Cultura

Lluvia de trofeos en una apoteosis matinal pero escasa de hilo argumental

Diego Ventura, Enrique Ponce y Alejandro Amaya se repartieron un total de nueve orejas y un rabo.

el 14 mar 2010 / 20:55 h.

PLAZA DE TOROS DE ESPARTINAS
Ganado: Se lidiaron dos toros de Benítez Cubero para la lidia a caballo, flojos y mansos. Los de lidia ordinaria pertenecieron al hierro de Santiago Domecq, lidiándose el segundo como sobrero. Resultaron dóciles, de escaso fuelle y mansurrones en líneas generales. El más complicado fue el sexto.
Lidiadores: Diego Ventura, oreja y dos orejas.
Enrique Ponce, dos orejas y dos orejas y rabo.
Alejandro Amaya, dos orejas y ovación.
Incidencias: La plaza registró algo menos de media entrada en mañana muy soleada y primaveral.


La temporada alzaba el telón en la provincia de Sevilla con este peculiar festejo mixto que implicaba el estreno de la nueva empresa, comandada por José Luis Peralta, al frente del coso de Tablantes. Pero si sobre el papel faltaba hilo argumental y nexos de conexión a la terna, en la práctica se pudo comprobar que el desarrollo de la corrida adolecía de cohesión interna pese a la bondad del público que dejó a medio llenar la plaza y las evidentes ganas de agradar de los actuantes, que oficiaron un auténtico precalentamiento de campaña en función de lo que cada uno podía dar.

El estreno del Sol sobre lo que queda de Aljarafe debió predisponer positivamente al personal, que acudió a la plaza pertrechado de todo tipo de prendas de abrigo y salió tan campante en mangas de camisa. Y así, la parroquia pidió dos orejas para Enrique Ponce por una primera faena pulcra, elegante y muy templada al segundo, un sobrero que sustituyó al titular por partirse un pitón por la cepa. Sobrado, casi de entrenamiento, Ponce brilló especialmente en los cambios de mano, basando su faena sobre la mano derecha. Fiel a sí mismo, prolongó la labor en las querencias del animal, abrochando el trasteo con un puñado de naturales a toro rajado y unos muletazos por bajo pegado a tablas. La espada funcionó bien, echándose al coleto esos dos trofeos a los que sumaría las dos orejas y el rabo cortados al quinto de la tarde, un toro flojo y noble al que cuidó milimétricamente en la lidia. La faena, siempre templada, tapándole todos los defectos al animal, llevándole muy metido en la muleta, fue impecable e inteligente aunque excesiva en metraje, apurando las embestidas hasta más allá de lo aconsejable en una demostración de poderío en la que cantaba la escasa entidad del enemigo. El acero volvió a ser efectivo y el personal a esas alturas ya andaba encantado.

El mexicano Alejandro Amaya volvió a mostrar las mismas virtudes y defectos que no le permiten despegar definitivamente: pulcro, con buen trazo y elegante en las formas pero con un escaso motor que le impide comprometerse a fondo. La faena al tercero de la tarde fue limpia, de correcto concepto pero carente de garra. El toro, rajado y noble, tampoco era para tirar cohetes. Muchos más apuros pasó con el áspero sexto, que no le dejó serenarse de verdad ni una sola vez.

Inasequible al desaliento, Ventura puso todo lo que le faltaba a sus dos enemigos: entusiasmo, garra y espectacularidad. Tuvo que esforzarse a tope el rejoneador de la Puebla del Río, clavando prácticamente a toro parado y arriesgando las cabalgaduras para sacar partido a la mansedumbre de las dos reses de Benítez Cubero. Vertiginoso y entusiasta, la lidia del cuarto fue una exhibición de riesgo que llegó a todo el público.

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