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Las 'rubias' ya no salen a la calle

Mientras toda Sevilla era ayer el típico y fragoroso bebedero de cerveza concebido para que la población medite un poco tras el rezo del ángelus, la zona de Santa Catalina, por contra, se antojaba ligeramente menos jacarandosa y bullanguera que la media anual del peristilo de un monasterio trapense.

el 15 sep 2009 / 02:41 h.

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Mientras toda Sevilla era ayer el típico y fragoroso bebedero de cerveza concebido para que la población medite un poco tras el rezo del ángelus, la zona de Santa Catalina, por contra, se antojaba ligeramente menos jacarandosa y bullanguera que la media anual del peristilo de un monasterio trapense. Y eso, contando los autobuses.

Allí, en la más cofradiera cuna del aperitivo, se ha pasado en cinco días de la Exaltación a las Lágrimas. El cierre del Tremendo, ordenado por consentir que la gente bebiera en la calle, no ha sido lo único que ha dado muerte a la alegría que arrastraba el lugar desde hacía cincuenta años, con su acera repleta de brindis, sana sinvergonzonería, bigotes llenos de espuma, carpetas de universitarios, oficinistas con la corbata en la frente y un calor de asarse vivo; el resto de los bares y ultramarinos se han remetido para adentro como los antiguos rancheros de Arizona cada vez que los apaches subían medio punto los tipos de interés de las cabelleras. Nadie quiere vivirlo.

"Eso no se hace. Y mira que son estiraíllas las dueñas. Pero un negocio no se puede cerrar así como así porque son muchas las criaturas que comen de él." María Luisa lo dice con cierto rencor. El 21 de febrero pasado, la Policía Local le clausuró la tortería que regenta, sita justo al lado del Tremendo, porque a las diez y cinco de la noche, cuando estaban ya echando las persianas y casi cascando los huevos para la tortillita francesa, se les ocurrió venderle una litrona a uno que llegó pidiéndola.

Hasta el Viernes de Dolores no pudieron reabrir el negocio. "¡Y esto es una tienda de desavíos, que lleva sirviendo a Sevilla desde el año 35, desde los tiempos del estraperlo! Como le dije yo al guardia: ¿A mí me vas a cerrar la tienda? ¡Si mi padre le ha quitado más veces el hambre al tuyo que pelos tienes en la cabeza!"

Para problemas capilares, los de los hosteleros del lugar, a los que se les va a caer el mucho o poco pelo que tengan como se les ocurra dejar que alguien pertrechado con una rubia ponga un pie en la acera.

Cuentan en la tortería de María Luisa y en el bar de más allá, el bodegón La cabaña, que el origen de todo este jaleo parece hallarse en una vecina nueva del barrio que está harta de no poder pasar por allí con tanta gente y de no tener tranquilidad por las noches. "Eso es lo que dicen algunos clientes", advierte cauteloso Ramón, el camarero de La cabaña. Pero para él, la cosa es más compleja.

"Vamos a ver: si lo que estamos vendiendo de Sevilla es el sol, los toros, la Giralda y los bares de tapas, cómo se puede comprender que se le aplique la Ley Antibotellón a un sitio como el Tremendo, que lleva cincuenta años poniendo cervezas y tapas y siendo un lugar señalado de reunión del público.

Además, que los bares no han brotado aquí de golpe, sino que llevamos muchos años. Es como si ahora uno se compra un chalé al lado del campo del Betis y se queja de que los domingos hay fútbol al lado de su casa."

Entre quejas y temores, la mosca que estos tenderos tienen detrás de la oreja empieza a parecerse, por su tamaño y complexión, a los dinosaurios de la película, sólo que aquéllos abrían puertas con las garras y éstas han aprendido a cerrarlas con una orden municipal.

Los hosteleros de la zona coinciden en que las inspecciones municipales arrecian en los últimos tiempos, y en que el último aliento de sus vidas lo piensan dedicar a que no salga nadie de sus establecimientos con una jarra en la mano. "Es ir contra la costumbre", protesta Ramón.

Ahí no lleva razón: si a veces no se fuera contra las costumbres, al Caribe no habría que llevar un spray contra los mosquitos sino contra los caníbales. Lo que ya no se explica tanto es que el resto de Sevilla siga celebrando el ángelus como si nada, o que en Santa Cruz uno tenga que echarse a la calzada para pasar, por culpa de los veladores donde la gente bebe en la calle, pero de forma reglamentaria. Es lo bueno de los impuestos. Bonita mañana, ¿no les parece?

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