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Veraneando

La torre que se convirtió en el tapón del mar

La Torre de la Higuera, símbolo del núcleo costero almonteño, cuenta con una historia muy particular que comenzó con el reinado de Felipe II en el siglo XVI.

el 19 ago 2014 / 09:30 h.

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Matalascañas - M. Bautista La torre es uno de los símbolos característicos de Matalascañas / Mónica Bautista Cuenta la leyenda que el tapón que emerge en la playa Torre de la Higuera de Matalascañas se encarga de que no se escape el agua del Atlántico y que si se quitara, se vaciaría. Una leyenda que se corresponde con los restos de lo que en su día fue torre vigía y que envuelve a uno de los símbolos más característicos de la costa onubense. Volcada y reducida a ruinas por el Terremoto de Lisboa de 1755 que afectó a toda la zona creando un tsunami, y por la acción de la erosión del mar, está considerada como parte del Patrimonio Histórico Español. La historia se remonta al siglo XVI, en el que el reinado de Felipe II se caracterizó por las dificultades para mantener sus posesiones territoriales. Entonces su trono se veía amenazado por las incursiones berberiscas y turcas en las costas mediterráneas, y por numerosos conflictos externos, como la lucha contra Francia y con Inglaterra por el dominio del mar. Un control de su vasto imperio que intentó reforzar desde el litoral de la Península Ibérica con un sistema de vigilancia continuada. Por ello se levantaron torres almenaras por toda la costa a lo largo del siglo, unas construcciones que permitían avisar rápidamente del ataque para que pudieran intervenir las gentes de armas de las fortalezas y las ciudades cercanas. Y utilizaron las torres o almenaras en las que se encendían hogueras por la noche y humaredas durante el día para avisar de la presencia enemiga. Los cristianos tomaron este sistema de los musulmanes, de ahí la denominación como almenara, que en árabe alude al fuego que se hacía en las atalayas o torres ópticas como señal de aviso. Pero estas edificaciones datan de tiempos más antiguos, como indica Alicia Cámara en su estudio sobre arquitectura defensiva y las torres del litoral durante el reinado de Felipe II. Retraso en las obras. Hacia 1586 se hizo evidente que la «mucha diligencia» solicitada al comienzo en el desarrollo de las obras no se daba en la proporción deseable, por lo que la Corona destinó a Gilberto de Bedoya. El licenciado inició su misión por el litoral de Cádiz, cuyas obras acabadas contrastaban con la realidad de la costa onubense. Absolutamente nada se había hecho en el tramo central de las Arenas Gordas, lugar que se describe en relaciones de sucesos de la época como «lo más peligroso de toda la costa». Pero aún estaban sin tocar siquiera los proyectos de las torres previstas en Carbonero, La Higuera (la torre de Matalascañas) y el Horado. Dos factores condujeron a esa situación: el temor de los constructores a trabajar en una zona tan expuesta al peligro corsario y las dificultades financieras derivadas de la pobreza de la zona. De hecho, la edificación de estas tres torres y la de Zalabar, ubicadas en término de Almonte, recaía principalmente sobre los vecinos de la villa y los pescadores de su costa, lo que suponía una pesada carga económica. Tanto la del Asperillo como la Torre de la Higuera fueron concebidas como simples atalayas de vigilancia, sin dotación de artillería. Tanto es así que la Torre de la Higuera se consideraba en los escritos de la época como «una de las buenas» y debía ser socorrida desde la villa de Almonte. Lo mismo ocurría con todas las construcciones almenaras de la zona, a pesar de la lejanía respecto a la localidad. Tan pacíficas eran que el supervisor la despachaba siempre que acudía a ellas con la misma dotación: ninguna artillería de peso y tres soldados para la guardia con sus armas. Parece que la eficacia global del sistema defensivo fue siempre muy limitada. Sin embargo, la línea de torres de almenara, a pesar de que el proyecto sufrió diversos cambios y adaptaciones, no fue tan deficiente como se piensa. Sobre todo si se juzga por los restos y escritos conservados en la actualidad. Sí es cierto que algunos elementos importantes desaparecieron sin dejarnos más huellas que las documentales. Y son precisamente estas huellas las que habrá que seguir explorando para resolver las incógnitas que aún oculta la historia de las torres de almenara. Matalascañas3 - M. Bautista Los restos de la torre almenara destacan en la costa onubense. / M. Bautista Terremoto de Lisboa. En 1755, debido a los efectos del terremoto de Lisboa, la torre volcó. Un seísmo que tuvo en Huelva un testigo privilegiado, Antonio Jacobo del Barco. El sacerdote y científico redactó una relación se sucesos al respecto en la que indicaba «Esto temo esté sucediendo en la explicación del fluxo y refluxo del mar. Nos cansamos de buscar su causa en el Cielo, y quizás estará escondida en los senos de la Tierra». Desde entonces la Torre de la Higuera, o Torre de Matalascañas, cuenta con la apariencia que presenta en la actualidad. De ella solo se conservan los cimientos de forma invertida, construidos con una fuerte argamasa que además se ha ido deteriorando poco a poco por las olas del mar. Un vaivén que no cesa y que ha moldeado la base de lo que en su día fue la torre de vigilancia hasta que ha quedado tal como hoy puede apreciarse. De ahí la leyenda que lo presenta como el tapón que guarda el agua que baña la costa. Multas por mal uso. Cinco veranos, contando éste, lleva en vigor la nueva Ordenanza Reguladora del Uso y Aprovechamiento de Playa de Matalascañas que aprobó el Ayuntamiento de Almonte cuando aún gobernaba el PSOE. Una ordenanza que, entre sus sanciones, figuraban multas de entre 3.000 y 6.000 euros para aquellas personas que utilizaran la conocida peña de la playa almonteña para escalarla o lanzarse al agua desde ella. El Consistorio almonteño, hoy gobernado por el popular José Antonio Domínguez, ha valorado esta norma. Y, por lo visto, parece que ha funcionado: sólo ha interpuesto tres sanciones de 3.000 euros en estos años. En concreto dos en 2011, y una la pasada temporada, lo que significa que los bañistas «se han concienciado del riesgo que entraña saltar desde ella». Pero no es la única multa que deben tener en mente los usuarios de la playa de Matalascañas. También deberán pagar entre 50 y 500 euros los que se olviden de usar los contenedores y quienes perjudiquen el entorno. El dispositivo de vigilancia, coordinado por la Guardia Civil, Salvamento Marítimo y Policía Local, ha realizado su labor durante estos veranos con el fin de evitar posibles accidentes que otros años sí han ocurrido. Al respecto, el concejal José Carlos Curto, ha destacado que este año el número de multas se ha reducido a cero por el balizamiento de boyas colocado alrededor de la piedra para dificultar el acceso a la misma, una baliza que se colocó en el verano de 2011, así como por el cartel que explica la prohibición de tirarse y la interposición de posibles sanciones. Curto ha matizado que parece que los bañistas «ya tienen conciencia del peligro que supone tirarse de la piedra». No obstante, ha asegurado que desde los últimos veranos los socorristas están más pendientes para evitar que los bañistas, sobre todos los jóvenes, se despeñen por la misma. Por ello ha destacado el esfuerzo del Consistorio para evitarlo con paneles informativos, vigilantes y la baliza de boyas. Se trata de una acción peligrosa, como lo demuestra el que algún joven haya quedado tetrapléjico tras lanzarse desde la parte más alta de la peña, colisionando de cabeza con el fondo del mar. Así y para concienciar del alto riesgo que entraña ese uso para la integridad física, y disuadir de darle ese uso a la torre, el Ayuntamiento de Almonte mantiene vigente la ordenanza esta temporada. De este modo protegen la seguridad de los usuarios del núcleo costero. Un trabajo de concienciación fundamental que continúa cada verano con una amenaza de multa que evita que se pague un precio mucho más caro.

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