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"Lo perdonó otra vez. Y él la mató"

La familia de Cristina Maestre, la joven asesinada en Los Pajaritos hace un año, trata de conseguir ahora la custodia de sus dos hijos.

el 07 feb 2010 / 19:49 h.

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Julio mira una foto de Cristina el día de su boda, con su padre y otra hermana.

"En verano estuvo a punto de dejarlo. Se lo dijo a mi padre y todo, y como la apoyamos mucho estaba animada y parecía que lo iba a hacer. Pero él la llamó desde el centro de desintoxicación y lo volvió a perdonar. Seis meses después, ese canalla la mató". Julio Maestre habla de su hermana Cristina, muerta el 9 de febrero del año pasado a los 29 años. Su marido le asestó 11 puñaladas antes de saltar por el balcón de su piso de Los Pajaritos.

Su familia no lo sabría hasta un día después, porque Pedro Campallo, entonces de 28 años, pasó la noche y la mitad del día siguiente con el cadáver antes de llamar al 112 para contar lo que había hecho y tirarse desde el cuarto piso. Se rompió la dos piernas, las costillas, la pelvis, el bazo, se destrozó el tórax y pasó varios meses ingresado, pero sobrevivió. Ahora, ingresado en prisión, se ha opuesto a la petición de la familia de Cristina, que ha solicitado la patria potestad de los dos hijos de la pareja: Pedro, hoy de siete años, y Yeray, de tres.

Un año después, con los papeles del caso estrujados nerviosamente en la mano, Julio sabe lo que vivió su hermana. Una autopsia que certifica una muerte brutal, denuncias, cartas que lo revelan a él como un hombre manipulador y a ella como una mujer demasiado entregada para ser feliz torturan a su hermano más que entonces, si cabe.

Cristina había denunciado dos veces a Pedro por malos tratos. La primera por "puñetazos, bocados y agarrones del pelo", en 2005, y la segunda por maltrato y amenazas de muerte en verano de 2009, cuando se planteó dejarlo. Pero las dos veces se echó atrás para volver con él y la Fiscalía no mantuvo la acusación. Las denuncias se archivaron y la familia no llegó a saberlo: "Ella no contaba nada para protegerlo; estaba cegada, porque lo quería y por sus hijos", explica Julio.

Cuando Cristina fue asesinada y a su padre se le terminó de caer la venda de los ojos sobre su yerno, que nunca le gustó, el mundo se le vino encima: no se perdonaba no haberse entrometido entre los dos, porque desde que en verano su hija le dijo que pensaba dejarlo y le contó por qué, él había terminado de echarle la cruz. Pero fue tras su muerte cuando reinterpretaron muchas cosas: "Yo la vi una vez con un ojo hinchado pero me dijo que su hijo le había dado con la bota en la cara cuando se la estaba poniendo", dice Julio. "Y cuando murió, su hijo dijo que el padre le había tirado un bote de colonia en la cara. Y que ella decía que tenía que hablar conmigo, pero cuando yo iba a verla siempre estaba el marido delante y nunca me contó nada", lamenta. "Hace tres años, le dijo a otra hermana mía y a una amiga que no iba a morir de muerte natural". Tras el crimen, el desconsuelo se instaló de tal forma en la familia que algunos han necesitado tratamiento contra la depresión.

Él admitió por carta que la manipulaba. Cuando su padre recibió las cosas de Cristina, encontró una carta que Pedro le escribió una de las tres veces que estuvo en un centro tratando de dejar la droga. Como parte de la cura debía analizar sus sentimientos, y confesaba que había manipulado los sentimientos de su mujer y su familia para que ella quedara mal ante todos y no tuviera en quién apoyarse salvo él, para asegurarse de que nunca lo abandonaría.
Su historia había empezado pronto. Julio no sabe si Pedro fue el primer novio de Cristina, pero sí fue el único que él conoció. Se casaron a los 18 años, cuando ella esperaba ya a su primer hijo, Christian, que moriría de bebé al poco de nacer, de muerte súbita. Fue uno de los primeros dolores de una pareja que vivió mudándose de casa en casa y que subsistía con el trabajo de ella, que limpiaba casas y tenía una tienda de desavío en el barrio montada con dinero que le prestó su padre. "Él no trabajaba, era muy vago. Lo echaron de muchos sitios. Yo lo tuve trabajando conmigo pero duró tres días porque no hacía nada", dice Julio, que no tenía una relación especial con su cuñado. "Me era indiferente".

Julio cuenta que las discusiones acabaron siendo frecuentes, porque ella tenía carácter y se enfadaba mucho con él, por no ayudarla y también por las drogas. Pero Cristina tenía ya dos hijos y no quería separarlos del padre. Decía que lo adoraban. Julio cree que aguantó porque se acostumbró a esa vida. "Tenía síndrome de Estocolmo, estaba acostumbrada al maltrato y no veía más allá. Al final incluso se alejó de su familia porque se encerró con él en su mundo. Creo que temía verse sola si lo dejaba".

El día del crimen, hace mañana justo un año, los hijos de la pareja estaban con una amiga que se extrañó de que no fueran a recogerlos. Cuando supieron lo ocurrido, Julio fue a por ellos. Ahora viven con los abuelos maternos, que han pedido la patria potestad. Pedro se ha opuesto desde prisión, donde está ingresado desde que salió del hospital. Julio no sabe en qué cárcel está, ni le importa. Pero no quiere verse llevando a sus sobrinos a visitar al hombre que mató a su hermana. "Mi padre estuvo llevándolos a ver a los otros abuelos, pero él que no espere que se los llevemos a la cárcel. Tendrían que venir los Geos a por ellos".

Entretanto, esperan un juicio cuya fecha se sabrá pronto, porque la instrucción ha concluido, como confirma el abogado de la familia, Pedro Fernández. En breve, cuando se decida si lo enjuiciará un jurado o un tribunal profesional, tendrá que pedir la condena. Lo hará por asesinato -Pedro confesó haber apuñalado a Cristina por la espalda mientras dormía- y por un delito continuado de violencia de género, para intentar resarcir, aunque ya sea tarde, lo que sufrió Cristina.

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