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Los 20 días que buscamos a Marta

Durante las tres semanas que pasaron hasta que Miguel confesó el crimen, la familia de Marta del Castillo vivió volcada en encontrarla, confiada en que su desaparición tuviera un final feliz.

el 12 oct 2011 / 18:45 h.

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Sevilla y toda España se volcó en la búsqueda de Marta, arropando a la familia en varias manifestaciones

Como si hubieran presagiado el funesto desenlace, los padres de Marta del Castillo vivieron con el peor de los temores del primero al último de los 20 días que la joven estuvo desaparecida, hasta que la detención de su exnovio Miguel Carcaño confirmó que nunca hubo posibilidades de encontrarla con vida: cuando comenzaron a buscarla Miguel ya la había matado, según la versión del crimen que maneja la Policía Nacional. Por eso cuando su madre comenzó a llamarla su móvil ya estaba apagado.

El mal presentimiento llegó antes de que hubiera motivos concretos para temerse lo peor. Marta, de 17 años, había pasado la mañana del sábado 24 de enero de 2009 en casa, chateando en el ordenador con sus amigos y ayudando en las tareas domésticas. A las cinco de la tarde le dijo a su madre que le rizara las puntas del pelo para salir, como hacía tantas veces; se puso su habitual colonia de vainilla y bajó las diez plantas de su bloque de la calle Argantonio, en el barrio de Tartessos. Había quedado con Miguel, el chaval de 19 años que sus padres creían que había sido su novio durante un corto periodo de tiempo, pero que en realidad había sido una relación intermitente de la que Marta nunca se había terminado de desenganchar, a pesar de las evidencias de que Miguel salía con muchas chicas a la vez, incluidas otras de la misma pandilla de Marta.

A su madre le dio un beso y le dijo: "Adiós, mamá". A su padre, que le preguntó que adónde iba cuando se la tropezó en el portal, le respondió que iba a Triana y le dio otro beso de despedida.

Las primeras horas de esa tarde fueron de preocupación. A Eva Casanueva no le gustaba Miguel, ni le gustó encontrarse apagado el teléfono de su hija durante toda la tarde. La inquietud se acrecentó con el tiempo. Esa madrugada, después de intentar infructuosamente localizar a su hija, Antonio del Castillo acudió a la Policía y, en un arranque premonitorio, se plantó en el piso de Miguel Carcaño, en León XIII. Todo parece indicar que a esa hora Marta ya no vivía.

Sevilla memorizó pronto la descripción de la chiquilla: rubia y de ojos verdes, había salido de casa con vaqueros, chaqueta de pana negra y pañuelo palestino de color rosa. La última que creyó verla fue una vecina, que dijo haberse cruzado con ella a las nueve de la noche del mismo sábado, aunque resultó ser una pista falsa, un error bienintencionado que dificultó la investigación. Dos días después los amigos del abuelo se reunían en la asociación de vecinos del barrio para multiplicar los carteles con la foto de Marta que recorrió toda España; y sus compañeros de estudios y su pandilla hacían piña para repartirlos.

Las redes sociales hicieron el resto . En las primeras 48 horas, el tiempo en el que el 80% de las desapariciones de menores se resuelven por sí solas al tratarse de huidas voluntarias, según las estadísticas policiales, el rostro de Marta se multiplicó por mil, como miles eran los mensajes de ánimo que llegaron a su cuenta de Tuenti y a las decenas de eventos que se crearon para buscarla; muchos padres descubrieron la relación de sus hijos con redes como Tuenti y Facebook -Twitter aún no estaba tan extendido- a raíz de la desaparición de Marta. Pero de paso, los padres descubrieron también que sus hijos tenían facetas que ellos desconocían. Marta, que según su madre se lo contaba todo, aparecía en decenas de fotos de sus amigos junto a Miguel, el que según sus padres no había sido más que un novio fugaz. Y no era la única.

En cinco días, toda España conocía el caso: el subdelegado del Gobierno y el comisario provincial recibieron a la familia, que les pidió apoyo psicológico; las fuerzas de seguridad enviaron a agentes especializados en desapariciones desde Madrid; los jugadores del Betis, el Sevilla y el Valencia se colocaron camisetas con la foto de la cría para difundir su rostro; el entonces cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, ofició una misa y el padre de la pequeña Mariluz, Juan José Cortés, se plantó en casa de Antonio y Eva para compartir con ellos unos momentos tan duros. "Es tiempo de buscar, no de llorar", les dijo, alentando la esperanza de encontrar a Marta. Entre las bambalinas de la gala de los Goya, Santi Rodríguez también lució una camiseta con la fotografía de la joven. La presencia de la familia se hizo habitual en todas las televisiones.

Entretanto, sus amigos organizaban la primera de muchas convocatorias en las que pedían su regreso, que amplificadas por internet se convirtieron en concurridas manifestaciones. Unas 2.000 personas acompañaron a la familia en la primera de ellas, el 31 de enero, bajo el lema Todos somos Marta, que tan familiar llegaría a resultar; la cifra ascendió a 3.500 en la segunda cita, una semana después. En todas ellas, su madre, angustiada pero confiando aún en que Marta pudiera verla, no dejaba de pedirle que volviera, que si se había tratado de una chiquillada, nadie se iba a enfadar. Y lanzaba mensajes desesperados a sus posibles captores para que la dejaran libre.

Ya por entonces el abuelo materno, José Antonio Casanueva, comenzaba a recorrer el camino de la tragedia, buscando en las riberas del río alguna pista que pudiera llevar hasta su nieta, con ayuda de grupos de voluntarios.

A estas alturas los investigadores seguían tirando del hilo, pero sus impresiones no eran optimistas. Aunque mantenían todas las líneas de investigación, revisando cientos de llamadas de testigos que decían haberla visto en una y otra ciudad, comprobando cada pista de una posible huida, coordinando con otros países una orden de búsqueda internacional, cada indicio pintaba un horizonte más y más oscuro.

Se habían llevado los ordenadores que usaba Marta y sus diarios. Habían preguntado a los padres de la chiquilla por la relación que mantenía con su grupo de amigos y con su entorno más cercano. Antonio del Castillo les había trasladado con insistencia sus sospechas sobre Miguel, que desde el segundo día que Marta estuvo desaparecida fue vigilado día y noche; al tercer día pincharon su teléfono: su aislamiento ya era llamativo. Pero no fue hasta 11 días después del crimen cuando la Policía recibió la cazadora de Miguel con restos de sangre de Marta en su interior que, analizada con prioridad absoluta por la Policía Científica en dos ocasiones, se convirtió en la prueba definitiva para detener a Miguel . Con su confesión al día siguiente, el 14 de febrero, se desvaneció toda esperanza de que Marta pudiera volver a casa.

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