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Cultura

Las batallas del legionario Aulo

Cuatro asociaciones recreacionistas comparecen en Itálica bajo el nombre común de Legiones Hispanas. Sus soldados ilustran cómo evolucionó el uniforme y armamento romanos.

el 28 sep 2014 / 17:12 h.

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600_LegionariosRomanos0022 Pues no, Aulo no tiene Ben Hur como musiquilla en el móvil, ni Gladiator, su única concesión romana es la foto de Minerva que tiene como fondo de pantalla. Del Louvre, para más señas. Estamos en el corazón del anfiteatro de Itálica, y si Aulo Quinto Eliano, legionario «mondo y lirondo» que sirve al emperador Augusto, tiene móvil es porque en realidad se llama Javier Santana y vive en Sevilla. Hoy le toca hacer de maestro de ceremonias para explicar a la numerosa cocurrencia («no nos esperábamos a tanta gente, la verdad») cómo evolucionaron la indumentaria y equipamiento de las legiones romanas con el paso de los siglos, para lo que sirvieron de modelos vivos y perfectamente pertrechados una quincena de miembros de las cuatro asociaciones recreacionistas que comparecen con el estandarte común de Legiones Hispanas. Aulo pertenece a la Legio VIIII Hispana, y no, no es una errata, porque no fue hasta la Edad Media que empezó a utilizarse la grafía IX para referirnos al nueve. Su legión es la que ultimó la conquista de la Península Ibérica en las guerras cántabras entre los años 6 y 9 de nuestra era, porque nuestro personaje vivió la transición de la República al Imperio que encarna por primera vez Augusto, bajo cuyo gobierno se completa el sometimiento de Hispania. Javier Santana explica que esta legión se nutrió de reclutas de la Bética y que acabaron mandándola a Britania, pero duda de que su Aulo aguantara tanto trajín y llegara a saltar a las islas británicas. En este siglo XXI, su asociación recreacionista se llama asimismo Legio VIIII Hispana, aunque ayer también se citaron en Itálica miembros de las agrupaciones Legio I Vernacula, Legio V e Ibidem. Si alguien esperaba una masa compacta de legionarios simétricamente uniformados, se encontró con que cada uno de los allí presentes era hijo de su padre y de su madre. La razón de tal desorden es histórica: se proponía un recorrido desde la época de la monarquía, allá por el siglo IV antes de Cristo, hasta el IV ya de nuestra era, con soldados que mostraban cómo fueron evolucionando el uniforme y el armamento. Para el profano, llama la atención que aquí faltan plumas, colores y capas aparatosas. «Es que Hollywood ha hecho mucho daño a la imagen que la gente tiene del mundo romano», explica Aulo. Sí, es verdad que son menos vistosos que en las películas, «pero es que eran así». Por lo pronto, nada de plumas en los soldados que hoy comparecen, menos el centurión, que las llevaba de oreja a oreja, y el optio, con dos plumas y un plumero longitudinal. Hay también un signifer, siempre tan vistoso recubierto con una piel en este caso de jabalí. Aulo va cogiendo uno a uno a cada soldado empezando por el más antiguo, tanto que parece un hoplita griego. Cada nuevo legionario supone un salto de décadas cuando no de siglos, y también una paletada de tierra a la imagen que tenemos con tanta película y tanto romano de Semana Santa. Los escudos son de cuero y luego de madera, al principio son jabalinas (que se doblaban a la más mínima) y no lanzas, cascos y armas son de un frágil bronce hasta que llega el hierro, en los primeros siglos cada uno se hacía el uniforme por su cuenta y se traía sus armas, de manera que para alistarse había que demostrar que se tenían propiedades... Aulo sale vivo de esta batalla de Itálica, con una única herida en la garganta de tanto alzar la voz porque se han dejado la megafonía en casa. «Es que no nos esperábamos tanta gente», repite. Tanto cuidar los detalles de hace 2.000 años y va y les falla un detalle del siglo XXI. Si Augusto levantara la cabeza...

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