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La verdad sobre Sevilla

Una curiosa inscripción en la calle Argote de Molina lleva hasta las claves más íntimas del espíritu de esta ciudad

el 17 oct 2012 / 08:35 h.

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Esta vez es distinto. Una especie de intriga callejera. El mural cerámico esconde un reto. No es uno de esos retablos altaneros que contemplan al paseante por encima del hombro, ebrios de vanagloria por haber vivido allí el Fénix de los Ingenios, el Somormujo de las Ocurrencias o el Guacamayo de los Ripios. No presume de que tras ese muro que decora nació tal o cual eminencia reverendísima, que su patio sirvió de inspiración para dos cuadros de El Bosco o que tres puertas más allá la diñó a tiros limpios cierto prócer de la patria de esos cuya indumentaria lleva mil duros nada más que en cordonería. No, señor. En el número 13 de Argote de Molina, el retablo de azulejos recuerda que en esa calle (más acá, más allá, quién sabe) situó Armando Palacio Valdés la casa de la protagonista de su novela La hermana San Sulpicio; y sobre todo, lanza al paseante un desafío: averiguar si es ironía, lamento o jactancia la frase que asegura que se trata de un "libro cuyas páginas reflejan como el espejo de la verdad el espíritu de Sevilla". Lo cual parecerá una tontería... hasta que uno se lee la obra.

De la casa en sí poco cabe decir más allá de que se encuentra en lamentable estado, como era de esperar tratándose de un lugar memorable de Sevilla. No es la vivienda del libro, ni tiene esos ventanales enrejados hasta el suelo donde la preciosa monjita arrepentida, desesperada de oír tantas dulzuras, exprimía el corazón del gallego Ceferino hasta hacerlo despotricar de enfado, "porque a ningún hombre le sienta mal una mijita de genio". Aquella era una mansión alegre y florida; esta, la de ahora, es un abandono de cristaleras melladas, manchurrones de pintura blanca salpicando con inmoral descuido el medallón que recuerda al novelista, un escalón de mármol que no se sabe si es para entrar en la casa o para ponerle flores a un muerto, persianas descolgadas, unos portones zarrapastrosos y unos balcones de un blanco tan de preventorio que parecen oírse toses detrás.

Pero del juego que propone ese retablo de azulejos sí habría mucho que contar. ¿Es este libro el espejo de la verdad de Sevilla? Su protagonista varón, Ceferino Sanjurjo, encandilado con la muchacha, sueña con raptarla con hábito y todo, como un Don Juan moderno, pero refrena su fantasía porque "en estos tiempos hay que contar con la influencia funesta que sobre la poesía ejerce la Guardia Civil". Tras los pasos de la jovenzuela, el gallego toma un tren a Sevilla, donde "todo parecía reír", con hombres fatuos e irresolutos y mujeres repletas de inteligencia que lo hacen todo, que lo son todo. Unos y otras tienen la costumbre extrañísima de llamar a las personas dos veces seguidas, sin mediar espera entre ellas: "¡Matilde, Matilde!", "¡Felicia, Felicia!", y así siempre. Por no hablar de los diminutivos, aplicados generalmente a cosas grandes, como comprobó al llegar a la casa de huéspedes de la calle Águilas, cuando la menudita de su casera se refirió de ese modo al gigantón de su hermano: "Raro me pareció que llamase Eduardito a aquel mastuerzo, y más ella, que podría pasar sin inclinarse por debajo de sus piernas.

"Sevilla es una ciudad incómoda ("había que meterse en los portales para no ser atropellado" por un carruaje, advierte el forastero). Y puerca: "El piso no era terso ni cómodo: los pies bañaban sobre los guijarros y pseudoadoquines, con gran detrimento de los callos: además, se corría peligro inminente de resbalar en alguna corteza de naranja o de sandía o de tomate, de que había buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensión ninguna sobre los que pasábamos.

"De Argote de Molina decía que tenía "recodos bruscos que le prestan carácter misterioso y poético", y de las calles, que son "estrechísimas, tortuosas, desiguales", pero de efectos mágicos gracias a sus patios floridos, a sus voces, a su luz. "La animación y el ruido que por todas partes reinaban despertaron en mi alma una alegría que jamás hasta entonces había sentido: la alegría del sitio." Asiste con ternura a un piropo único, y muere con la forma en que los sevillanos indican direcciones. Habla del catalán Llagostera que, al grito de ¡Aquí no hay formalitat!, se mete con Sevilla: "¡Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a mí). No hay una mala fábrica. A las cuatro de la tarde, ¿sabe?, los hombres están sentados a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una peseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina. An Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real? Pues sa deja el real sobre el platilo y sa va." Y dice de este catalán: "Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era, en su concepto, uno de los vicios que roen el corazón de la sociedad contemporánea.

"Habla del calor, de los paseos, de los tipos, de las modas, de sus paseos con el amigo Villa a lo largo de esa orilla del río "donde las noches de luna no encienden los faroles" y solo se perciben, de espaldas, las siluetas de las muchachas, de "sus hermosas cabezas desnudas", sus ojos y sus risas blancas. "Y aquella fugaz visión producía en el alma un dulce desasosiego", al cual ninguno de ellos lograba sustraerse. "Compadre -decía en voz alta para que lo oyesen las interesadas-, no se puede pasar por aquí sin coraza". Y esto es solo una esquinita del espejo. Lo que se refleja, ¿es Sevilla?

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