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Lecciones francesas

Perplejidad, desconcierto, incredulidad. Cualquier término vale para calificar el enredo en el que se han metido los socialistas franceses. El alcalde de París y candidato a dirigir el Partido Socialista francés, Bertrand Delanoë, ha propuesto convertir al partido socialista en un proyecto que sea "liberal y socialista".

el 15 sep 2009 / 05:56 h.

Perplejidad, desconcierto, incredulidad. Cualquier término vale para calificar el enredo en el que se han metido los socialistas franceses. El alcalde de París y candidato a dirigir el Partido Socialista francés, Bertrand Delanoë, ha propuesto convertir al partido socialista en un proyecto que sea "liberal y socialista". Una idea que ha desatado una tormenta ideológica entre las filas socialistas. Un tornado en el que giran enloquecidas las diferentes posiciones sobre la libertad de mercado, el papel del Estado, los derechos civiles, la libertad individual y el derecho a la propiedad. Los seguidores de Royal han reaccionado acusando a Delanoë de derechización. Hollande ha propuesto, para salir del atolladero, una "ofensiva" ideológica. Limitar la definición programática a una defensa del Estado y la cohesión social, para poder afrontar la globalización. Un culebrón que evidencia la naturaleza del problema del socialismo francés. Un conflicto que, a semejanza de otros más cercanos, ilustra como el oportunismo suele camuflarse ocultando la ausencia de ideas.

En España, Felipe González tuvo la inteligencia de resolverlo en 1979. Aquel año los socialistas sepultaron el marxismo y formularon un proyecto para España que ha sido dominante desde entonces. Desde los valores de la Transición, se desplegó un reformismo modernizador progresista que ha condicionado la mejor época de toda nuestra Historia. Un relato político de indudable éxito, basado en esa convicción colectiva de que el futuro no está previamente trazado. Ese compromiso colectivo a favor de un proceso de crecimiento constante combinado con libertades. Ese mirar hacia atrás con el orgullo colectivo de la meta alcanzada. Una visión de país de un optimismo indestructible.

A diferencia del aznarismo, que no fue capaz de formular una alternativa suficiente, probablemente Zapatero ha sido el dirigente español contemporáneo que mejor ha leído esa lógica, ese optimismo estructural. Al estilo de Mitterrand con De Gaulle, intuyó correctamente que había que actuar en términos de renovación y no de ruptura del relato nacional. Interpretando la herencia que fundamenta esta época democrática, confrontó con la agresividad monolítica de un sector despistado políticamente, abandonado al atajo de las fracturas sociales.

Sabía que formular un proyecto político nacional pasa indefectiblemente por imaginar y construir España desde los valores de la Transición, con las claves intelectuales y sociológicas del espíritu reformista modernizador de los 80. Rajoy ahora acierta a reconocer el problema cuando les dice a sus críticos, a la defensiva y casi a la desesperada, que la agenda del PP debe ser algo más que ETA y España. El problema del socialismo francés, como de cualquier otro proyecto, no es resolver complejas disquisiciones intelectuales. Es reconocer la moraleja de esta lección francesa. Gana quien acierta. Quien da con la fórmula del proyecto de país que la gente realmente anhela y necesita.

Abogado

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