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Leopoldo Iglesias Macarro, un referente antifranquista

el 05 mar 2013 / 23:37 h.

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Leopoldo Iglesias Macarro, veterano militante comunista y un histórico de la lucha antifranquista, falleció el sábado pasado en Sevilla después de una intensa vida dedicada a la causa del movimiento obrero, la lucha antifranquista y a la recuperación de la Memoria Histórica. Nacido en Nerva el 3 de febrero de 1927, localidad desde donde se organizó la Columna Minera que intentó defender en Sevilla la República, fue uno de los responsables de organización del Partido Comunista de España en la provincia de Sevilla en los años más crueles de la postguerra.

Hijo de minero con inclinaciones anarquistas, Leopoldo, o Gabriel, o Bruno (sus alias en la clandestinidad), ingresó en el PCE a los 16 años. Con 22 años fue detenido, juzgado en Consejo de Guerra y condenado a más de veinte años de prisión por actividades subversivas y auxilio a la rebelión militar. El PCE le había encomendado la organización de guerrillas y el auxilio a los maquis en las sierras de Sevilla, Cádiz y Málaga. Sin embargo, un golpe de suerte le permitió salir prácticamente a los tres años de la cárcel de La Ranilla (Sevilla), donde ingresó en 1949, beneficiándose de un indulto que el régimen de Franco concedió a algunos presos por la celebración de un congreso eucarístico. Fue la única vez que comulgó con una idea de la Iglesia. En la cárcel coincidió con otros históricos presos comunistas que fueron fusilados, como José Mallo Fernández, Luis Campos, Manuel López Castro y José Rodríguez Corento. A su salida siguió organizando huelgas, ideando sabotajes, organizando las redes de apoyo a los presos antifranquistas y abasteciendo a la organización político-militar. Dando guerra...

Convencido defensor de la República, marxista y leninista, cuando los vientos reformistas se instalaron en la dirección del PCE tras la llegada a España de Santiago Carrillo, Leopoldo decidió dar un paso atrás y mantenerse en las bases a pesar de los ofrecimientos para seguir en la vanguardia del partido.

En sus domicilios de Sevilla, primero en el barrio de El Cerro del Águila y después en la barriada de Bami, dio cobijo, cama y comida a los diferentes miembros del Comité Central que iban llegando a Sevilla a medida que el régimen de Franco iba debilitándose, como el caso de Manuel Delicado, que recibió su hospitalidad y la de su familia durante dos años aproximadamente. Fue un luchador íntegro, incansable, coherente y meticuloso, que aguantó en clandestinidad los peores y más sangrientos años de la represión de Queipo de Llano y los fascistas sevillanos. Leopoldo Iglesias Macarro forma parte de la generación más olvidada por la Transición y la Democracia de este país, ésa que jamás se rindió y a la que muchos intentaron enterrar.

Vivió la persecución, la tortura, un consejo de guerra, el encarcelamiento, la clandestinidad y de nuevo la persecución... Tras su salida de la cárcel, no pudo acabar sus estudios en la Escuela de Ingenieros y fue despedido, reiteradamente, de los empleos que iba consiguiendo, en los Astilleros de Sevilla o en la fábrica de Construcciones Aeronáuticas de Tablada...
Pero no le temblaron las ideas, ni quebraron su fortaleza ni su compromiso, y junto a otros veteranos como José Cordero o Gervasio Puerta fue uno de los impulsores de la Asociación de Expresos y Represaliados Políticos Antifranquistas, desde donde se fraguaron las primeras acciones reivindicativas para la Recuperación de la Memoria Histórica. Probó suerte en otros trabajos. Fue técnico mecánico, delineante, proyectista, representante de maquinaria agrícola, vendedor de libros... hasta que abrió en Bami el Puesto Verde, un conocido quiosco de prensa, destino de militantes comunistas y progresistas sevillanos que buscaban un ejemplar del Mundo Obrero bajo el envoltorio clandestino del Abc y La Hoja del Lunes. Cuentan que su historia inspiró en parte la película Miel de naranjas, con guión de Remedios Crespo y dirección de Imanol Uribe. Sus últimos años los dedicó, especialmente, a defender los logros de la Revolución Cubana y los derechos de los trabajadores. Jamás faltó a su cita el 14 de abril, ni a las continuas llamadas de los compañeros más jóvenes para que participase en los diferentes actos reivindicativos. Y cuando la enfermedad ya se había manifestado amargamente, se le volvió a ver activamente visitar las fosas comunes de los ejecutados por Franco.

El sábado 2 de marzo se fue, guardando múltiples secretos de la clandestinidad vivida, con su bandera morada, con la hoz y el martillo a cuestas, defendiendo la revolución cubana y con el puño levantado. Sin acritud, orgulloso del país que intentó dejar a sus hijos y nietos, pero con el pesar de que la lucha, su lucha por la vanguardia obrera, seguía vigente ante los ataques ultraneoliberales que pretenden acabar con todo aquello por lo que él y muchos otros entregaron su vida. Por supuesto, en su funeral no hubo cruces, ni cristos, ni vírgenes... Y escuchó por última vez los cantos de La Internacional.

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