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Las otras víctimas del maltrato

El servición de atención psicológica para hijos de mujeres agredidas, puesto en marcha por el Instituto Andaluz de la Mujer en septiembre, ha asistido ya a 284 niños.

el 01 may 2010 / 18:53 h.

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Hay una preocupación común entre las mujeres maltratadas que tienen hijos:que el niño no repita la conducta violenta que ha visto en su padre y que a su niña no le ocurra lo mismo. Pero en el día a día, una vez dado el paso de denunciar y de alejarse del agresor, se enfrentan a preguntas de los hijos que no saben contestar o situaciones que no saben resolver.

 

La conducta de un niño que ha vivido cómo su padre pegaba a su madre es muy variada, desde reacciones físicas como "un pequeño que dejó de hablar" o "uno que con diez años tuvo una regresión y se hacía pis en la cama" a actitudes "sobreprotectoras" con sus madres que les llevan a "cargarse de responsabilidades que no les corresponden por su edad".

En septiembre, el Instituto Andaluz de la Mujer puso en marcha un servicio pionero en España de atención psicológica a hijos de víctimas de violencia machista, un programa gestionado por la asociación Amuvi que ha atendido ya a 284 niños de entre seis y 17 años. Tanto la coordinadora del servicio, Beatriz Núñez, como las psicólogas del mismo en Sevilla, Mari Ángeles Gallardo y Laura Ocaña, aseguran que no hay dos niños, incluso hermanos, que reaccionen igual ante esta situación, aunque son frecuentes la baja autoestima, la falta de control de la ira, la resolución de conflictos de manera violenta, la interiorización de estereotipos de género, la sobreprotección de la madre o el chantaje emocional de "me quiero ir con mi padre que me lo da todo, igual que en las separaciones normales".

Beatriz Núñez explica que uno de los principales objetivos del programa es que "los niños tengan un espacio propio donde puedan expresarse libremente, porque la mayoría de las veces lo que necesitan es desahogarse. Han aprendido que lo que pasa en casa no sale de ahí, que no pueden contarlo".

La edad del niño determina la forma de trabajar con ellos. "Los más pequeños son espontáneos, cuentan lo que han vivido como si fuera lo normal, no lo esconden ni tienen prejuicios por ir al psicólogo. Cuando son más mayores, el hecho por ejemplo de contar a sus amigos que van al psicólogo y que eso sea motivo de burla puede hacer que no quieran venir más", relata Mari Ángeles Gallardo.

Terapia individual. Antes de integrarlos en el programa, se entrevista a las madres, para "que se impliquen" y, sobre todo, para dejar claro que no todas sus expectativas se pueden cumplir. "Muchas pretenden que un adolescente sea obediente, o que vayan bien en los estudios y aunque es cierto que si su situación mejora se centran más, si un niño nunca ha sido buen estudiante no lo va a ser ahora, o si siempre ha sido introvertido no vamos a cambiar su personalidad", explican las psicólogas.

A partir de ahí, se trabaja individualmente con el menor -incluso los hermanos son tratados por separado-, aunque puntualmente si es preciso se interviene conjuntamente con la madre u otros familiares (hay casos en los que el maltratador es la segunda pareja de la madre e interviene el padre biológico).

Con los más pequeños, se recurre a los juegos. "A través de los dibujos o jugando a las casitas con muñecos salen cosas muy interesantes", reconoce Laura Ocaña que, al igual que su compañera, desmitifica la idea de que con los adolescentes sea más difícil trabajar. "Hay de todo, es más fácil que sean conscientes de que necesitan ayuda y se expliquen", dicen.

Una de las situaciones que tienen que atajar con frecuencia es evitar que madre e hijos inviertan los roles. "Muchos se han interpuesto en peleas y se convierten en protectores de la madre, no las dejan solas por miedo y se convierten en el cabeza de familia o, en el caso de las niñas, en las mejores amigas de su madre, y las víctimas se apoyan tanto en ellos que parecen ellas las hijas y delegan tanto que los menores asumen roles con los hermanos o como cabezas de familia que no les corresponden", explican.

Autoridad materna. También reconocen que, debido a la pérdida de autoestima vinculada al maltrato, muchas mujeres "no saben ejercer su autoridad y ponerles límites, porque además ellos les chantajean, y a su vez los niños tienen que cambiar el chip, porque les han enseñado que en casa manda el padre y la madre no pinta nada". Las responsables de este programa lamentan que gran parte del avance que logran con su trabajo se ve truncado por el trato que los menores mantienen con su padre a través del régimen de visitas y apuestan por estudiar cada caso para determinar la conveniencia o no de mantener ese contacto o, al menos, que se haga en presencia de un tercero para controlar la "manipulación".

"Los hijos son víctimas de la violencia hacia su madre y esa violencia se perpetúa tras la denuncia a través del régimen de visitas porque los padres los usan como instrumentos para llegar a las madres y seguir haciéndoles daño", subraya Beatriz Núñez.
Los profesionales de este servicio, que se presta en los centros del IAM en cada provincia, trabajan para que las madres, que durante el maltrato son especialmente cuidadosas con que sus hijos no vean nada, una vez iniciado el proceso judicial los mantengan al margen y "no entren en el juego de los agresores" que hacen comentarios a sus hijos sobre las madres. "Les dicen desde ves como yo te llevo a tal sitio o te compro esto porque tu madre no hasta directamente tu madre es una puta y se acuesta con muchos hombres", comentarios ante los que las madres "deben mantener la cabeza fría y no responder en la misma línea".

En su experiencia ven hijos de maltratadas que desarrollan conductas agresivas aunque "tampoco es lo más frecuente", chicas que reproducen noviazgos tempranos de gran dependencia emocional "donde sólo salen con su novio y sólo se relacionan con su entorno" y menores "con ambos roles, son los sujetos pasivos y objetivo de los acosadores en el colegio y en casa son agresivos con su madre y sus hermanos". Por ello insisten en que no hay un perfil tipo y el trabajo con cada menor es individualizado, con sesiones semanales y quincenales durante una media de seis meses, aunque depende de su evolución.

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