Cultura

Lo mejor fue de Perera y Cayetano

José María Manzanares, Miguel Ángel Perera y Cayetano Rivera se repartieron ocho orejas y salieron a hombros de la Real Maestranza de Caballería de Ronda tras la celebración de la LIII Corrida Goyesca, en la que se lidió una deslucida corrida de Luis Algarra.
> >Alta costura y menos rostros conocidos que otros años

el 16 sep 2009 / 08:14 h.

Torear en Ronda -más allá del caché económico, por encima de lo estrictamente profesional- implica un encuentro con las fuentes del toreo moderno que legislaron los Romero. Si hay otras goyescas que no se sacuden el aire de zarzuela, la de Ronda se convierte en templo, meca del toreo en la sangre de la familia Ordóñez, mantenedores de este rito torero que tuvo en el gran Antonio su sumo sacerdote.

La corrida había comenzado en tono tibio con un toro de Algarra tan noble como soso al que Manzanares enjaretó una templada y estética faena que supo administrar sus escasas fuerzas. Pero el animal sólo le dejó expresarse en el inicio del trasteo y, sobre todo, en el toreo zurdo de una faena a la que le faltó el material idóneo para llegar al tendido.

Tampoco el cuarto le dejó estar a gusto del todo manejando el capote. Manzanares puso toda la carne en el asador para imponerse, tirar de él y dibujar buenos muletazos en una tarde que hasta ese momento no había arrojado ningún capítulo interesante. Hubo templanza en el trasteo, que sólo se rompió de verdad en una serie diestra ligada, maciza y bien resuelta en la que el toro se entregó de verdad. Ése fue el mejor lado del toro y el centro de una faena completada por ayudados por alto y rubricada con un estoconazo que se tradujo en dos orejas.

Perera brindó el primer toro de su lote a Francisco Rivera Ordóñez, que este año prefirió quedar tras la barrera y asumir en exclusiva el papel de empresario que heredó de su abuelo, el gran Antonio Ordóñez.

Atornillado a la arena en los primeros muletazos por alto, Perera se libró de resultar herido después de ser derribado con los cuartos traseros del toro gracias a la solvencia de Joselito Gutiérrez. Pero Perera tenía claro su papel en esta LIII Corrida Goyesca y se lo llevó a los medios en una serie maciza y mandona que terminó de desengañar al toro de Algarra. Todo el trasteo se desarrolló en el centro del platillo y aunque la sosería del animal le restó emoción, el diestro extremeño impuso su ley en una faena hilada, ligada y compacta que le sirvió para cortar la primera oreja de la tarde.

El cuarto tampoco llegó a entregarse en el capote de Perera, que lo dejó crudo en varas en espera de aprovechar las fuerzas claudicantes de un animal que, a esas alturas, no había salvado el honor de la vacada sevillana. Perera brindó ese toro al público y lo esperó en los medios en un ajustado péndulo al que siguió esa tremenda entrega, el exigente concepto de un torero al que le vinieron muy chicos los tres toros que acabó lidiando.

Pero Perera supo dejarle la muleta en la cara, siempre por delante, para construir un trasteo por encima, a años luz de la escasa calidad del toro de Algarra, quinto ejemplar de un encierro decepcionante que no estuvo a la altura de la categoría de un acontecimiento que este año pasó de puntillas.

El poderío de Perera se diluía en la sosería del astado aunque su sobredosis, totalmente metido en los pitones, terminó de dejar más que claro su papel dominador. La gente pidió con fuerza la oreja y el presidente, Manuel Baena, se anotó su particular petardo negándola y sacando el pañuelo antes de tiempo hasta el punto de equivocar al alguacil, que salió del desolladero con un trofeo en la mano en medio de una confusión que se resolvió con la doble vuelta al ruedo del torero.

Mas Perera no se quería ir a pie y pidió el sobrero. Y el de Puebla de Prior lo cuidó en una faena templada y entregada, de creciente intensidad, que terminó de meter al toro y al público en la canasta a pesar de que el astado, corto de viajes, no quería unirse a la fiesta. Pero esta vez no hubo discusión: el trazo largo y el sitio de Perera fueron la guinda a la Goyesca. Las dos orejas, de ley.

Llegaba el turno del más esperado. Con o sin el centelleante vestido goyesco de Armani, Cayetano se miró en sus mayores para doblar la rodilla en el recibo capotero al tercero de la tarde, un toro algo tardo, probón y sosete pero con fondo de nobleza al que sacó a los medios con majeza sin que la posterior serie diestra mantuviera el mismo hilo.

Cayetano llegó a ser sorprendido por el pitón derecho y el metraje posterior de la faena, pese a la evidente voluntad del torero, transcurrió en el tono desigual que permitió el toro. Sólo la estocada logró la total unanimidad aunque Cayetano, sabedor de su papel de defensor de la dinastía, salió a por todas en el sexto.

Había que recoger las botellas del lío anterior, pero no importó. Cayetano se templó a la verónica y se entregó sin fisuras en la muleta después de brindar a la modelo sevillana Eva González. Y el torero hizo honor a tan exigente dedicatoria con un templado y elegante toreo al natural que, a la postre, fue de lo mejor de la tarde. Cayetano estaba sacando su esencia y entusiasmó al personal en varios circulares ligados que hicieron romper el trasteo. Pero todavía hubo más. Toreó a placer sobre la derecha y, en definitiva, cuajó una de sus mejores tardes.

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