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Lo importante es participar

El atleta francés Salim Sdiri lleva a gala, quizás más que nadie, la máxima de su famoso compatriota, el barón de Coubertin. Para él, que estuvo a punto de perder la vida en un desgraciado accidente el verano pasado, la gloria olímpica consiste en volver a competir. (Foto: EFE).

el 15 sep 2009 / 00:38 h.

El atleta francés Salim Sdiri lleva a gala, quizás más que nadie, la máxima de su famoso compatriota, el barón de Coubertin. Para él, que estuvo a punto de perder la vida en un desgraciado accidente el verano pasado, la gloria olímpica consiste en volver a competir.

"El tipo de las mediciones me está vacilando. No es posible". Salim Sdiri no salía de su asombro el viernes pasado, durante la disputa de los campeonatos de Francia de atletismo en pista cubierta de Burdeos, a los que se había inscrito "para poder pasar un fin de semana con colegas a los que no veía desde el accidente". En su primer salto de la ronda de calificación, había aterrizado en los 7,81 metros, una marca normalita incluso para él, que no es de los mejores especialistas mundiales en longitud. Pero que en sus actuales circunstancias, constituía una fabulosa hazaña.

Dos días después, en la final, obtenía la segunda plaza con un brinco de 7,98 y cuatro nulos, consecuencia de su ansia por obtener la mínima para estar en Pekín. "No había completado una sesión de entrenamiento seria en todo el invierno. Había hecho algunos saltos en los que me había encontrado bien pero irse a casi ocho metros es mágico tan sólo siete meses después de lo que ocurrió". ¿Y qué fue lo que ocurrió? Pues que estuvo a punto de morir, el pasado 13 de julio, atravesado por una jabalina durante el mitin de Roma.

Sdiri cambiaba impresiones con el italiano Andy Howe al borde del pasillo de longitud cuando el dardo lanzado por el finés Tero Pitkämäki se clavó en su costado. El francés cayó al suelo más asustado que dolorido mientras que Howe, presa de un ataque de nervios, llamaba la atención de las asistencias, que lo trasladaron al hospital. Nadie se explica cómo a un lanzador tan experto se le pudo desviar tanto el tiro por un simple resbalón. El jabalinista, deprimido por el incidente, pensó en la retirada y tuvo que ser el propio Sdiri quien lo convenciera para que siguiera compitiendo. Con tan buena estrella, que Pitkämäki ganó un mes después el Mundial.

En principio, todo pareció quedar en un susto. Los médicos del hospital Gemelli de Roma aseguraron que la punta de la jabalina había penetrado cuatro centímetros en el cuerpo del atleta sin alcanzar los órganos vitales pero dos días después de recibir el alta, tuvo que volver al hospital debido al dolor. Lo que había recibido Sdiri era "como el impacto de un arma blanca que entra veinte centímetros, perfora el hígado y provoca hemorragias internas".

Peligro de muerte.

Meses después, se supo que la vida de Salim Sdiri había corrido serio peligro, así que nadie se atrevía a preguntarle por su futuro deportivo. El saltador se recluyó en su casa y guardó silencio hasta el pasado 1 de febrero. "Vuelvo para saltar y saber si puedo estar entre los mejores en Pekín", declaró ese día. Su ambición fue recibida con ese punto de conmiseración que generan quienes sueñan con lo imposible, pero sus dos saltos de Burdeos han ablandado hasta a Franck Chevallier, el severo director técnico de la Federación Francesa: "La mínima es exigente porque no queremos que ningún atleta francés vaya de figurante a los Juegos pero si hay que hacer una excepción, se va a hacer con este chico".

Es posible que Sdiri no llegue a la cita olímpica en condiciones de luchar con Howe, su improvisado "enfermero" de Roma, con el intratable panameño Irving Saladino o con nuestro Joan Lino, pero ese salto de 7,98 de hace unos días, realizado sin entrenar, le habría dado una plaza de finalista en el último Mundial.

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