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Lección de pintura en el MoMA (I)

No todo el mundo tiene la suerte de acudir por primera vez al MoMA acompañado de un maestro como Ignacio Tovar. Un día de conversación relajada a su lado comentando las obras expuestas se puede convalidar, sin entrar en exageraciones...

el 15 sep 2009 / 18:42 h.

No todo el mundo tiene la suerte de acudir por primera vez al MoMA acompañado de un maestro como Ignacio Tovar. Un día de conversación relajada a su lado comentando las obras expuestas se puede convalidar, sin entrar en exageraciones, por un año completo de Historia del Arte. Se aprende tanto de los modos y maneras de la pintura contemporánea, que no se descubre lo ignorante que es uno hasta que no percibe de cerca el conocimiento profundo y cimentado que tienen los que saben de verdad.

Nuestras horas de charla durante la visita discurrieron por diferentes derroteros y temáticas. Desde Monet hasta Donald Judd. Hablamos de conceptos, de los abstractos americanos, de Robert Hughes, de escultura? Dialogamos mucho largo y tendido.

Mientras veíamos Las Señoritas de Avignon con prolongada satisfacción para luego adentrarnos en los misterios de Matisse tres salas más adelante, conveníamos en resaltar la fruición con la que ambos artistas se enfrentaban al cuadro. Era tal el esfuerzo en la búsqueda del gesto exacto, en el empeño por contrapesar ritmos y materia degustando con los cinco sentidos, que lo que conseguían, más que una obra concreta, era demostrar un dominio incuestionable del oficio. En las telas de los grandes colosos modernos lo representado está supeditado a la pintura. Primero es la pintura y luego el motivo. Es muy probable que distingamos una ventana o un bodegón, pero eso no es lo importante, aunque sí puede que sea lo que se advierta antes. Hay que ir más allá, mirar más lejos. Lo fundamental para un buen artista no es el virtuosismo ni el efectismo, esa complacencia es relativamente sencilla. Lo difícil de verdad es luchar constantemente contra lo que hace, ganarle la partida al cuadro una y otra vez, domeñarlo, concebir algo atemporal puramente pictórico que trascienda lo circunstancial para que perdure siempre.

En el fondo, lo único que diferencia a Rothko, Barnett Newman o Franz Kline de Matisse o Picasso es el estilo. Porque en esencia son lo mismo: pintura pura.

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