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Las elecciones en las que deciden los mercados

Más de 35 millones de españoles están llamados a las urnas con récord de paro y de prima de riesgo de la deuda.

el 19 nov 2011 / 21:57 h.

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Los dos candidatos coincidieron el 12 de octubre.

Esta campaña parece la más aburrida que se recuerda y también parece que en estas elecciones anticipadas se juega poca cosa porque todo lo decide Bruselas, Merkel o cualquier otro poder de los mercados. Pero quedarse ahí es quedarse en la superficie.

Para empezar sí es cierto que da la impresión de que son elecciones poco emocionantes, decididas de antemano. Las encuestas previas han sido hasta ahora unánimes: Mariano Rajoy (PP), ganará por mayoría absoluta y, tras constituirse las Cortes el 13 de diciembre, será investido presidente como muy pronto el 20, o el 28 en el peor de los casos.

Sin embargo, Rajoy corre el riesgo de no llegar a formar el Gobierno que, en lo más crudo de la crisis y con la prima de riesgo sobre la deuda española disparada, recibiría inmediatamente el recado de cinco millones de familias con una misma urgencia: encontrar trabajo. La prima de riesgo deja el país en niveles de rescate y mañana es una jornada decisiva para saber el escenario al que se enfrenta Rajoy porque España puede acabar intervenida en pocos meses si la prima sigue sin dar tregua. Ya han caído los Gobiernos de Grecia e Italia ... ¿será el de España un Gobierno fallido?

No es descabellado: Berlusconi y Papandreu, fueron descabalgados por los mercados de sendas mayorías absolutas. ¿Habrá Gobierno de concentración en España también? Rajoy solo tiene opciones de mantener su Gobierno en esas condiciones con una mayoría absoluta aplastante, que asuma los recortes que imponga Bruselas... y aguante el desgaste de la impopularidad ante la depauperación generalizada.

Y en este sentido, sus declaraciones en la recta final de la campaña acerca de recortar lo que no sea imprescindible o de De Cospedal haciendo referencia a que el PP se enfrentará a manifestaciones inciden en que el PP admite ya recortes al Estado del Bienestar que, el lejano día del debate contra Rubalcaba (el 7 de este mes), decía el candidato popular que iba a defender.

Según las encuestas estas elecciones se parecen a la liga de primera división en el sentido de que más que decidirse el trono se reparte el skyline de la oposición que podrá o se verá incapaz de poner palos en las ruedas en los proyectos más polémicos que pretenda sacar el nuevo Ejecutivo.

Una mayoría insuficiente o ajustada de Rajoy permitiría al PSOE recomponerse en torno a la figura de Rubalcaba -o incluso una sucesión sin navajazos- y encabezar la oposición a las medidas más duras o bien tender la mano con credibilidad a los ajustes que considere patrióticamente razonables para evitar el hundimiento de España, al menos en el primer momento.

El PSOE se la juega en este sentido, y de hecho sus esfuerzos en campaña parecen más un intento de erosionar el control total del PP en el Gobierno, los ayuntamientos y las autonomías que una alternativa viable: "Me preocupa el poder absoluto del PP", titular dicho por Rubalcaba el viernes, es una frase de alguien que conscientemente desvela que él no va a ganar los comicios.

En cambio, si se cumple el doble pronóstico de que el PSOE no sólo quedará segundo, sino que el batacazo electoral será histórico, lo previsible es que el Partido socialista entre en una crisis interna -Carme Chacón está lanzando ya su candidatura- que dejará al partido K.O. y lamiendo sus heridas o incluso propiciará escisiones. Consumiría tanta energía el PSOE reinventándose que apenas fiscalizaría la política de Rajoy.

Por su parte, los partidos minoritarios, casi todos en el espectro de la izquierda, previsiblemente se beneficiarán de dos factores: uno que viene de lejos, el desgaste del PSOE desde que Zapatero negara en su momento que hubiera crisis y su posterior gestión de la recesión; y un segundo elemento de juego inexistente hasta hace medio año: la moda antibipartidismo del 15-M.

Y es que estos comicios también suponen una prueba acerca de la fuerza y capacidad de los descontentos con los fallos del sistema para articular alternativas con capacidad de fiscalizar e incluso influir en las políticas del Gobierno conservador en ciernes, o bien para que sus contradicciones y la falta de programa que los detractores del 15-M han denunciado los convierta en el mejor de los casos en el pintoresco tono de color del Congreso de los Diputados.

Los acontecimientos económicos prácticamente han dejado desfasados en cuestión de días los programas electorales del PP y el PSOE, que exponen estrategias diferentes para recuperar el mediocre nivel de empleo que España tenía antes de que estallara la crisis económica. Los populares optan por jugar a fondo la carta de estar en el furgón de cabeza del euro, la austeridad en las administraciones públicas, ayudas a los emprendedores y una reforma laboral más profunda para los empleados.

Con idéntico nivel de síntesis, los socialistas proponen proseguir la senda de las reformas que, recuerdan, iniciaron ellos, reforzar la formación de jóvenes y parados y priorizar la contratación de colectivos más castigados por la falta de trabajo, además de apostar por los sectores punteros.

En relación con la austeridad el choque entre socialistas y populares viene marcado por las políticas de educación y sanidad aplicadas en las autonomías que gobierna el PP. Este debate del mantenimiento o desmantelamiento de estos servicios ha sido martilleado por el PSOE, en su afán por remontar las encuestas, mientras que el PP apenas ha querido mojarse en polémicas que puedan predisponer contra ellos a votantes de izquierda hartos de todo y que, si los populares no muestran una cara demasiado reaccionaria, probarán esta vez la papeleta azul. Así Rajoy, sólo a última hora y porque se lo han preguntado cientos de veces, ha admitido que en España, si ganan, tocarán recortes.Pero, por un día, la palabra la tienen los 35,7 millones de ciudadanos llamados a votar.

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