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La Yerbabuena se atasca en el barro

La bailaora convocó a muchos seguidores y artistas al estreno de su nueva obra, ‘Cuando yo era...,' un espectáculo frío en el que Eva baila muy poco.

el 06 oct 2010 / 05:26 h.

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Eva la Yerbabuena durante un momento del espectáculo.

Eva Garrido La Yerbabuena recibió su primer beso de luz en la bella ciudad alemana de Frankfurt (1970), donde vivió hasta los 15 días. Hija de emigrantes, con esa edad regresó al terruño familiar, donde la esperaban la azulada luz de Granada y el flamenco. Esta circunstancia biográfica le ha podido marcar, porque, aunque es andaluza y granadina hasta la médula, se siente hija del mundo. Sus venustos ojos le brillan igual en Granada que en Nueva York, como pude comprobar hará unos tres años. Andábamos juntos por la Gran Manzana y el aire que agitaba su gallardo caminar olía como huelen los crepúsculos en el Albayzín: a moñas de jazmines. Como por obra de un milagro, el sol disipó la bruma grisácea de la Novena Avenida y asistimos a un atardecer en la Alhambra. Naturalmente, una artista que viaja tanto y que ha descubierto que no sólo Andalucía es de arte, es incapaz de agarrotarse, de hacer siempre lo mismo. Por eso monta este tipo de obras, difíciles de digerir para los flamencos, como ella misma ha dicho estos días. Cuando una artista flamenca alcanza la categoría de maestra, y ella la alcanzó hace años, está legitimada para hacer lo que quiera, porque una gran artista difícilmente hará algo mediocre. Nos chifla su manera de bailar por soleá, pero se siente atraída por su compatriota Pina Bauch, la danzarina alemana universal ya ausente, y otras propuestas escénicas contemporáneas. En Cuando yo era..., su último montaje, estrenado anoche en el Maestranza, la gran artista plantea una mirada hacia atrás, a sus vivencias, a sus recuerdos, a su paso por la vida. No es la primera vez que lo hace, y, curiosamente, sus miradas al pasado no dejan de ser enviones para avanzar más en su personal concepción del baile flamenco, cada día más cercana al contemporáneo.

Estos coqueteos de la bailaora con la danza contemporánea no son bien vistos por los más puristas, sobre todo por los que la siguen desde que comenzó a darse a conocer en Sevilla, ciudad donde es muy estimada. Sin embargo, son aprobados por muchos de sus seguidores.

Anoche vimos muchas caras conocidas del mundo del baile, algo que no suele ocurrir con todas las bailaoras, de ahí que siempre se haya dicho que Eva Garrido es bailaora de bailaoras, artista de artistas. Pero a pesar de su indudable cambio en la manera de concebir el baile, sus admiradores y compañeros se dieron cita en el Paseo de Colón para asistir a esta nueva obra de una de las artistas más carismáticas e internacionales del panorama flamenco actual, con obras como 5 Mujeres 5, una referencia en su carrera por constituir uno de sus grandes éxitos.

Estuvieron la maestra Matilde Coral y su hija, el gran bailaor jerezano Antonio el Pipa y señora, el guitarrista Juan Carlos Romero -uno de los triunfadores de esta Bienal- y cantaor Segundo Falcón.

En su nueva obra, Cuando yo era..., la artista insiste en coreografías tan elaboradas que apenas hay espacios para que los duendes provoquen algo que en el flamenco es imprescindible: la emoción, el pellizco. Es lo que diferencia al baile flamenco de las demás danzas. Tampoco es que haya que improvisar desplantes, poses y situaciones, porque, con obras tan ajustadas a una idea coreográfica y a una música -excelentes algunas composiciones del guitarrista Paco Jarana, por cierto-, es imposible. Eso hace que esta nueva obra resulte algo fría, lo que Eva resuelve siempre en todos sus montajes con un par de bailes ya fuera del patrón.

Sin embargo, en esta ocasión nos hemos quedado con las ganas de ese gran baile final, como broche, que la artista nos regala en cada montaje, digamos que para compensarnos con algo de jondura tras tanta teatralidad y guiños a la danza contemporánea, en la que no aportó grandes cosas.

Una vez más, la bailaora nos ha presentado un montaje intimista y melancólico, que rozó por momentos el tedio. Con quince minutos de retraso sobre la hora prevista -está siendo la norma en esta Bienal-, la obra se desarrolló desde el principio en una penumbra deprimente, con escenas inconexas de distinto resultado y desigual valor artístico y flamenco. No entendimos las ejecuciones, por ejemplo.

Hay al principio una soleá en la que Eva aporta movimientos nuevos, sobre todo en las bulerías de remate, con muchos cortes y escaso braceo. Luego decidió embadurnarse de barro mientras Pepe de Pura le cantaba una malagueña de la escuela chaconiana, de una dulzura extraordinaria. Eva seguía negándonos su baile más esperado, que llegaría en Feria, después de que uno de los dos miembros del cuerpo de baile pusiera a Charlot a bailar una bulería de Bambimo, Payaso, con enorme originalidad coreográfica.

En esta parte se escucharon tangos de Triana y rumbas -recordando a Naranjito y Matrona-, estilos en los que se lució el cantaor onubense Jeromo y Eva nos ofreció lo más flamenco de la noche, unos sensuales tangos con evocaciones a las bailaoras trianeras que hace años que se fueron.
En El Reñiero, Eduardo Guerrero y Fernando Jiménez emularon a dos gallos de pelea, en una coreografía de cierta originalidad que el público aplaudió. Pero echábamos de menos a La Yerbabuena, que seguía sin darnos el placer de verla bailar por derecho.

Tampoco lo hizo en Carnaval, en donde gigantes, cabezudos y brujas se movían casi a oscuras al ritmo de fanfarrias y unos fandangos de Huelva al unísono entre Jeromo y un desafortunado Moi de Morón, que en los tangos de Triana se había quedado sin voz.

Al final de la obra, Eva decidió bailar una serrana cantada por Pepe de Pura, una pieza en la que la bailaora mostró una serie de poses nuevas y tantos cortes ensayados, que no llegamos a saborear de verdad su calidad de bailaora, esa que la ha hecho famosa en todo el mundo.

La echamos de menos toda la noche. Se quedó atascada en el barro y anduvo deambulando casi a oscuras por un escenario que, en esta ocasión, apenas fue capaz de llenar. No le quito mérito al trabajo que ha llevado a cabo, que en este tipo de obras suele ser arduo. Pero La Yerbabuena de anoche no se parece en nada a la que me enamoró hace años.

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