Cultura

"La sorpresa al escribir es un reto para el escritor"

Jordi Sevilla fue ministro del gobierno, es político, es economista y, sobre todo, es escritor. A él le sucede lo que a otras muchas personas en España, que no pueden dedicar todo su tiempo a la escritura creativa.

el 13 dic 2014 / 09:36 h.

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A la izquierda, una Imagen del escritor, economista y político Jordi Sevilla. A la izquierda, una Imagen del escritor, economista y político Jordi Sevilla. Gabriel Ramírez Lozano {Muchas veces se confunde a los escritores con las personas que escriben y son famosas por ello. Sin embargo, un escritor no es el que escribe y solo eso. Algo así lo puede hacer cualquiera. Un escritor es otra cosa. Alguien que ejerce una mirada única sobre el mundo, alguien que entiende la literatura como una forma de vida, alguien capaz de renunciar a buena parte de la realidad a cambio de poder crear un universo de ficción que le permite vivir. Jordi Sevilla, además de otras cosas por las que es conocido, es escritor. Charlamos mientras tomamos un café. Con tranquilidad, sabiendo que, como bien dice Jordi Sevilla, estas conversaciones nos permiten escapar de la «cotidianidad que atrapa y permiten entrar en los sueños de la literatura que mueven el mundo. Porque sólo lo que es narrado se puede transmitir». Hablamos del presente, del pasado y del futuro. De ambos y de lo que ha representado la literatura en nuestras vidas. «En mi casa se leía mucho. Teníamos una vecina que era viuda y fue ella la que me prestó las primeras novelas de detectives y las primeras novelas del género negro. Hammett, Chandler. Me metí dentro de esa literatura y no he sido capaz de salir de allí. Con los años he descubierto que después de Raymond Chandler todo ha ido a menos. Fíjate si ha sido importante para mí que tengo en proyecto escribir un ensayo sobre la evolución de la novela negra: el detective desplazó a la policía, en un momento de gran desprestigio de esta, por problemas de corrupción; ahora vuelve a ser más la policía la que investiga y resuelve los casos, el perfil del asesino ha ido evolucionando poco a poco… En fin, me parece muy interesante, porque analizando esto estamos estudiando una evolución social y cultural clara que tiene su correspondencia en la literatura. Pero te haré una confesión: es una excusa para leer y releer todo lo que creo que merece la pena». ¿Has pensado que la pedagogía de la novela negra es extraordinaria? «Claro. El punto pedagógico de la novela negra es grande. Los jóvenes demandan una orientación y les llega de este tipo de obras que les parecen accesibles y que, si no pasan al terreno de la moralina, pueden ser una referencia tan válida como otra cualquiera. Hoy más que nunca, este tipo de literatura tiene un hueco entre los jóvenes lectores». Jordi Sevilla tiene entre manos, además, un proyecto de novela que él cree que es mucho más ambicioso que lo que ha escrito hasta ahora. «Está sin rematar. Mezcla una trama policiaca actual con una historia que tiene a don Carlos (el hijo de Felipe II) como protagonista. Terrorismo internacional, poderes clandestinos, información falsa para distorsionar la realidad y la historia de don Carlos enfrentado a Felipe II». Le pregunto si abandona a su personaje, Ricki Trullos o se trata de dar unas vacaciones al investigador. «No me parece que el perfil de Trullos sea el más adecuado. Este asunto lo tiene que resolver la policía y no un detective privado». –Te preguntaba esto pensando que, tal vez, los que necesitamos unas vacaciones para poder escribir con calma somos nosotros ¿no? –Compaginar con las otras actividades es difícil aunque no me recuerdo sin escribir a la vez que he ido haciendo otras cosas. Acabas acostumbrado. Cualquiera que se sienta escritor quisiera dedicarse a la literatura en cuerpo y alma. Pero, claro, eso lo pueden hacer muy pocas personas en el mundo. –Siempre nos quedará el consuelo de la lectura en los aeropuertos, en las estaciones de tren o viajando en metro… –La lectura, para mí, ha sido importantísima. Creo que es la actividad a la que más tiempo he dedicado en toda mi vida. Y es curioso porque, después de tantas páginas leídas, me voy cansando. Debe ser que las novelas actuales son excesivas por su número de páginas y eliminando la paja serían mucho mejores. No entiendo ese afán por escribir páginas que sobran. Por estos excesos, he vuelto a los clásicos aunque he encontrado de todo. Muchos envejecen mal. Otros resisten el paso del tiempo como si nada. Faulkner, por ejemplo, es de los autores que han escrito obras inmutables. Aunque tengo que leer una y parar. [Ambos reímos sabiendo que eso le pasa a cualquiera; le digo que leer al bueno de Faulkner es poner la cabeza en modo centrifugadora y es cansado. Una frase tiene más literatura que novelas enteras que se venden como churros en las librerías actualmente]. En cualquier caso, ya sabes que el mundo se divide entre los que pueden dejar una novela a medias y los que no. Yo puedo dejar a medias cualquier libro sin ningún reparo. No me genera el más mínimo problema. Me genera más problemas perder el tiempo. Por eso selecciono mucho e intento no fatigarme más de la cuenta. –Y escribir ¿fatiga también? –Escribo porque no lo puedo evitar aunque requiere gran esfuerzo. Tengo, además, varias ventajas. Soy muy disciplinado. Por otra parte, mi familia me lo permite. Ten en cuenta que yo trabajo en otras cosas y dedico a la escritura mis vacaciones de verano, las de Semana Santa y los sábados, domingos y festivos. Si no fuera porque mi familia me los deja para poder encerrarme no podría escribir ni una página. [Me es familiar, le digo]. Por otra parte, me lo paso muy bien con Ricki Trullos. Me río mucho de las cosas que le pasan. Fíjate que es mi propio trabajo, pero no puedo evitar leer algunas partes de la trama y reír. Así que el esfuerzo es grande, pero llevadero. —¿Cómo comenzó la aventura de Jordi Sevilla en el mundo de la literatura? —Trullos, mi primer personaje, nació hace muchos años. Estando de vacaciones, gastando muchas horas en aburrirme, compré un bolígrafo y una libreta (ni había ordenadores, ni nada de nada) y escribí la primera novela. Que no es La joven de la foto. Ese primer relato está sin publicar. Y, desde entonces, no puedo evitar escribir. —Hablando de la profesión, del oficio, llegamos a la cocina de la escritura. A la de cada uno de nosotros. —Soy muy sistemático escribiendo. [Le confieso que soy más de impulsos, de escribir 30 ó 40 páginas seguidas y parar]. Me gusta tomar nota de esos impulsos y, más tarde, después de pensar sobre ello, lo incluyo en el trabajo sistemático. Pienso mucho. Pero, en cualquier caso, eso de reflexionar tanto tampoco sirve, porque la trama y los personajes te piden cosas que casi son ajenos a esa reflexión del escritor. La idea era una, pero el personaje te pide ir hacia un territorio que no estaba planteado. Ya sabes que la sorpresa en la escritura es un reto para el escritor. Para no perder la coherencia hay que dejarse llevar por la estructura que ya tienes entre manos. —¿Te dejas ver en tus novelas? —La carga ideológica aparece de forma inevitable en todas las novelas. Lo que sucede es que nunca he sido forofo de la mía propia. Las novelas son una expresión de la mirada al mundo y, por tanto, es seguro que el autor deja muestras de su forma de pensar y de interpretar lo que le presenta el entorno. —Se acaba el tiempo. Pero aprovechamos para analizar muy brevemente ese abaratamiento actual de todo lo que tiene que ver con las artes. —Mira, Gabriel, todos podemos publicar un mensaje en una red social, pero no todos valen lo mismo. Le guste o no le guste a la gente, eso es lo justo. Es lo mismo que pasa en democracia. Todos los votos valen igual. Esto es verdad y no debería ser de otra forma jamás. Pero eso no se puede convertir en que todo vale lo mismo. No todos los libros valen lo mismo, no todas las canciones valen lo mismo… Eso abarataría peligrosamente todo nuestro entorno. De la cultura hay que cuidar y no podemos convertirla en un mercadillo. Nos despedimos. Hablando de nuestros proyectos, intercambiando nuestras novelas publicadas y por publicar. Sabiendo que, la próxima vez, seguiremos hablando de una pasión y de un oficio único. De algo que convierte el mundo en un lugar exclusivo, extravagante y tan hostil como para que no dejemos de hablar de él.

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