Cultura

Lebrijano da muestras de su mejoría en la última gala de La Unión

La última de las galas del Festival de las Minas, que dio paso a las semifinales del concurso, sólo nos dejó detalles de Lebrijano y Manolete y la entrega del joven Manuel Cuevas. Fue la noche de los que tienen fuerza y no saben usarla, y de los que no la tienen y saben aprovechar las poquitas que les quedan. Foto: EFE.

el 15 sep 2009 / 09:53 h.

La última de las galas del Festival de las Minas, que dio paso a las semifinales del concurso, sólo nos dejó detalles de Lebrijano y Manolete y la entrega del joven Manuel Cuevas. Fue la noche de los que tienen fuerza y no saben usarla, y de los que no la tienen y saben aprovechar las poquitas que les quedan. Fue el maestro Chacón quien dijo que para ser un buen cantaor había que tener tres cualidades: "voz, voz y voz". Sin embargo, Caracol dijo que la voz era lo de menos, "que el secreto está en el alma".

El joven sevillano de Osuna Manuel Cuevas, ganador de la Lámpara Minera en 2002, abrió la última gala flamenca del festival de La Unión y salió dispuesto a demostrar que no le dieron el galardón hace seis años por capricho del jurado. Emocionado por tener el enorme privilegio de cantar en la Catedral del Cante, absolutamente llena de aficionados ansiosos de emociones, el ursaonés vino dispuesto a levantar al público y lo consiguió siempre que quiso con sus conocidas letras de temática sentimentaloide, escogidas minuciosamente para llegar al corazón del aficionado. Pero, sobre todo, con su poderosa voz de tenor, una voz campera, limpia, sana como una pera, que el chaval maneja sin grandes problemas.

Con la maravillosa guitarra del catalán Juan Ramón Caro, Cuevas cantó muy bien por mineras, con las que quiso homenajear a Pencho Cros. Bajó el nivel en la farruca y en la zambra de Caracol, para subirlo en las malagueñas de Chacón y El Mellizo, con remate de fandango abandolao de Juan Breva, en las seguiriyas y, sobre todo, en unos fandangos naturales que sin micrófono. Naturalmente, el público se le puso en pie y le dio el aplauso más largo de la noche.

El cantaor Nano de Jerez llegó con la voz con más roces que una bicicleta vieja y un repertorio absolutamente manido. Pero como es pájaro viejo, se apoyó en la buena guitarra de Pascual de Lorca y consiguió arrancar algunos aplausos. Sólo destacó en las bulerías festeras de su tierra, que adornó con unas pataítas, eso sí, de mucho arte. Pero donde tuvo arte fue en las dedicatorias; se acordó hasta del lucero del alba, con su ya clásica ojana y su dicharachero léxico.

Menos mal que después del jerezano salió El Lebrijano, con la voz recuperada y muchas ganas, para demostrar que es el gran maestro de estos tiempos. Acompañado por su sobrino Pedro María Peña, que se ha convertido en un guitarrista a tener en cuenta, Juan el Grande eligió palos festeros como la bulería y la cantiña, pero fue capaz de apretarse los machos para regalarnos unas seguiriyas muy profundas, una de ellas el Reniego de Tomás Pavón, en la que cambió la ligazón del hermano Chico de Pastora por unos cortes bien dados y muy emotivos. Nos produce una gran emoción que Juan Peña Fernández tenga esas ganas de pelearse con el cante.

A las dos de la noche, con muchas butacas ya vacías y la gente cansada, el bailaor Manolete nos obsequió con su magnífica farruca de Juan Pelao y unas alegrías marca de la casa. Cumplió 60 años hace cinco y tiene la figura de hace 30. Lo de este gitano es un milagro de la madre Naturaleza. Su baile no es ya aquél de velocidad de vértigo y enorme agilidad de pies que asombró al mundo entero; lo que hace ahora es distinto, como una kata japonesa, de una solemnidad increíble. Pura danza.

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