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La saga del mago llega a su final

Segunda parte de la séptima entrega, estas reliquias de la muerte suponen la muy esperada conclusión de la millonaria saga.

el 15 jul 2011 / 09:13 h.

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Corría el pasado mes de noviembre cuando, indignado tras ver cómo la primera entrega de esta última parte de Harry Potter se cargaba de un plumazo lo que hasta entonces habíamos vivido en los cines, escribía lo siguiente: "Para que no haya lugar a malos entendidos (y sobre todo a fin de que después no parezca que no tenía claro lo que decir y que termino perdiéndome en la urdimbre de mi propio discurrir) vaya por delante que, si no estuviéramos hablando de Harry Potter y no hubiera de por medio nueve años en los que, como cinéfilo y lector, he disfrutado cual enano de la saga del joven mago, pueden tener por seguro que la puntuación de esta primera entrega de Las reliquias de la muerte habría sido bastante menos benévola de la que finalmente he decidido asignarle" (que, por cierto, fueron dos míseras estrellas).

Plúmbeo, inane, carente de ritmo y orientación, el séptimo filme de las aventuras de Harry Potter era la clara confirmación de que, al menos a nivel artístico (y la crítica así lo confirmó de forma generalizada), la decisión de la Warner de dividir en dos el último libro de las aventuras del joven mago inventado por J. K. Rowlingg, había sido, cuanto menos, un error de bulto. Harina de otro costal eran los resultados de taquilla, unos 954 millones de recaudación a nivel mundial que la convertían en la segunda cinta más rentable de la franquicia. Y aunque dicha cifra sea la mar de engañosa, no sólo por el hecho de que la primera cinta sea de 2001 y las entradas de cine se hayan encarecido, sino porque una buena parte de ellos vinieron derivados de las funciones en 3D, cuyo precio es mucho más alto, falseando así unos resultados que, de otra manera, quizás habrían sido bastante menos positivos. Sea como fuere, el final del filme, que coincidía aproximadamente con el punto medio del libro, dejaba a los espectadores en el punto central de un camino que ahora, nueve meses después, se cierra (quién sabe si para siempre, que con ciertas cosas es mejor no pillarse del todo los dedos) con esta segunda entrega de Las reliquias de la muerte.

Se pone fin así a once años en los que hemos acompañado a Daniel Radcliffe, Rupert Grint y Emma Watson de su más tierna infancia (quién no recuerda con cariño esa ingenua sonrisa que el protagonista tenía en la primera parte) a la actual adolescencia en la que se sitúan los oscuros y tenebrosos hechos que aquellos que hemos leído los libros sabemos que tendrán lugar en las más de dos horas que servirán de despedida a Harry y sus amigos (y enemigos).

Atrás quedan siete filmes que comenzaban bajo la tutela de Chris Columbus allá por 2001, el mismo año en el que Peter Jackson estrenaba su Señor de los Anillos y en el que se derrumbaban las dos Torres Gemelas en Nueva York. Mucho ha llovido desde entonces, y varios son los directores que han dejado su impronta sobre el tejido de unas adaptaciones que no han sido todo lo regulares que uno podría haber deseado. Tras la más que simpática (y exhaustiva) La piedra filosofal, Columbus repetía labor con La cámara de los secretos, la peor entrega de la serie con permiso, por supuesto, de la primera parte de estas Reliquias. Quemado tras la intensidad de los dos rodajes, Columbus daba paso a un Alfonso Cuarón que firmaba la mejor entrega de la franquicia, un Prisionero de Azkaban marcado a fuego por la singular personalidad del realizador mejicano, que daba paso al británico Mike Newell y su Caliz de fuego, no tan brillante como su antecesora, pero una digna adaptación de un libro muy largo y complejo.

Y tras Newell, un solo nombre, el de David Yates, realizador británico procedente del mundo de la televisión al que, no se sabe muy bien por qué (aunque puestos a especular es muy probable que tenga que ver con el hecho de que su sueldo será ostensiblemente menor que el de un director con más reconocimiento), se le concede la venia de ser el responsable de llevar la saga hasta su actual conclusión.

Centrándonos en lo que nos queda por ver, pero sin desvelar ninguno de los muchos secretos que aguardan a los seguidores de la saga en el cine, sólo queda comentar el que, por fin, podremos asistir al enfrentamiento definitivo entre Harry, que ya cumple los 16 años (y pierde así la protección que le ofrecía el conjuro de su madre) y el malvado Voldemort, cuyo poder ha crecido hasta tal límite que, controlando ya el Ministerio de Magia, se ha propuesto acabar de una vez por todas no sólo con la vida de su antagonista, sino con la de todos aquellos que le ayudan y con lo que ellos más aman, la escuela de Hogwarts.

 

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