Cultura

Lanzmann: “El Holocausto se ha contado muy mal”

El director de ‘Shoah’ presentó en el SEFF ‘El último de los injustos’

el 15 nov 2013 / 23:29 h.

Claude Lanzmann. Claude Lanzmann. Claude Lanzmann (París, 1925) no es precisamente un entrevistado fácil. Sus estampidas y salidas de tono en ruedas de prensa y platós de televisión son casi tan legendarias como su figura. A sus 88 años su voluminoso cuerpo tal vez no le permite ya salir corriendo, pero tiene otras formas de evadirse de las preguntas de la prensa. Su elocuencia la reserva para el lenguaje cinematográfico, por ejemplo el de su último trabajo, El último de los injustos, de tan solo 218 minutos de metraje; muy lejos, en todo caso, de las casi diez horas de su indiscutible obra maestra, Shoah. Aunque se proclama ateo, Lanzmann figura ya en la Historia del séptimo arte como el gran narrador del Holocausto, y no disimula su orgullo cuando se refiere a Shoah. “Cambió la mentalidad de la gente, hay un antes y un después de esa película. Tras su estreno se sucedieron miles de artículos, de libros…”, se jacta. Muy conectado con aquel hito está, de hecho, El último de los injustos, un documental en torno a Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del gueto de Theresiendtadt –“la ciudad donada por Hitler a los judíos”, en la República Checa– y el único decano de los judíos –como los definían los nazis– que sobrevivió a la guerra. El director lo entrevistó exhaustivamente durante una semana en Roma, en el año 1975, pero ha tardado casi 40 años en culminar el proyecto de este filme. Lanzmann cuenta cómo estableció contacto con Murmelstein: “Le había escrito varias veces, pero no me hacía caso. Hasta que, a fuerza de insistir, terminó aceptando”. Fue una semana de conversaciones muy intensas, según recuerda, en la que tiró “kilómetros y kilómetros de película”. “Era un hombre fascinante, tremendamente inteligente, con muchísima cultura y un sentido del humor muy agudo, era muy fino en sus réplicas…”, enumera el cineasta, y de pronto el sonido de su móvil, unas frenéticas teclas de piano, lo desconcentran. “En ese momento no supe qué hacer con tanto material, reconozco que yo estaba bastante loco en ese momento”. Murmelstein, que había sido rabino en Viena, se empeñó tras la anexión de Austria por parte de Alemania en 1938, en luchar contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, ayudando a emigrar a más de 120.000 judíos durante siete años, y evitando la liquidación del gueto. En él encontró Lanzmann una figura “capital en el génesis y desarrollo de la Solución Final”. Aunque Murmelstein podría haber huido fácilmente, al disponer de un pasaporte diplomático de la Cruz Roja, prefirió mantenerse firme y sobrevivió al arresto y la prisión antes de exiliarse en la capital italiana. Cuentan que no llegó nunca a visitar Israel, aunque manifestó su ferviente deseo de hacerlo. ¿Por qué, teniendo todas aquellas grabaciones, demoró tanto Lanzmann en darle forma? “Dos años después de aquellas entrevistas empecé el rodaje de Shoah, que me llevó 12 años. Fue un trabajo agotador y peligroso, buscando nazis por todas partes, haciendo viajes a Polonia… Me absorbió tanto, que me olvidé de Murmelstein. Me dije que ya volvería sobre él más tarde”, recuerda. Sin embargo, no volvió. Lanzmann se convirtió en una celebridad internacional, famosa por sus desabridas entrevistas y aclamada por los cinéfilos. Ahora se siente “harto” de que le pregunten por qué no incluyó parte de aquel material alrededor de Murmelstein en Shoah, y acto seguido se extiende durante diez morosos minutos en desarrollar la respuesta: “Shoah es una película épica, con una tensión permanente, y el tono de lo que sería El último de los injustos era incompatible con el filme. Además, hay que entender que construí Shoah sin una sola palabra de comentario, nada que explique una cosa u otra, porque la película genera su propia inteligibilidad. Además, si hubiera querido integrar a Murmelstein el resultado habría durado por lo menos quince horas, y eso es claramente demasiado. Ya las nueve horas y media de Shoah son el límite absoluto, una locura. Pero quince sería como no hacerlo…”, suspira. Volviendo sobre Shoah, Lanzmann recuerda que en su estreno en Israel “los que tenían miedo eran los profesores, no los alumnos. Ellos lo entendían todo, el mal, el fascismo, se entienden…”. Cuando se le pregunta qué temían los profesores, responde de un modo sorprendente: “Aquellos adolescentes habían sido educados con una visión sionista de la Historia. Ahora descubrían de golpe que los judíos podían ser víctimas. Pero lo entendieron muy bien, muy rápido”. A este respecto, rechaza que su trabajo tenga un sentido pedagógico, porque “la pedagogía no llega muy lejos, desconfío de ella. Yo al menos, no la he buscado. Creo que el Holocausto se ha contado muy mal desde el ámbito académico, al final lo que más enseña son las obras de arte”. Cuando se le pregunta por el auge de la extrema derecha en Europa y el rebrote del antisemitismo. “¿Qué le voy a contestar? Todo eso es solo política, política de poca monta”, apostilla.

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