La Vera-Cruz empapa de Pasión al pueblo de Los Palacios y Villafranca

Cuando el Cristo de La Curá asomó ayer su cara morena y ultrajada a la luz límpida de su barrio, a las seis y pico de la tarde, el pueblo traspasaba el ecuador de esta Semana Santa con ganas de calle. La Virgen de los Remedios lo siguió luego, salerosa, bien mecida por una cuadrilla de expertos en la trabajadera. Ya el incienso no da tregua hasta la Resurrección.

el 01 abr 2010 / 17:40 h.

El gentío fervoroso, silente cuando hay que serlo, entusiasta cuando toca, va creciendo en Los Palacios y Villafranca al compás de la Pasión. Si el pasado Martes llenaba el Furraque para acompañar a un Cautivo que salía de estas mismas puertas señalado por el poder romano y la inquina judía, ayer contemplaba a un Crucificado que encomendaba al Altísimo su Espíritu, con su melena inclinada sobre un pecho ensangrentado en el que cabía la multitud y mucho más: las íntimas plegarias de cada cual, la unánime súplica por salir de la crisis, del paro, del largo etcétera de los males de este mundo... para los que traía sus Remedios esta Virgen gloriosa, de mirada encandilante desde la lejanía barroca de su escultor anónimo. Esta Virgen remediadora sienta cátedra en cada chicotá; mira y dice, consuela, alegra, reconforta en cada mecida de sus costaleros, alquimistas de ese extraño arte de hacer navegar el paso por la marea callejera.


El Cristo de la Vera-Cruz se volvía a clavar en los tamizados relumbrones de la calle Larra, repleta de gente que lo conoce desde siempre, desde que esta gente es chiquita y es llevada en brazos a Los Remedios, esa capilla marismeña que asume gustosa el nombre de su Virgen antes que el del oficial San Sebastián. Esta gente de Los Remedios no sabe la exactitud de esta inexacta Virgen de gloria que no llora tras la Cruz Verdadera, tal vez por eso mismo, tal vez porque se inclina más a las penitas del pueblo que le canta, por lo bajito, por saetas, cualquier día del año...

Esta gente de Los Remedios catapulta a sus Santos -al Cristo que les regaló Manuela González La Curá después de la guerra tras pagarle 6.000 pesetas a Castillo Lastrucci y a la Virgen que siempre tuvieron en su altar- a los confines del pueblo, para que luzcan y amparen por todos los rincones más allá de la N-IV y más allá de la medianoche, entre la muchedumbre que se revuelve de una esquina a otra, desde la parroquia del Sagrado Corazón a la Carrera Oficial por Plaza de España, desde la calle Sacristanes hasta la presentación en la Aurora para oír las voces de ángulo recto de José Joaquín con sus hombres bajo el Cristo, de Franciscano con los suyos bajo María Santísima.

La negritud de la madrugada palaciega se encendía ayer bajo los hachones del Crucificado, adelantando penumbra esperanzada a la candelería de la Virgen, por la recta ya sin tiempo de la calle Real y el seno alborotado de un Furraque que, a las dos en punto, espera a sus titulares hasta el último ay que abre cada año el azogue de los espejos que reflejan la Pasión para devolverla a un amanecer que es ya hoy del Gran Poder, de la Soledad... en este Viernes Santo en el que el pueblo entero se deja atrapar por el incienso.

Esta tarde, la Virgen de los Dolores y el Santísimo Cristo de la Misericordia en su Santo Sepulcro no permitirán a nadie recogerse todavía.

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