizar Plácido Domingo, que e saldó con un fallecido y 41 heridos del coro.
Tras la tragedia, Philippe de Lavalle y Georges Françoise Hirtsch, presidente y administrador del teatro parisino de La Bastilla –responsable del espectáculo– aterrizaron rápidamente en la capital andaluza para hacerse cargo de la situación de la compañía y asumir toda la responsabilidad del accidente ocurrido en el escenario del teatro del Paseo de Colón. Las primeras hipótesis del accidente apuntaban a un exceso de peso en el escenario aunque los expertos dudaban de esta teoría dado que la compañía francesa ya había representado esta ópera más de 15 veces en otros escenarios.

El propio Domingo, visiblemente afectado, explicó tras el suceso, del que tuvo conocimiento al aterrizar en el aeropuerto de San pablo, de que nunca había visto nada igual en sus 30 años de carrera y que el accidente ocurrió cuando alrededor de 80 personas se encontraban sobre una pasarela en la que no suelen estar más de diez personas durante las representaciones musicales. Plácido Domingo, además, mostró su cara más humana aquellos días, acudiendo a los diversos hospitales sevillanos donde estaban los heridos para interesarse por ellos y visitarlos a todos.

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