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Cultura

Larga vida al flamenco

Son de Peñas. Escenario: Espacio Santa Clara, 13 de septiembre. Producción: Federación Provincial de Peñas Flamencas de Sevilla. Cante: Toñi Fernández, El Rubio de Pruna. Baile: La Piñona, El Barullo.

el 14 sep 2014 / 20:55 h.

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Desde su nacimiento el flamenco ha cargado con la amenaza de extinción, quizás porque posee una fuerte carga ritual que parece incompatible con su práctica profesional. Pudimos comprobar que no es así con este espectáculo, que abrió, junto a la guitarra de El Perla, El Rubio de Pruna, un cantaor de voz rotunda que rinde pleitesía al cante clásico. Se templó por soleá y alcanzó por seguiriyas su momento álgido. Lástima que, a pesar de su entrega, no acabara de dotar a su cante de mayor creatividad. Todo lo contrario de Toñi Fernández, quien se atrevió a comenzar con una copla aflamencada mientras subía al escenario. Su hermosa voz rasgada invadió el aire del patio de Santa Clara con un aire fantasmal que se convirtió en fuerte presencia en cuanto se hizo con el micrófono. Una vez sentada Toñi, acompañada por el toque limpio y brillante de Pedro Sierra, se adentró en la queja doliente de la seguiriya con una letra que describe la condición trágica del flamenco y terminó con un colorido recorrido por tangos. Aunque le falta seguridad y templanza, le auguramos una fructífera carrera. Antes de ella salió la bailaora Lucía Álvarez La Piñona, acompañada de un magnífico plantel de artistas: Pepe de Pura y Moi de Morón al cante, Raúl Vicente al toque y Los Mellis de palmeros. Lucía se decantó por un baile por soleá que demuestra que cada vez son más difusas las barreras entre lo femenino y lo masculino. Y es que La Piñona centra su creatividad en la musicalidad del taconeo y en los cierres. Ello delimita un baile entrecortado, quizás demasiado, que destaca por su verticalidad y su limpieza. El Barullo cerró con el desenfreno y el torrente de pasión de un baile que convocó a los duendes, no en vano es nieto de Farruco, cuyo estilo sigue vivo en su estirpe. Dejó al público sin aliento con el vértigo de sus pasos y sus vueltas –siempre al borde del desequilibrio– y la frescura de sus desplantes. Y para acabar se aferró al micrófono para convocar un fin de fiesta que dejó algunas joyitas, como la patá de Pepe Torres.

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