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La ruta de la soledad

Salvo por la Plaza de España, en cuyas sombras hay apriscados dos o tres rebaños de turistas esperando a que escampe y adonde 50 familias de nostálgicos van cada día a pasearse en barquita, el Parque está vacío. Parece que las chicharras se hayan comido a la gente. Puede que hoy no haya en toda Sevilla un lugar más agradable que éste.

el 19 ago 2011 / 19:03 h.

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"Emaná, el del Betis, es uno de los que se han subido en las barquitas", cuenta el muchacho de la taquilla. "También un rapero que hacía el anuncio de Cruzcampo y un jugador del Caja (el nombre no lo sé; sé que es negro). Y Zoido, cuando ganó las elecciones. Zoido se ha montado dos veces." Y le habrá dado la mano hasta a las ranas (que las habrá, aunque ahora presuma el canal, haciéndolo constar por escrito, de no albergar vida para que no se esponje aquello y le salgan meandros a base de pan duro). Donde parece no haber vida es en el resto del Parque de María Luisa. "Aquí se harán al cabo del día unos cincuenta paseos, ahora en verano", calcula el joven. Al otro lado de la verja no se llega a esa cantidad ni contando a los pulgones, las arañas, las tórtolas y los fantasmas de los Montpensier.

Tal vez sí las haya esta noche, porque hoy toca velada veraniega musical por la Isleta de los Pájaros. Un rincón, por cierto, muy recomendable para quienes no sepan adonde ir a escribir versos o a pensar en la fugacidad de las vacaciones. Pero tan recomendable o más, aunque mucho menos conocido, es otro rincón ideal para quienes busquen un marco para el silencio, para un beso o para una lectura: la Glorieta de Rafael de León (a la izquierda del monumento a Dante, si se mira desde la Avenida de Hernán Cortés); un lugar de una dejadez tan deliciosa y de un romanticismo tan becqueriano que, sentado en un banco de forja, bajo la maraña de sombras que caen verano abajo, le da a uno la sensación de tener tuberculosis. Cerca hay una plazoletita oscura con juegos infantiles, y enfrente, al otro lado de la avenida, sujetan su broza negra las pérgolas más bellas con las que haya llegado a adornarse una primavera, lo cual no es el caso.

Ir y estar allí es todo un descubrimiento. Quienes sean más de la Fuente de las Ranas, hay dos elementos que no se deben perder: uno es el cartel más bonito que se pueda ver ahora por Sevilla, que es aquel donde se explican las normas de uso del recinto, ilustradas a la antigua; el otro, su ciprés de los pantanos, cuya corteza parece haberse tallado a sí misma una cancela de fuelle, como las de los comercios, para que nadie lo dañe.

Cuenta el vendedor de los tickets de las barcas que algún caso se ha dado de gente que se harta de remar (es para hartarse: esos son los remos de Ben Hur), deja la barca donde sea y se marcha saltando por la baranda. La mayoría no: la mayoría lo que hacen es quitarse del calor quedándose un ratito bajo un puente. No han caído en que allí al mado tienen una nevera natural, y encima gratis. Entren. Las chicharras están atadas.

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