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Londres (London)-Alacant (Alicante)

Me ocurrió hace tan sólo dos semanas. Estaba en la madrileña estación de Atocha (Cercanías) esperando un tren que me había de llevar a Valladolid para un tema relacionado con mi trabajo.

el 15 sep 2009 / 06:42 h.

Me ocurrió hace tan sólo dos semanas. Estaba en la madrileña estación de Atocha (Cercanías) esperando un tren que me había de llevar a Valladolid para un tema relacionado con mi trabajo. Por megafonía anunciaron la próxima llegada del convoy, procedente de Alacant [sic] y con destino a Santander. Una señora que aguardaba conmigo en el andén la llegada del tren no logró identificar el nombre de la ciudad de origen. "¿De dónde viene?", me preguntó. "De Alicante", señora, le respondí. Me pareció demencial tener que hacerle esta aclaración a la buena mujer en la estación de la capital de un país que tiene como idioma oficial el castellano.

Según establece el artículo 3 del Título Preliminar de nuestra Constitución "el castellano es la lengua oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla", al tiempo que reconoce que las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas comunidades autónomas. El tema está claro. Pero ¿por qué los topónimos o nombres de lugar no se señalan en castellano en el nomenclátor oficial de la administración central del Estado o en servicios que se prestan en todo el territorio nacional (Tráfico, Correos, Renfe, Aviación Civil, etc.)? Si yo hablo en catalán me referiré a Lleida y no a Lérida. Si lo hago en valenciano mencionaré Alacant y no Alicante. Si es en gallego diré A Coruña y no La Coruña. Y lo mismo cabe expresar de Donostia y San Sebastián en vasco. Así debe ser. Pero, si estoy hablando en castellano como idioma propio y común del Estado, tengo necesariamente que referirme a estas localidades con el nombre con el que, desde siempre, las hemos conocido tanto en España como en el extranjero: Lérida, Alicante, La Coruña y San Sebastián.

Curiosamente, este nuevo uso lingüístico se aplica más a los topónimos nacionales que a los extranjeros, ya que si hablamos en castellano decimos Nueva York, Londres, Florencia, Burdeos, Amberes, Milán, Viena, Estocolmo, Ginebra, Varsovia o Pekín en vez de New York, London, Firenze, Bordeaux, Antwerpen, Milano, Wien, Stockholm, Genève, Warszawa o Beijing. Y otro tanto se puede aplicar a nombres de países desde siempre castellanizados (Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia, Finlandia, Holanda, Grecia, Suiza o Marruecos), sin que tengamos que referirnos a estos estados en nuestro lenguaje común con su denominación en el idioma original.

El idioma es un vehículo de comunicación y de entendimiento entre los hombres y los grupos humanos. Y me temo que esta proliferación del uso de topónimos en los idiomas propios de comunidades autónomas (catalán, valenciano, gallego o euskera) es una expresión más del deseo de diferenciar más que de unir promovido por toda la clase política para reafirmar o crear -según reconocen- una identidad regional o nacional propia. Frente a globalización, atomización lingüística. Ya lo supo expresar muy sabiamente en 1640 Diego Saavedra Fajardo en sus famosas Empresas Políticas: "Es la lengua un instrumento por quien explica sus conceptos el entendimiento", aunque en el caso que analizamos este entendimiento nos haga caminar hacia atrás en el curso de la Historia. El futuro nos pasará factura.

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