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Cultura

La vida en seis miradas

La pintora sevillana Rincón lleva a la Casa de los Pinelo la exposición ‘Tras las manos’, media docena de cuadros de gran tamaño en los que resume las claves de la existencia humana a través de la expresión y los gestos de las distintas edades

el 31 may 2014 / 23:30 h.

Imagen Sala exposición 1a Si el ser humano supiera lo fácil de resumir que es su existencia entera, ¿se tomaría a sí mismo tan en serio como lo hace o se dejaría de complejos y saldría zumbando a la primera de cambio en busca de la felicidad? Sería una interesante pregunta para un filósofo si no hubiese aparecido antes por la Casa de los Pinelo una interesante pintora con una respuesta contundente en forma de seis grandes retratos. Seis cuadros «como seis mundos», dice ella. La exposición se titula Tras las manos y estaba previsto que acabase este viernes, pero la han prorrogado una semana más. La autora, sevillana, es Yolanda Delgado Rincón, firma con su segundo apellido y trae a este palacete de la judería precisamente eso, manos. Manos y miradas. Que es, según su opinión, «donde se refleja todo». «Se refleja la edad, cómo hemos vivido, la circunstancia de cada cual...». Las manos muestran, tapan, esconden, disimulan, invitan, advierten, señalan, comparten y son, ellas mismas, un mapa de lo que ha sido la vida hasta entonces. En cada uno de esos seis cuadros, dedicados a las distintas edades del ser humano, manos y miradas lo condensan todo, desde el bebé hasta el anciano. «En los ojos me baso para sacar el interior de cada persona». El niño chico, por ejemplo, «con esa mirada de querer beberse la vida, impresionado, envuelto por la mano del adulto y con su piel nueva, llena de vida». Rincón pinta ahí una promesa, la posibilidad infinita del ser humano, el reto y la maldición –a la vez– de que uno, a esa edad, podría acabar siendo lo que quisiera en esta vida, llevar sus sueños hasta la mismísima utopía, romper las reglas, cambiar el mundo, subir a la Luna o componer las más bellas sinfonías. Y así se cuenta en los colores, en la sonrisa, en esos ojos admirados que todo lo van estrenando, en la piel. Un abismo de extrema dureza se abre entre esa edad y la adolescencia. Ahora, la mirada es esquiva. Las manos ya no buscan ni descubren, sino que se cierran y cubren el rostro. Hay miedo, soledad, complejos, enfado, rebeldía indigesta... «El adolescente es muy hermético. Las manos le tapan. Está como diciendo dejadme en paz, no quiero que se me vea. Una criatura con muchas incógnitas». Nunca antes se había contado algo así en Sevilla, con ese tamaño enorme de lienzo y con ese colorido. Profesores y académicos que han pasado ya por la Casa de los Pinelo para ver la exposición, comenta la artista, han felicitado a Rincón por su paleta, su técnica y su talento para expresar mediante esta sencilla y rotunda simbología las vicisitudes de la vida entera. «Me parece que es un guion muy bonito, el de representar las fases de la vida». Desnudez. Tras la infancia y la adolescencia, la juventud. «La juventud sensual, la desnudez... pero no se trataba de reflejar la desnudez sino la sensualidad, representada sobre todo por la mirada, una mirada que hipnotiza. Si te fijas, cuando miras el cuadro los ojos se te van para su mirada en primera instancia, y es luego cuando reparas en los senos desnudos». La exposición Tras las manos de la pintora sevillana Rincón se puede contemplar, como se ha indicado, en la Casa de los Pinelo, sede de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, en horario de lunes a viernes de once de la mañana a una y media de la tarde y de cinco a siete y media de la tarde. En este precioso edificio de la calle Abades podrá hacer el recorrido entero por ese itinerario vital de la persona, que prosigue con la edad adulta –suponiendo que los cuarenta años la representen–. Esta edad la narra la pintora como una encrucijada. «Se plantea uno muchas cosas: que si la familia, los hijos, el trabajo, el tiempo, qué hago yo aquí, si estoy conforme con lo que tengo...». Tras cumplir los cuarenta, mujeres y hombres ya han completado todas las renuncias de su vida y alcanzado todas sus cimas disponibles, y las preguntas no paran de clavarse en el pensamiento. «El cuadro de la mujer a los cincuenta años se titula Tras la experiencia, aunque pensé llamarlo Sabiduría», cuenta Rincón. Tiene mucho colorido». Llegados a esa cantidad de velitas sobre la tarta del cumpleaños, la persona ya está curtida de espantos –o se supone– y empieza a relativizar, a comprender la felicidad, a enmendar actitudes previas enfermizas. Y así se llega hasta la última de las grandes pinturas de la sala, que no se titula la vejez porque la palabra no le gusta a la autora. Ella prefiere titularla Plenitud. «Yo quiero ver la vida así, pensar que lo llevamos bien. Lleva un anillo, una alianza, y está sentado en un sillón negro con un fondo blanco. Lo negro es aquello que ya se ha vivido; lo blanco, todo cuanto aún queda por vivir, que puede ser mucho». Tal vez un filósofo podría poner algún reparo a si Rincón ha respondido o no cabalmente a la pregunta, pero el visitante medio se marcha de la sala teniéndolo muy claro.

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