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La trampa de las palabras

Cesde hace ya algún tiempo las palabras se han convertido en protagonistas de la confrontación política. La crisis económica, por ejemplo, no es tal crisis, es una desaceleración. Se hace un largo circunloquio para evitar pronunciarla, lo mismo que ha ocurrido con la crisis del PP, que al parecer tampoco es tal.

el 15 sep 2009 / 06:21 h.

Cesde hace ya algún tiempo las palabras se han convertido en protagonistas de la confrontación política. La crisis económica, por ejemplo, no es tal crisis, es una desaceleración. Se hace un largo circunloquio para evitar pronunciarla, lo mismo que ha ocurrido con la crisis del PP, que al parecer tampoco es tal.

Recurso que ha sido más evidente cuando no se ha querido mencionar la palabra trasvase, forzando la imaginación para buscar una expresión lingüística con la que evitar nombrar lo innombrable. Y en este contexto aparece la ministra Aido y habla de miembros y de miembras.

Si hasta ahora el debate sobre las palabras había provocado respuestas en un tono irónico, la intervención de la ministra ha desatado todas los demonios en artículos de opinión y en manifestaciones que hacen pensar que aún nos encontramos en la antípoda de la igualdad. El león dormido del machismo, latente en una sociedad que aún no ha conseguido desembarazarse del modelo patriarcal, ha despertado otra vez para provocar con sus rugidos el miedo de los demócratas.

Pues eso es lo que ha pasado. Es cierto que el término de miembra no está reconocido por la Real Academia de la Lengua, pero su utilización ha puesto sobre el tapete una cuestión que aún no está resuelta en la sociedad española, a pesar de los avances que se han producido y del indudable valor que tiene la Ley de Igualdad. El problema no es otro que la invisibilidad de las mujeres, como se ha dicho reiteradamente.

Por esto el debate debe trascender la idoneidad del término, incluso la conveniencia de su planteamiento tal y como se ha hecho, pero no se puede negar que el recurso lingüístico ha servido para provocar la reflexión acerca de lo que está pasando con las mujeres, y para comprobar que ésta cuestión aún levanta ronchas en una sociedad machista y masculinizada que se niega a que el hombre deje de ser el patrón en torno al cual se organiza.

Se puede afirmar, como se ha hecho, que la lengua no es emanación espontánea de una sociedad igualitaria en la que todos sus integrantes participan en la creación de las palabras que identifican a las cosas y a las personas, y sirven para trasmitir ideas y pensamientos asépticos y neutrales.

La lengua la crea y la impone el que domina, que es el que está en situación de poder para hacerlo, y no cabe duda que han sido los hombres los que desde su posición dominante han creado el idioma con el que nombrar a las cosas y a las personas, y divulgarlo, pero esta explicación adolece de un cierto simplismo pues atiende exclusivamente a un aspecto de las relaciones sociales, y no tiene en cuenta a las dominadas y dependientes, es decir, a las mujeres excluidas del ámbito público en el que se forja la lengua.

Además, se olvida que ésta tiene una clara dimensión política, pues a través de sus términos y significados se refleja o consolida un determinado modelo de convivencia; y desde este punto de vista no es lo mismo el lenguaje de un Estado autoritario que el que corresponde a un Estado democrático. Y en este último, el compromiso con los valores que lo identifican concierne a los poderes públicos, pero también a la sociedad en su conjunto y a las instituciones que la articulan.

De ello se colige que todas y todos, incluida la RAE, tenemos la obligación de elaborar una lengua que sirva para la extensión de la democracia.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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