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La salvación, en Santa Marina

La única hermandad que anuncia la vuelta a la vida del Señor tras 58 cofradías de pasión y muerte cerró ayer la Semana Santa a las tres de la tarde, bajo un sol intenso. Su barrio la recibió con muchedumbre a las puertas del templo de la calle San Luis, con saetas y con una lluvia de pétalos de colores para la Virgen de la Aurora.

el 16 sep 2009 / 01:14 h.

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I. Comesaña

Calle San Luis, cuatro y media de la madrugada, 58 cofradías de pasión y muerte a las espaldas y las puertas de la iglesia de Santa Marina repletas de gente que sabe que con el Resucitado acaba la Semana Santa, pero se resiste.

Antes de ver ese punto y final del palio encerrándose en el templo a pleno sol, a los sones de Amarguras como cada año, muchos se han acercado a ver salir a una hermandad que los quiere compensar. Por haberse levantado temprano -o no haberse acostado-, por haber ignorado el cansancio y las punzadas en los pies y en los riñones, por haber vencido el prejuicio propio o ajeno -"¿También la última la vas a ir a ver, tú no te cansas nunca?"-, el Señor de la Resurrección les regala una primera revirá sosegada, lentísima, mecida por el sonido atronador de Y al tercer día, en la que se dejan los pulmones y los brazos los músicos de la agrupación Nuestra Señora de los Reyes.

Los nazarenos blancos de capirote corto salen en fila de a muchos y no hacen esperar casi nada hasta que asoma al dintel la Virgen de la Aurora, una de las dos únicas dolorosas de la Semana Santa que no tienen lágrimas, es obligado decirlo. El palio ha encontrado este año unas flores inmejorables: ni rosas, ni azucenas, porque en tiempos de crisis la hermandad ha decidido reducir el gasto en flores a la mitad, para donar la otra mitad a Caritas. Así que los simples claveles rosas que lleva la Virgen lucen con un orgullo que para sí quisieran otras corporaciones, mientras enfila calle abajo para procesionar hasta que se haga de día, arropados los pasos aún por una muchedumbre que los persigue y los acompaña hasta la calle Feria.

Y allí sigue cuando vuelven, de día y bien de día, porque la única cofradía que anuncia la salvación, la buena noticia de la resurrección del Señor, regresa a su templo pasada la una de la tarde, luciendo a pleno sol el brillo del paso de Cristo y del palio dorado de la Virgen de la Aurora. A pleno sol, y a pleno calor. Es cuando se aprecia mejor la combinación del manto y el cielo granates y sin bordar y el palio de oro de la dolorosa, triste aunque no tenga lágrimas, y adornada este año con un rostrillo de aspecto antiguo, oscuro y jalonado también de dorado, que destaca en la composición.

El Señor se reencuentra con esa otra bulla de todos los años, plagada de niños como Julio, que a sus tres años es capaz, él solo, de incordiar a patadas a todos los adultos de alrededor. Es un gentío feliz, de dos de la tarde, que recibe a sus pasos abanicándose con el programa de mano, yendo a por cervecitas entre paso y paso y bajando la voz a duras penas cuando suena una saeta, junto antes de la entrada.

A la Virgen de la Aurora la reciben una considerable petalada y otra saeta, hasta que, dándose la vuelta, enfila la puerta. Suena Amarguras y el público sabe que es la última marcha. Con la misma calma con la que salió, se encaja en la ojiva de la puerta, casi rozando con los varales, y va entrando muy poco a poco. Ya no se la ve, pero la gente no se mueve porque la música no ha parado. Son las tres de la tarde y hace un sol veraniego cuando todo acaba y la muchedumbre empieza a diluirse, San Luis arriba o San Luis abajo, dejando tirados en el suelo los programas de Semana Santa.

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