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Los artesanos de la corte del conde-duque

Un artesano llegado de tierras de Castilla arriba a la corona del Aljarafe, feudo del valido de su majestad el rey Felipe VI, Gaspar de Guzmán y Pimentel, el conde-duque de Olivares. A golpe de maceta, esculpe sobre la piedra el blasón del noble sevillano y marca el ritmo del despertar del Mercado Barroco.

el 15 sep 2009 / 06:03 h.

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Un artesano llegado de tierras de Castilla arriba a la corona del Aljarafe, feudo del valido de su majestad el rey Felipe VI, Gaspar de Guzmán y Pimentel, el conde-duque de Olivares. A golpe de maceta, esculpe sobre la piedra el blasón del noble sevillano y marca el ritmo del despertar del Mercado Barroco.

Francisco Carrión viene de Caudete (Albacete) y recibió este encargo de la Corte, es decir, del Ayuntamiento de Olivares. Sentado en su silla golpea el cincel contra la piedra desde primera hora de la mañana, cuando aún no hay nadie en un mercado que celebra este año su sexta edición.

Olivares se traslada al Siglo de Oro en homenaje a su noble y la primera transformación se vive en la plaza del Ayuntamiento, donde se dispensa un copioso desayuno: pestiños o piñonates son servidos por olivareñas que recaudan fondos para la hermandad de Vera Cruz. Para ello, van ataviadas con trajes de época. "Pero, ojo, es ropa de tabernera, no de cortesana", aclara Manuela, una de las reposteras.

El bullicio de las calles, que lucen grandes estandartes, se reparte entre la Lonja, donde las doncellas ofrecen desde langostinos tigres hasta cigalas, y los puestos de especias para sanar males cotidianos como el estrés. Pero entre todos los mercaderes destaca la paz de Octavio, el escribano. Pluma en ristre, plasma en un pergamino trazos de pigmentos, en su lucha por seguir "un oficio que se está perdiento".

Algo similar le pasa a Jaime, el herrero del mercado, que heredó este oficio de su padre. Con su fragua humeante a un lado, se acerca al yunque y forja el hierro para crear sus obras de arte. De ellas, destacan sus herraduras de la suerte, una pieza codiciada sobre todos por los niños.

Además de los tenderetes, el Siglo de Oro se palpa en el ambiente de las calles. Por ellas pasa una beata que hace cumplir milagros subida sobre un carro y rodeada por un cortejo en éxtasis. La escena supone un viaje al pasado, sólo truncado por detalles como que un tabernero sirva refrescos en vaso de cocacola o un mercader hable con el móvil. Por eso se sabe que no se está en el barroco, sino en pleno siglo XXI.

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