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La verdad de la cocina

Bar Tío Curro (El Cerro). Uno de vez en cuando se quiere aliviar de tanta tontería, de tanto cucurucho de langostino y de tanta espuma, y se va a un barrio auténtico y a un bar de cocina sin trampa ni cartón, ni espesantes, ni gelificantes.

el 23 oct 2011 / 07:59 h.

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A veces da pena andar por Triana, por la Macarena y no digamos por San Bernardo, arrabales históricos víctimas de la piqueta, la especulación, los alcaldes mantas y los arquitectos de máster en Berlín, y quiere uno Sevilla de barrio auténtico, de marías volviendo de la plaza con la compra, de comercios donde conocen tu nombre y la cuenta de la libreta: “Apúntamelo Paco”, barrios con vida, y se va uno al Cerro y parece que se vuelve a la infancia de la calle Castilla. Precisamente de San Bernardo se independizó El Cerro en 1943, cuando, en torno al culto de la Virgen de los Dolores, se erige la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.

Allí, en las casas bajas de la calle Tarragona, está el bar de Margarita y Curro que, nacidos y criados en El Cerro, abrieron en 1994 y, desde entonces, reparten gloria bendita al que recala en su barra o en las mesas del salón y la terraza. El bar respira barrio, con esa barra de acero inoxidable y los azulejos de baño buenecito, pero nada más entrar gusta la limpieza y el orden, todo está inmaculado. Por las paredes, vírgenes y cristos, con especial atención a la cofradía del barrio, al Rocío y a una pluma embajadora de la centuria del Pilatos.

Margarita lleva la cocina y Curro atiende al público. Dentro de la modestia se aprecian detalles que respiran amor al negocio, su buen tirador de Cruzcampo bien fría, cava de vinos y enfriador de botellas, expositor refrigerado para tapas y carnes. Se ve buen movimiento de público, gente trabajadora, del barrio, de los negocios cercanos, y los fines de semana a ver quién es el guapo que coge una mesa. Esto es como un gastrobar a lo castizo, buen servicio, buena materia prima, cuidada elaboración, pero en vez de una piruleta de chorizo te ponen un chorizo criollo (2,50 euros) que no se lo salta un galgo, con patatas cortadas en la cocina y, si uno quiere salsita para aliñar, hay una muy buena de piña, suave y sabrosa, los más lanzados tienen una picante que merece la pena, acompaña perfectamente al criollo tan bien condimentado.

En la carta, comparte la recomendación de especialidad, además del citado criollo, el queso a la parrilla (4 euros), un buen trozo de queso manchego braseado con aceite de oliva y un pellizco de orégano, créanme, mejor que los provolones y los rulos de cabra que tanto se ven ahora. En Tío Curro tienen una parrilla de carbón de encina, cosa no tan fácil de encontrar sin coger el coche y meterte en carretera, en ella trabajan desde ternera argentina a diversos cortes de cerdo ibérico, precisamente probamos una tiernísima pluma ibérica (10 euros), donde el cuchillo entraba como en mantequilla, la guarnición sin complicaciones, papas fritas caseras y ensalada fresca y la salsa si la pides.

Para acompañar quisimos probar un Fundus Tempranillo 2009 (1,30 euros/copa), tinto de Constantina, flojito. No tiene mala bodega Curro, pero la oferta por copas es flojita, se limita al citado y a un rioja medio bajo, Faustino Rivero (1,50 euros/copa), ya por botellas la cosa cambia: Lan (12 euros), Viña Monty (11 euros), Cepa Gavilán (12 euros) y Protos (14 euros), con precios muy aceptables.

El resto de la carta nos ofrece un buen muestrario de tapas de pescado, aliños, el guiso de la casa (2,10 euros) que cambia a diario y, por supuesto, los quesos y carnes a la parrilla. Los postres son todos caseros, prueben a rematar la faena con las tartas de galletas (2,30 euros), no se arrepentirán.

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