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La teoría de la manzana

el 07 feb 2010 / 08:31 h.

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El ser humano siempre ha tenido una curiosa relación con las manzanas: primero estuvo la que Adán recibió de Eva. Luego, la que, de un mamporro, puso en bandeja a Newton la ley de la gravedad. Y después, la que inspiró lo que podría llamarse un ¿imperio? ¿una revolución? ¿un sueño? ¿una religión?

No es para tanto. Aunque es difícil negar que ese icono de la manzana mordida que identifica a Apple, y su creador, Steve Jobs, han cambiado el mundo, aunque sea un poquito.Gurú para unos, payaso para otros, Steve Jobs es algo más que el prototipo del sueño americano. Es el creador de un modo de ver la vida. Y no por el fanatismo que profesa todo usuario de sus productos tecnológicos. A saber: Iphone, IPod (y sus variantes), IMac, MacBook... y el recién estrenado IPad, que ya es visto por muchos como la evolución natural del pizarrín que nuestros abuelos llevaban a la escuela para apuntar los deberes del día siguiente.

Steve Jobs es la versión buenrrollera de Bill Gates. Ahí es nada.

Entre él y sus amigos Stephen Wozniak, alias El mago de Woz, y Ronald Wayne sacaron a Apple del garaje de sus padres para convertirlo, en pocos años, en una empresa de 4.000 trabajadores que, empieza la leyenda, acabó echándolo a la calle cuando empezó el éxito.

Este hecho es uno de los hitos que marca la personalidad de Jobs. Años más tarde, en una conferencia pronunciada en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford  diría que este despido "es lo mejor que me ha pasado".

Y ahí está su biografía para avalar tal afirmación: Creó otra empresa, Pixar, y se alió con Disney. Después de Toy Story el cine de animación no volvió a ser lo mismo.Acabó volviendo a Apple para reflotarla en unos momentos demasiado bajos.

Hoy, hace presentaciones en directo a medio mundo vestido con zapatillas, vaqueros y un inconfundible jersey negro de cuello vuelto. Las acciones de su compañía suben o bajan en la medida en que se le ve más delgado o más rellenito en sus apariciones públicas.

Precisamente, su estado de salud es otra de las cosas que mitifican de algún modo la figura de Steve Jobs: "Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que he encontrado", suele decir. "Cada vez que me miro en el espejo y sé que no me voy a comportar como si ese día fuera el último, sé que algo está fallando".

No habla por hablar. El peor día de su vida fue cuando los médicos le diagnosticaron un cáncer de páncreas a las 7.30 de la mañana. Le dieron seis meses de vida.

Una biopsia realizada doce horas después revelaba que lo que padecía era una modalidad operable de la terrible enfermedad. "El médico empezó a llorar cuando abrió el sobre con los resultados", ha comentado en alguna ocasión.

Quizá el constante resurgir de sus cenizas, ese jugueteo sin ambages con la muerte en su discurso, justifiquen el carácter casi mesiánico con que nos ha traído el IPad. Como si el futuro pasase por sus manos. Y con el mundo pendiente de él.Alguien muy inteligente lo ha descrito recientemente como "un icono de sí mismo". Y además lo sabe.

Una persona tan mesiánica como él no podía dejar de tener su templo. Y aquí, de nuevo, tenemos que volver a la teoría de las manzanas. La más importante del mundo, la Gran Manzana, le hizo un hueco en su Quinta Avenida, La Apple Store (en realidad hay tres allí): imponente, transparente, tecnológica, casi irreal... ¿como su dueño? ¿O no es para tanto?

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