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López Simón, operado y trasladado a la clínica

el 26 abr 2012 / 18:21 h.

Ganado: Se lidiaron seis toros de Núñez del Cuvillo, el primero jugado como sobrero, correcta aunque desigualmente presentados. El mejor de todos, por clase y duración fue ese sobrero que sirvió más por el pitón derecho. También tuvieron interés el tercero, que se aplomó muy pronto, y el correoso quinto, con mucho que torear. El resto no sirvieron.
Matadores: Morante de la Puebla, de tabaco rubio y oro, silencio en los tres que mató.
José María Manzanares, de marino y oro, silencio y ovación.
López Simón, de blanco y oro, oreja tras aviso en el único que pudo estoquear.
Incidencias: La plaza se llenó hasta la bandera en tarde fresca y entoldada. La cuadrilla de Manzanares -Trujillo, Curro Javier, Blázquez, Barroso y Chocolate- brilló al completo. Al entrar a matar al primero, López Simón sufrió una “herida por asta de toro en cara anterior de muslo derecho tercio medio, que interesa musculatura de vasto interno presentando una trayectoria ascendente de siete centímetros” de pronóstico leve según el parte firmado por el doctor Octavio Mulet.

Era la tercera y última cumbre de un abono trazado en dientes de sierra que no terminó de resolverse en mano a mano por la negativa inicial de José María Manzanares, que temía un inesperado rapto de inspiración de Morante de la Puebla que alterase sus planes. Pero claro, Morante tampoco quería abrir un cartel que, de carambola, acabó sirviendo para dar la alternativa a un tal López Simón que, lo que son las cosas, se acabó llevando la única oreja, el mejor toro y el único percance de una tarde en la que todos habíamos puesto todas nuestras complacencias.

Ni en sueños podría haberse imaginado el almibarado López Simón entre Morante y Manzanares en un Jueves de Farolillos. Pero la política taurina brinda estos lances y además, con o sin la cornadita que le impidió salir a matar al sexto, la suerte se puso de su parte para que se encontrará con un excelente colaborador -jugado como sobrero- que le dejó estar más que agusto.  

Le habían dado un fuerte puyazo en la puerta de caballos pero el toro no dejó de galopar en banderillas antes de que Morante le cediera pronta y sobriamente los trastos del oficio. Sorprendentemente, no brindó a nadie su primera faena como matador de toros, que inició con los consabidos pases cambiados por la espalda -rebosándose el toro con nobleza- a los que siguió un sorprendente -por templado- toreo de rodillas.  Pero el muchacho emplea una cursi puesta en escena -plagada de exasperantes pasitos de geisha- que desluce las fases de mejor toreo y que le hace estar más pendiente de parecer una figurita de yadró que de componer con naturalidad. A pesar de todo no se puede negar la sincera entrega de López Simón, que también fue capaz de cuajar buenos momentos con ese cuvillo cargado de calidad al que muchos habrían querido ver en otras manos. La nutrida parroquia le jaleó todos los pasajes de una faena que brilló más y mejor por el lado diestro. Y es que el toro tuvo una enorme duración aunque resultó más remiso por el pitón izquierdo.

Decidido a amarrar el triunfo, el nuevo matador se tiró con la espada con decisión y sufrió una cornadita que no le impidió pasear la cariñosa oreja con la que le premió el público. Pronto se supo que la anestesia epidural empleada en las curas le iba a impedir salir a matar el sexto. El sonido de la ambulancia y la salida de los médicos así lo confirmó.
Pero el caso es que quién más y quién menos había venido a ver la reedición del milagro manzanarista, que había crecido a la vez que pasaban los días de esa fecha gloriosa que ya ha convertido al alicantino en triunfador de una Feria que quema sus propios restos. De paso, todos aguardaban que medio le embistiera un toro a Morante de la Puebla para dejar de conformarse con esos quites del perdón que empiezan a convertise en tradición.
Pero, y bien que los sentimos, a Manzanares se le vio mucho menos fresco, menos despejado y mucho más atenazado que en el acontecimiento de la preferia. Sí lidió con magistral mimo al tercero de la tarde, que fue picado con brillantez por Barroso y cuajado con los palos por un inspirado Trujillo que anunció el despliegue general de esa cuadrilla histórica. Noble y un punto distraidito, el toro se le vino pronto a Manzanares en la muleta. El alicantino encontró el mejor acople en la segunda serie de una faena muy medida en los tiempos que siempre se encontraba al borde de esa frontera que separa lo correcto de lo excepcional y que se fue diluyendo a la vez que se apagaban las fuerzas del toro. Justo cuando parecía que iba a sonar la música, se ralentizó el ritmo del trasteo, que se acabó disipando por completo cuando tomó la mano izquierda.

Manzanares instrumentaría un variado recibo capotero al que hizo quinto, que remató con una inusual media con las dos rodillas en tierra. Lo bordó Chocolate en un sensacional segundo puyazo y reventó la plaza Curro Javier en un formidable tercio de banderillas que hizo crujir la plaza y sonar la controvertida música de Tejera. Pero el torero que llegó después sembró algunas dudas con ese toro, correoso y con fondo duro pero con mucho que torear y dominar. La verdad es que el Manzana no llegó a disfrutar en ningún momento en un largo trasteo, muy sobado, en el que brillaron un puñado de muletazos rotundos alternados con otros más atropellados. Un cambio de mano y un molinete marca de la casa animaron en parte el cotarro pero la espada no le funcionó esta tarde al gran artista, que despidió su gran feria con una calurosa ovación.
No fue la tarde de Morante, que también despachó el lote más deslucido. El segundo, rebrincado de puro blando no le duró más de cuatro pases. Al cuarto, muy deslucido, sólo cabía matarlo. Y el desinflado sexto le permitió pedir perdón con un quite por chicuelinas. Poco más.

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