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Las fiestas privadas de Il Cavaliere

La publicación en el diario El País de fotos que dan cuenta de las fiestas privadas que daba el primer ministro italiano Silvio Berlusconi en su finca de Cerdeña reabre un debate muy habitual en las sociedades democráticas sobre la colisión entre el derecho a la información...

el 16 sep 2009 / 03:50 h.

La publicación en el diario El País de fotos que dan cuenta de las fiestas privadas que daba el primer ministro italiano Silvio Berlusconi en su finca de Cerdeña reabre un debate muy habitual en las sociedades democráticas sobre la colisión entre el derecho a la información y la protección de la privacidad de los personajes públicos. Il Cavaliere anunció ayer que se querellará contra el diario español por una intromisión en su vida privada a la que califica de "agresión escandalosa". Hay argumentos que decantarían la discusión de uno y otro lado. Si nos abstraemos de los juicios de valor que propicia un personaje tan dado a dispensar declaraciones malsonantes, hilarantes y chabacanas, podemos colegir que Berlusconi, como cualquier otro ciudadano, tiene derecho a hacer lo que considere oportuno. Desde esta perspectiva, por tanto, habría que centrar el análisis en el respeto a la privacidad de quienes participan de la cosa pública. Pero sería errar el debate. Aquí no se trata de discernir si Berlusconi tiene o no derecho a la protección de su intimidad, algo que es obvio. Lo que se discute es el comportamiento de una persona que dirige los destinos de un país de la importancia de Italia y de quien se sospecha que utiliza bienes públicos para trasladar a su finca a sus invitados y que ha invitado a menores de edad a sus fiestas. No se trata de meros rumores. Italia vive dividida entre quienes aceptan los comportamientos de Berlusconi y se creen las explicaciones que está ofreciendo y quienes consideran que su actitud es deplorable y hasta perseguible desde un punto de vista penal. Estamos ante un material periodístico de primer nivel que merece ser publicado, pues prevalece el derecho a la información. ¿Por qué no van a saber los italianos, y por extensión los europeos, a qué dedica su tiempo libre el primer ministro transalpino si termina gastando dinero público en unas fiestas privadas? No es un problema moral, sino de transparencia democrática.

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