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Las costumbres las carga el diablo

El PP, en su afán de fijar el voto de la derecha radical, ha tirado de la fórmula Sarkozy en materia de inmigración. España, flaca memoria: cuando gobernaba el PP ya empleaba dos fórmulas distintas y complementarias: combinaba el haloperidol con la indolencia administrativa que mantenía a más de un millón de inmigrantes en las calles en situación ilegal.

el 14 sep 2009 / 23:53 h.

El PP, en su afán de fijar el voto de la derecha radical, ha tirado de la fórmula Sarkozy en materia de inmigración. España, flaca memoria: cuando gobernaba el PP ya empleaba dos fórmulas distintas y complementarias: combinaba el haloperidol con la indolencia administrativa que mantenía a más de un millón de inmigrantes en las calles en situación ilegal.

Pero son malos tiempos para exigir mayores rigores: el 9 de marzo está a las puertas y llega agazapado con un montón de votantes indecisos y una abstención que amenaza especialmente a la izquierda. Es una cita clave: se sustanciará si el acoso y derribo -inclemente, desestabilizador y revanchista- practicado por el PP durante cuatro años ofrece los resultados apetecidos. Las encuestas, desde luego, indican que ha hecho mella. O por el contrario, los españoles dirán si no toleran más a una oposición histérica y artera que ha golpeado en los flancos del Estado reiteradamente por mero interés partidario.

Seguramente por eso y por su propia supervivencia como proyecto político tal y como está concebido hoy, Rajoy y el PP tratan de fijar al electorado de extrema derecha, que debe representar unos cientos de miles de votos prestos a apoyar a los candidatos de los grupúsculos más radicales en una estéril suma de sufragios con destino al limbo electoral. Para calentar los espíritus menos atemperados, la inmigración es la receta ideal. Una carretera directa, sin atajos, que activa los mecanismos que despiertan los instintos más siniestros. Por sí sola, la inmigración lo tiene todo para meter miedo, manipular y hacer demagogia. Pero aderezada con la situación que generará la hecatombe económica se genera un cóctel explosivo: menos empleo, más paro inmigrante... más delincuencia. El miedo al inmigrante es la idea-fuerza de la campaña popular. La acusación al Gobierno del PSOE de haber convertido a España en el coladero de Europa -con sus mafias aparejadas y la destrucción del modus vivendi español- es la estrategia de los conservadores españoles, decididos a convertir en ariete electoral todo lo que se les ponga por delante.

Rajoy, desdibujando definitivamente cualquier atisbo de perfil centrista, ha camuflado la parte dura del discurso contra lo que significa aceptar la presencia de ciudadanos de otros países en España con una retahíla de obviedades: respetar las leyes o pagar impuestos. Evidentemente, es sólo la cortina de humo que oculta el verdadero fondo del llamado contrato de integración de los inmigrantes. Es el corpus básico que hará que miles de españoles bien pensados lo rubriquen, como no podía ser de otra forma ¿o alguien sabe de algún país del mundo en el que exista un solo supuesto que exima a cualquier ciudadano del estricto cumplimiento de leyes o del pago de sus impuestos?

No se trata evidentemente de imponer tales requisitos, sino de ocultar los otros que introduce el PP, los que tienen que ver, una vez más, con la moral, la tradición y las costumbres. O sea, la moral, las costumbres y las tradiciones de la derecha española. Para introducir el capítulo, también ponen en el frontispicio otra tontería: rechazo a costumbres foráneas como la ablación del clítoris a las menores (una atrocidad tipificada como delito desde hace cuatro años en España). Igual que resulta innecesario decir que los españoles estaremos unánimemente contra el maltrato a la mujer en nombre de cualquier religión o hábito o per se y que denostaremos la actitud que no equipare a los dos sexos (artículo 14 de la Constitución). Obviedades envenenadas, porque lo que no aclara el PP -que es lo que precisamente necesita aclaración- es qué quiere decir eso de que los inmigrantes tengan que asumir jurídicamente el respeto a las costumbres españolas. Porque mucho nos tememos que no se refieren precisamente a las fiestas populares. De momento ya ha enseñado la patita la prohibición del velo, lo que excluye a millones de ciudadanos de todo el mundo como candidatos a inmigrantes. Y si se trata de forzar la prohibición por considerarlo un elemento religioso, en aras de la no discriminación, la ley española se verá impelida a prohibir los símbolos de otras religiones. Hay mucha literatura sobre el significado del velo para las mujeres del mundo árabe y sobre todo para las musulmanas. Y desde luego no todas las explicaciones la visten de espíritu religioso. Igual que tanta gente que lleva una cruz colgada del cuello antes como costumbre, tradición o valor cultural que como símbolo practicante de la fe católica.

El embudo de las costumbres que propone Rajoy asusta además porque ya vemos sin que quieran que veamos por dónde va a asomar la arbitrariedad de la filosofía del contrato de integración e intuimos qué nuevos inquisidores y en nombre de qué serán los que dicten cuáles son las costumbres "de toda la vida" en España. O como lo diría el líder del PP "las costumbres de las personas normales". Rajoy, que cultiva la fama del gallego que no se sabe si sube o baja, es afortunado, porque tiene a Miguel Arias Cañete para decir a las claras lo que no habíamos entendido, para que le traduzca a los españoles el encriptado electoral que con tanta virtud habían conseguido codificar los autores del programa del PP: que los inmigrantes son los culpables del colapso de las urgencias en los hospitales públicos y que como camareros son más chungos que los camareros cañís de siempre, porque ahora no dominan el lenguaje profesional: la media tostada con zurrapa de lomo y la tapita de boquerones en vinagre; y que las ecuatorianas vienen a España para hacerse mamografías en media hora. Y este hombre fue ministro. Un hombre que sostiene que por culpa de los inmigrantes están colapsados los hospitales públicos. El PP está de suerte. Y el resto de españoles que creemos en la extensión de derechos -sin discriminación- a todos los trabajadores, también. Porque con Arias Cañete comprendemos todo lo que quiere decir Rajoy pero que no lo dice porque tiene elecciones a la vista y perdería votos moderados y estimularía el voto de la izquierda. A Rajoy y su equipo -y seguramente a la FAES- se le presume la autoría intelectual del engendro jurídico que quieren perpetrar si gobiernan de nuevo España, aunque lo difunde, taimado y temeroso, en voz baja. Pero a Miguel Arias Cañete, un español-español, bocazas y bravucón, castizo y costumbrista, deslenguado y desahogado como si estuviera de juerga en la barra del Gallo Azul de Jerez con la copa de vino en la mano, se le entiende todo muy clarito.

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