Cofradías

La voz de un marchenero de vocación

Molina, su nombre en el universo balompédico, fue un elegante lateral en la época dorada del Marchena. Su padre era natural de Iznájar y su madre de Loja, aunque desde siempre amó la Semana Santa.

el 15 abr 2014 / 22:00 h.

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Antonio Ruiz Molina (Marchena, 20-1-1967) camina por las calles de Marchena con la intriga y la responsabilidad de ser el pregonero de la Semana Santa de su ciudad, cuna de una de las tradiciones ancestrales de Andalucía, la saeta marchenera, una rama genuina del género de la oración cantada. Es el rostro más relevante de la Cuaresma y en las horas previas a su disertación en la imponente Iglesia de San Juan Bautista recibe un incesante goteo de preguntas a pie de calle. «Estoy algo nervioso», admitía antes de su brillante alocución. Fue un pregón íntimo, personalista y expresivo en el fondo y las formas. El regalo ideal de un Domingo de Pasión que anticipa la fiesta. Antonio Ruiz se retrata junto a la hermosa Virgen de los Dolores, titular mariana de la cofradía de La Humildad. / Foto: Bernardo Ruiz Antonio Ruiz se retrata junto a la hermosa Virgen de los Dolores, titular mariana de la cofradía de La Humildad. / Foto: Bernardo Ruiz La vida de Antonio Ruiz Molina es la vida de un currante nato que supo sobrevivir en la jungla de los primeros años de la democracia. «Mi padre, Antonio, era tractorista, y mi madre, Aurora, ama de casa, pero en mi casa siempre hubo trabajo», presume antes de explicar cómo fue su infancia. «Mi padre era de Iznájar y mi madre de Loja, pero se vinieron a trabajar aquí porque se crearon unos latifundios y hacía falta mano de obra. Al principio me decía la gente que era forastero, pero yo, que nací aquí, me sentía marchenero por los cuatro costados», apunta. En su familia, formada por cuatro miembros, nunca hubo ambiente cofrade, pero él siempre se sintió atraído por una fiesta que ha interiorizado como una auténtica forma de vida. «Para mí, mi hermandad de La Humildad lo ha sido todo», explica mientras degusta un típico dulce marchenero en el comedor del antiguo hogar. «No hay viernes que no pase por la capilla para ver a mis imágenes», presume. Ruiz Molina fue hermano mayor de La Humildad, una corporación de tradiciones ancestrales. «Las cuartas de La Humildad, que es una variante de la saeta, merece la pena escucharlas», matiza. Casado con la mujer de su vida, Encarna Mari, y padre de dos hijas, Esperanza, que sí ha heredado su pasión por la Semana Santa, y María Victoria, el pregonero de 2014 es un amante impenitente de su Marchena natal. Su momento más íntimo durante la estación de penitencia es cuando traspasa el dintel del antiguo Convento de Santa Clara de Asís. «Ahí es cuando realmente empiezo a sentir que ya estamos en la calle», relata. «De todos modos, si tuviera que recomendarle un lugar al visitante le diría que nos viera en el Rincón del Escudo», añade bajo la atenta mirada de uno de sus mejores amigos desde la infancia, José Ramón Mateo, arquitecto afincado en Sevilla y de irrenunciable corazón marchenero. «Nosotros somos antes marcheneros que sevillanos», apuntan al unísono con una justa y cómplice sonrisa. Bajo su mandato, la corporación adquirió un cariz más serio y se modificó el hábito penitencial. «Yo no soy hombre de decir lo que se hizo en mi época, pero sí es verdad que aquellos años fueron muy bonitos», recuerda nostálgico antes de explicar de forma pormenorizada cómo es su Miércoles Santo. «Aunque parezca raro, mi Miércoles Santo comienza el Viernes de Dolores. Ese día acaba el Quinario y el ambiente que se vive en la capilla es maravilloso», manifiesta orgulloso. «Ya el mismo día de la estación de penitencia desayuno muy temprano. Más tarde, los hermanos nos reunimos en la capilla para ver los pasos montados y exornados y después nos tomamos juntos una cervecita», expone. Sin embargo, durante su mandato hubo de calmar los ánimos en momentos de especial angustia. «Me tocó vivir años malos en lo meteorológico, y eso cansa mucho», refiere. En 2005 y 2008 La Humildad no procesionó por las calles de una Marchena en la que el Cristo de la Humildad y Paciencia y la Virgen de los Dolores son los encargados de inaugurar los días grandes del septenario sacro. En un municipio con una honda tradición musical y con cuatro centurias romanas, Ruiz Molina no podía esquivar la atracción de, una vez expirada su etapa como máximo responsable de la corporación, enfundarse la coraza de romano e integrar la cohorte de soldados que camina tras el Cristo de la Humildad y Paciencia. En la familia de Antonio Ruiz siempre ha existido una especial predilección por la orden franciscana. Sus hijas estudiaron en los franciscanos y él siempre trató de que la hermandad conservara su vinculación con las monjas clarisas, propietarias primitivas del centenario convento. Y en el plano futbolístico, este marchenero de 47 años que respondía al nombre de Molina fue un elegante lateral diestro que militó en diferentes etapas en las filas del Marchena, ahora Marchena Balompié. Fue titular indiscutible en un plantel que siempre habitó en la zona alta de la extinguida Primera Regional, un torneo en el que se cruzaba con rivales de Huelva, Málaga y Córdoba. «Aquella época fue también muy bonita», subraya. A su lado, José Ramón Mateo sonríe con complicidad. «Era muy bueno», esgrime. Tras una etapa como técnico de los escalafones inferiores del club y de la Peña Sevillista de Marchena, en la que dirigió al meta José Antonio Luque, su vinculación actual con el fútbol se circunscribe al ámbito estrictamente personal. «Soy socio del Sevilla y prometo que el día que el Marchena se juegue subir a Primera Provincial iré al campo». Palabra de pregonero.

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