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Las toneladas de basura dificultan el tráfico por el casco histórico

El Ayuntamiento alerta de problemas en 45 calles, aunque sigue sin haber negociación cuando se cumple una semana de huelga.

el 02 feb 2013 / 23:56 h.

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La mierda se come las calles de la ciudad literalmente y el clamor de los sevillanos no está en buscar culpables en el sempiterno pulso que dirimen el alcalde, Juan Ignacio Zoido y la plantilla de Lipasam, sino en saber quién dará el paso para que Sevilla deje cuanto antes de ser un estercolero y recupere la normalidad. Así lo reclaman vecinos, comerciantes, dueños de bares y, en general la ciudadanía entera, que asiste a una batalla que esta noche cumplirá su primera semana. Siete días de huelga y más de 3,8 millones de kilos de basuras amontonados como prueba palpable de la falta de negociación.

La situación, aunque no hay peligro de salud pública -así lo dictaminan por ahora las autoridades sanitarias, que consideran que la incidencia es baja-, ha empezado a generar problemas que van más allá del mal olor, la incomodidad y la mala imagen para sectores como el turismo: hay 45 calles, la mayoría céntricas, por las que el volumen de bolsas es tan grande que dificulta el tráfico de vehículos. La suciedad se ha convertido en obstáculo en vías transitadas como Feria, San Luis, Baños, Betis, Pastor y Landero o Gavidia, lo que ha obligado a ajustar los servicios mínimos para volcarse en estas zonas. Casos en la periferia son mínimos, si bien es cierto que esa incidencia suele producirse en viales más estrechos, que se localizan más a intramuros de la ciudad.

"El impacto visual es importan- te debido a las bolsas acumuladas y puede causar sensación subjetiva de mayor riesgo sanitario que el real", señaló, a través de un comunicado, el hasta ahora portavoz del Gobierno local en este conflicto, el delegado de Urbanismo, Maximiliano Vílchez, que constató el fracaso de los servicios mínimos, que en lo que va de huelga sólo han recogido un 23% de lo habitual (un millón frente a más de 4,5, según el balance de la mañana de ayer), pese a contar con un dispositivo del 30% de la plantilla.

La cuestión ya no es cuándo se frenará la sangría, sino cuándo se va a recuperar la imagen de la ciudad. En Granada, que acumuló en sus calles en torno a 2.900 toneladas, se tardó dos días y medio después de suspenderse la huelga para adecentar sus calles. Eso supuso 25.000 horas extra de trabajo. El caso de Sevilla es más complejo: es una ciudad con más población y mayor superficie, lo que dificultará la vuelta a la normalidad. Sólo hay que remontarse a la última huelga convocada por Lipasam, en noviembre de 2000. Tras cuatro días de huelga, se activaron unos servicios especiales de limpieza que tardaron más de tres días en recoger la basura. De llegar las partes a un acuerdo hoy mismo, la plantilla calcula que haría falta "una semana de trabajo y a marchas forzadas [es decir, con el abono de horas extra y más turnos]" para que Sevilla vuelva a estar, cuando menos, decente.
Sin embargo, ese horizonte se atisba aún lejos si uno se atiene en exclusiva a los discursos que se lanzan Ayuntamiento y trabajadores, que están condenados a entenderse pero que no están dispuesto a dar el primer paso y, por tanto, mostrar signos de debilidad.

Sólo hay que ver el papel de Vílchez, que ha representado a la perfección la firmeza del Gobierno local en no mover ni un ápice su postura. Hoy le dará el relevo el alcalde, Juan Ignacio Zoido, que no ha hecho declaraciones al respecto en estos días aunque sí ha estado presente en las comisiones de seguimiento de la huelga. En todo caso, en el cambio de actor no se atisba una diferencia sustancial en el discurso, que está cimentado en un acuerdo firmado en abril con la plantilla en el que donde aceptaban la reducción salarial y la ampliación de horario -aunque no la forma y más cuando las cuentas de Lipasam acabaron en positivo, siempre según la plantilla-. Si algo puede cambiar Zoido, es el tono.

Antes de que el Ayuntamiento desvele hoy su nuevo movimiento, el delegado de Urbanismo volvió a justificar la falta de negociación -la última reunión oficial entre comité y la empresa fue el sábado antes de la huelga- en la proliferación de "actos vandálicos". Como los últimos días, si intuye "coacciones" no hay posibilidad de negociar y, por tanto, se aleja el fin de la huelga. Ayer insistió en los contenedores incendiados. Ya van 71 desde el inicio del paro indefinido, aunque con un fuerte repunte: 20 se produjeron en la noche del viernes y 11 más en una hora -de 17.00 a 18.00 horas-. Pese al incremento, no se anunciaron detenidos de ningún empleado de Lipasam, una cuestión que sirve de base para que el comité de empresa defienda su inocencia de unos daños al mobiliario que el Ayuntamiento cifró en más de 20.000 euros.

A esa crispación se suman los piquetes en la planta de transferencias de la carretera de la esclusa. El Consistorio ha invitado a bares, hoteles y vecinos a que lleven sus bolsas de basura si lo estiman conveniente, algo que el comité ve como una "forma velada" de vulnerar los servicios mínimos. El Ayuntamiento, mientras, procedió a desplegar un operativo policial para escoltar a las personas que vayan a depositar sus residuos.
Si Zoido se mantiene en su posición inicial, la plantilla no lo es menos. Pese a que la huelga no le sale gratis -han perdido ya una semana de sueldo-, están "mentalizados", porque "si paramos no sólo perderemos masa salarial, sino el derecho al descanso", dijo el portavoz, Antonio Bazo, aludiendo a que se quiere usar esas horas de más para que trabajen en sus días de descanso de Semana Santa o Feria en detrimento del personal eventual.

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