Cultura

Lo jondo y la conquista del mundo

La declaración de la Unesco no sólo sería un importante logro político, sino el resultado de más de siglo y medio de lucha

el 06 nov 2010 / 15:57 h.

-->--> -->

Los andaluces siempre hemos pensado que el flamenco es muy nuestro, y lo es, desde luego. Nació en nuestros montes, en nuestros campos, en nuestros pueblos y en los barrios de nuestras ciudades; se desarrolló artísticamente gracias a la creatividad de sus intérpretes, de grandes artistas como El Planeta, El Fillo, Silverio Franconeti, La Serneta, El Canario, el Maestro Patiño, Juan Breva, La Peñaranda, La Trini, el Niño de Cabra, La Cuenca, Chacón, Manuel Torre, Ramón Montoya, Carmen Amaya, Manuel Vallejo, Caracol, Marchena y Mairena, por no hacer la lista interminable.

Ellos se encargaron de crear los estilos, de fijarlos y darlos a conocer, primero en las fiestas familiares y luego en los cafés cantantes, una etapa fundamental para el desarrollo público de este arte que, sin embargo, sufrió el rechazo de la sociedad andaluza y, en general, de todo el país. El sólo hecho de cantar o bailar en uno de aquellos cafés, como los de El Burrero, en Sevilla, o El Chinitas, en Málaga, era motivo para que el sector más puritano de la hipócrita y conservadora sociedad del XIX atacara a los flamencos, como ocurrió con Concha la Peñaranda: "Conchita la Peñaranda/, la que cante en el café/, ha perdío la vergüenza/, siendo tan mujé de bien".

En la capital de España había tantos cafés o más que en Andalucía, donde nuestros artistas triunfaban cada noche. El cantaor Juan Breva, de Vélez-Málaga, actuaba todas las noches hasta en dos teatros y cafés, en 1880, y su éxito irritaba a quienes consideraban que los tenores italianos estaban por encima del malagueño. No creemos que fuera porque llenaba todas las noches el Café de la Bolsa mientras los tenores apenas ocupaban la mitad de las butacas de los teatros, algo que los cronistas de la Villa y Corte no encajaban bien y que combatían con una crueldad increíble.

Ser flamenco en Madrid era peligroso. Paquirri el Guanté fue encarcelado en 1862 por un crimen que no cometió, donde falleció. Al poco tiempo se descubrió que no había tenido nada que ver con el robo, con incendio y asesinato incluidos. Pero el genio gaditano murió en el temible Saladero. En 1883, otro cantaor gaditano, José Ortega Cepeda, Caobita, sobrino de Tomás el Nitri, se enfrentó a cerca de dos años de cárcel por el simple hecho de no querer pagar una cuenta y formar gresca en un café. Según los periódicos, algunos políticos iban luego a escucharlo cantar al presidio, porque cantaba que crujía los huesos.

También en Barcelona menospreciaban al arte andaluz. La Dinastía publicó el 12 de agosto de 1888 un artículo demoledor bajo el epígrafe La plaga flamenca, en el que se decía, entre otras atrocidades, que "lo flamenco es una verdadera plaga y una plaga que toma caracteres de epidemia".

A pesar de este acoso y derribo contra lo flamenco, el arte de lo jondo y sus intérpretes sacaron al teatro andaluz de la crisis que padeció en el último tercio del siglo XIX. El maestro sevillano Silverio Franconeti -al que Sevilla tiene que ponerle ya un monumento en la Alfalfa, donde nació-, creó compañía propia y llenaba todos los días los teatros de toda Andalucía, contribuyendo a profesionalizar a los intérpretes, que en su mayoría ejercían sus oficios durante el día -solían ser herreros, carniceros y jornaleros del campo-, para por las noches cantar, bailar y tocar la guitarra en los cafés y en los teatros.

No tardarían los flamencos en salir de gira por el mundo. Directores de importantes teatros franceses, italianos, alemanes, rusos y americanos visitaban los cafés de El Burrero y Silverio para contratar sus cuadros, aprovechando las ferias internacionales y las exposiciones universales. En 1895 ya viajó una compañía de flamencos a Berlín, con artistas como La Macarrona, La Bocanegra, el guitarrista sevillano Rafael Marín y las hijas de El Ciego, célebres bailaoras sevillanas, obteniendo un éxito extraordinario. Las crónicas destacaban lo exótico de lo jondo, pero también el arte de aquellos héroes andaluces que comenzaron a llevar por el mundo un género musical y dancístico que, curiosamente, en Andalucía todavía era atacado desde los periódicos.

Lo jondo no era ya sólo un arte de nosotros y para nosotros, sino un género con proyección internacional que comenzaba a crear puestos de trabajo y una economía sostenible muy necesaria en unos tiempos de mucha pobreza. Nuestros artistas eran tan célebres fuera de España, aún en el XIX, que en París secuestraron a la jerezana Juana la Macarrona, de lo que se hicieron eco los periódicos parisinos y, desde luego, los españoles. Al final resultó que el secuestrador era sólo un millonario que se enamoró locamente de la gran bailaora, quien acabó sus días en Sevilla, concretamente en la Alameda de Hércules.

Con la decadencia de los cafés llegó el auge del teatro a través de algunos artistas revolucionarios como Don Antonio Chacón, Fosforito el de Cádiz, El Mochuelo, la Niña de los Peines, Manuel Escacena y Manuel Torre. El nacimiento de la discografía, a finales del XIX, contribuyó más aún a la difusión por el mundo del cante andaluz. Sellos discográficos franceses, alemanes, americanos e ingleses enviaban a sus ingenieros a registrar en los discos de pizarra el cante de estos genios, placas que hoy son verdaderas joyas de colección. Algunos, como la Niña de los Peines, cogieron el tren y se fueron a grabar al extranjero. "Cuando grabé en Berlín, en 1913, los ingenieros lloraban escuchándome cantar por seguiriyas", declaró a un periodista la gran artista.

El cante se dio a conocer en el mundo de una manera increíble, lo que contribuyó a que los empresarios de los teatros contrataran a nuestros artistas, como cuando Chacón, en 1912, cantó en Buenos Aires durante un mes y aún se habla en las tabernas de aquella gesta. La universalidad de lo jondo era ya un hecho, pero en Andalucía seguían muriendo nuestros artistas en la más denigrante pobreza y el abandono por parte de las instituciones públicas era total. Muchos artistas importantes tuvieron que ser enterrados de caridad por aficionados adinerados o por sus propios compañeros.

En 1922, en pleno auge del flamenco más comercial y cuando lo jondo comenzaba a ocupar grandes escenarios, como las plazas de toros, con la llegada de la ópera flamenca, Federico García Lorca y Manuel de Falla, apoyados por otros grandes artistas e intelectuales, organizaron en Granada el Concurso de Cante Jondo con la idea de dar una llamada de atención sobre el cante, que, según Lorca, estaba pereciendo víctima de la comercialidad.

Justo cuando grandes empresarios, como Monserrat y Verdines, entre otros muchos, comenzaban a crear grandes espectáculos, encabezados siempre por las máximas estrellas del género -Chacón, Pastora, Montoya, Vallejo, Cepero, Marchena y Ricardo-, llegaba ese toque de atención desde Granada, con un certamen fallido a todas luces en lo artístico, pero que sirvió para que el mundo comenzara a darle al flamenco la importancia que tenía, sobre todo desde un punto de vista cultural y al margen del puro negocio económico.

El auge del mundo discográfico y el cinematográfico, sin olvidarnos del teatral, contribuyeron a relanzar al género y a nuevas estrellas como el Niño de Marchena, Pepe Pinto, la Argentinita, Carmen Amaya, Manolo Caracol, Canalejas de Puerto Real, la Niña de la Puebla o Valderrama, apogeo que fue parado en seco con la llegada, en 1936, de la Guerra Civil.

La contienda acabó con la proyección nacional e internacional del flamenco, que no levantaría cabeza hasta los años cincuenta, cuando el nacimiento de los concursos nacionales -Córdoba, y La Unión algo más tarde-, la flamencología, los primeros festivales de verano, la llegada del microsurco y con él las primeras grandes antologías discográficas; la Cátedra de Flamencología de Jerez, la creación de grandes compañías como las de Antonio el Bailarín, Manolo Caracol o Pilar López, el interés de las universidades y el nacimiento de las peñas flamencas, abrieron quizás la única etapa de la historia del flamenco en la que el negocio y el aspecto cultural del género se entendieron a la perfección para trazar las líneas sobre las que se construiría la época actual.

Hombres como Antonio Mairena, que fue galardonado con la tercera Llave de Oro del Cante en Córdoba, en 1962, convirtiéndose en la gran figura del cante y en el artista que cambiaría el curso del cante jondo, llevando a cabo una gran labor de difusión y dignificación; como Paco de Lucía, Antonio Gades, Mario Maya, Matilde Coral, Cristina Hoyos, Camarón de la Isla, Enrique Morente, Lebrijano, Manolo Sanlúcar, Fosforito y José Menese, entre otros, algo más tarde, consiguieron consolidar el pináculo del género y su proyección definitiva en el mundo.

En 1980 se crea la Bienal de Flamenco, dando lugar al compromiso de las instituciones públicas, de una forma ya continuada, contribuyendo a la creación de nuevas compañías y a la llegada de proyectos como la creación del Centro Andaluz de Flamenco y la Compañía Andaluza de Danza, con la Junta de Andalucía plenamente comprometida ya con nuestro arte.

Si la Unesco nos concede a mediados de este mes la petición de que el flamenco sea por fin declarado Bien de Interés Inmaterial de la Humanidad, será no sólo un logro político importante, sino el resultado de más de siglo y medio de lucha, desde Silverio a Manolo Sanlúcar, por parte de artistas, aficionados, empresarios, poetas, músicos, flamencólogos, críticos y medios de comunicación. En definitiva, será una conquista de Andalucía, de los andaluces, pero también de todas aquellas tierras del mundo donde siempre ha habido un sitio para el flamenco.

  • 1